lunes, 8 de septiembre de 2014

14/09/2014 - La Exaltación de la Santa Cruz (A)

El próximo 2 de octubre a las 19:30 horas, José Antonio Pagola dará la conferencia "Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción", en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela.
Quedáis todos invitados.
                                                              Guión de la conferencia.
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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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La Exaltación de la Santa Cruz (A)


EVANGELIO

Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 3,13-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
- Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2012-2013 -
14 de septiembre de 2013

MIRAR CON FE AL CRUCIFICADO

La fiesta que hoy celebramos los cristianos es incomprensible y hasta disparatada para quien desconoce el significado de la fe cristiana en el Crucificado. ¿Qué sentido puede tener celebrar una fiesta que se llama “Exaltación de la Cruz” en una sociedad que busca apasionadamente el “confort” la comodidad y el máximo bienestar?
Más de uno se preguntará cómo es posible seguir todavía hoy exaltando la cruz. ¿No ha quedado ya superada para siempre esa manera morbosa de vivir exaltando el dolor y buscando el sufrimiento? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo centrado en la agonía del Calvario y las llagas del Crucificado?
Son sin duda preguntas muy razonables que necesitan una respuesta clarificadora. Cuando los cristianos miramos al Crucificado no ensalzamos el dolor, la tortura y la muerte, sino el amor, la cercanía y la solidaridad de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el extremo.
No es el sufrimiento el que salva sino el amor de Dios que se solidariza con la historia dolorosa del ser humano. No es la sangre la que, en realidad, limpia nuestro pecado sino el amor insondable de Dios que nos acoge como hijos. La crucifixión es el acontecimiento en el que mejor se nos revela su amor.
Descubrir la grandeza de la Cruz no es atribuir no sé qué misterioso poder o virtud al dolor, sino confesar la fuerza salvadora del amor de Dios cuando, encarnado en Jesús, sale a reconciliar el mundo consigo.
En esos brazos extendidos que ya no pueden abrazar a los niños y en esas manos que ya no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, los cristianos “contemplamos” a Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos.
En ese rostro apagado por la muerte, en esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a las prostitutas, en esa boca que ya no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, en esos labios que no pueden pronunciar su perdón a los pecadores, Dios nos está revelando como en ningún otro gesto su amor insondable a la Humanidad.
Por eso, ser fiel al Crucificado no es buscar cruces y sufrimientos, sino vivir como él en una actitud de entrega y solidaridad aceptando si es necesario la crucifixión y los males que nos pueden llegar como consecuencia. Esta fidelidad al Crucificado no es dolorista sino esperanzada. A una vida “crucificada”, vivida con el mismo espíritu de amor con que vivió Jesús, solo le espera resurrección.


José Antonio Pagola

HOMILIA

14 de septiembre de 2008

LA EXALTACIÓN DEL AMOR

Hoy celebramos los cristianos una fiesta extraña y desconcertante. ¿Qué sentido puede tener hablar de la «exaltación de la Cruz» en medio de una sociedad que sólo parece exaltar el placer y el bienestar? ¿No es esto ensalzar el dolor, glorificar el sufrimiento y la humillación, fomentar una ascesis morbosa, ir contra la alegría de la vida?
Sin embargo, cuando un creyente mira al Crucificado y penetra con los ojos de la fe en el misterio que se encierra en la Cruz, sólo descubre amor inmenso, ternura insondable de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el extremo. Lo dice el evangelio de Juan de manera admirable: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo para que todo el crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». La Cruz nos revela el amor increíble de Dios. Ya nada ni nadie nos podrán separar de Él.
Si Dios sufre en la cruz, no es porque ama el sufrimiento sino porque no lo quiere para ninguno de nosotros. Si muere en la cruz, no es porque menosprecia la felicidad, sino porque la quiere y la busca para todos, sobre todo para los más olvidados y humillados. Si Dios agoniza en la cruz, no es porque desprecia la vida, sino porque la ama tanto que sólo busca que todos la disfruten un día en plenitud.
Por eso, la Cruz de Cristo la entienden mejor que nadie los crucificados: los que sufren impotentes la humillación, el desprecio y la injusticia, o los que viven necesitados de amor, alegría y vida. Ellos celebrarán hoy la Exaltación de la Cruz no como una fiesta de dolor y muerte, sino como un misterio de amor y vida.
¿A qué nos podríamos agarrar si Dios fuera simplemente un ser poderoso y satisfecho, muy parecido a los poderosos de la tierra, sólo que más fuerte que ellos? ¿Quién nos podría consolar, si no supiéramos que Dios está sufriendo con las víctimas y en las víctimas? ¿Cómo no vamos a exaltar la cruz de Jesús si en ella está Dios sufriendo con nosotros y por nosotros?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
14 de septiembre de 1982

¿POR QUE EXALTAR LA CRUZ?

Tanto amó Dios al mundo...

Hoy celebramos los cristianos una fiesta incomprensible y disparatada para quien no haya descubierto el significado i1timo de la fe en el Crucificado.
¿Qué sentido puede tener celebrar una fiesta que se dice de la «exaltación de la cruz» en una sociedad que busca apasionadamente el «confort», la comodidad, el máximo bienestar?
Más de uno se preguntará cómo es posible seguir todavía hoy «exaltando la cruz». ¿No ha quedado ya superada esa manera morbosa y hasta masoquista de vivir exaltando el dolor y buscando el sufrimiento? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo obsesionado por la agonía de Getsemaní, los estertores del Gólgota y las llagas del Crucificado?
Sin embargo, cuando los cristianos adoran la cruz, no ensalzan el sufrimiento, la inmolación y la muerte, sino el amor, la cercanía y la solidaridad de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el fondo.
No es el sufrimiento el que salva, sino el amor de Dios que se solidariza con la historia dolorosa de los hombres. No es la sangre la que, en realidad, purifica sino el amor infinito de Dios que nos acoge como hijos.
Por esto, ser fiel al Crucificado no es buscar con masoquismo el sufrimiento, sino saber acercarse a los que sufren solidarizándose con ellos hasta las últimas consecuencias.
Descubrir la grandeza de la cruz no es encontrar no sé qué misterioso poder o virtud en el dolor, sino saber percibir la fuerza liberadora que se encierra en el amor cuando es vivido en toda su profundidad.
Quizás hemos de recordarlo hoy más que nunca en medio de este pueblo maltratado, atemorizado y ensangrentado. Desgraciadamente, no es la sangre tan fácilmente vertida entre nosotros, la que nos conducirá automáticamente hacia una sociedad mejor, sino el esfuerzo paciente de los que día a día luchan por una convivencia más fraterna y solidaria.
Una esperanza debe, sin embargo, alentar nuestros corazones. A una vida «crucificada», vivida con ei mismo espíritu de amor, fraternidad y solidaridad con que vivió Jesús, sólo le espera resurrección. Quizás las cruces que nuestros antepasados levantaron sobre nuestras montañas, apuntando hacia los cielos, nos lo puedan recordar en esta fiesta de la Exaltación de la Cruz, tan popular en algunos de nuestros pueblos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

ALGO MÁS QUE SOBREVIVIR

Son muchos los observadores que, durante estos últimos años, vienen detectando en nuestra sociedad contemporánea graves signos indicadores de «una pérdida de amor a la vida».
Se ha hablado, por ejemplo, del síndrome de la pasividad como uno de los rasgos patológicos más característicos de nuestra sociedad industrial. Son muchas las personas que no se relacionan activamente con el mundo, sino que viven sometidas pasivamente a los ídolos o exigencias del momento.
Individuos dispuestos a ser alimentados, pero sin capacidad alguna de creatividad personal propia. Hombres y mujeres cuyo único recurso es el conformismo. Seres que funcionan por inercia, movidos por «los tirones» de la sociedad que los empuja en una dirección o en otra.
Otro síntoma grave es el aburrimiento creciente en las sociedades modernas. La industria de la diversión y el ocio (TV, cine, sala de fiestas, conferencias, viajes...) consigue que el aburrimiento sea menos consciente, pero no logra suprimirlo.
En muchos individuos sigue creciendo la indiferencia por la vida, el sentimiento de infelicidad, el mal sabor de lo artificial, la incapacidad de entablar contactos vivos y amistosos.
Otro signo es "el endurecimiento del corazón". Personas cuyo recurso es aislarse, no necesitar de nadie, vivir «congelados afectivamente», desentenderse de todos y defender así su pequeña felicidad cada vez más intocable y cada vez más triste.
Y, sin embargo, los hombres estamos hechos para vivir y vivir intensamente. Y en esta misma sociedad se puede observar la reacción de muchos hombres y mujeres que buscan en el contacto personal íntimo o en el encuentro con la naturaleza o en el descubrimiento de nuevas experiencias, una salida para «sobrevivir».
Pero el hombre necesita algo más que «sobrevivir». Es triste que los creyentes de hoy no seamos capaces de descubrir y experimentar nuestra fe como fuente de vida auténtica.
No estamos convencidos de que creer en Jesucristo es tener vida eterna, es decir, comenzar a vivir ya desde ahora algo nuevo y definitivo que no está sujeto a la decadencia y a la muerte.
Hemos olvidado a ese Dios cercano a cada hombre concreto, que anima y sostiene nuestra vida y que nos llama y nos urge desde ahora a una vida más plena y más libre.
Y, sin embargo, ser creyente es sentirse llamado a vivir con mayor plenitud, descubriendo desde nuestra adhesión a Cristo, nuevas posibilidades, nuevas fuerzas y nuevo horizonte a nuestro vivir diario.

José Antonio Pagola




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