lunes, 4 de mayo de 2015

10/05/2015 - 6º domingo de Pascua (B)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
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Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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6º domingo de Pascua (B)


EVANGELIO

Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 9-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y' permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.
De modo que lo que pidáis el Padre en mi nombre os lo dé.
Esto os mando: que os améis unos a otros.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2014-2015 -
10 de mayo de 2015

NO DESVIARNOS DEL AMOR

Permaneced en mi amor.

El evangelista Juan pone en boca de Jesús un largo discurso de despedida en el que se recogen con una intensidad especial algunos rasgos fundamentales que han de recordar sus discípulos a lo largo de los tiempos, para ser fieles a su persona y a su proyecto. También en nuestros días.
«Permaneced en mi amor». Es lo primero. No se trata sólo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto doctrinal, sino una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no desviarse del amor.
Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Éste es mi mandamiento; que os améis unos a otros como yo os he amado». El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Sólo del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío». En cualquier época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor fraterno.
Jesús no presenta este mandato del amor como una ley que ha de regir nuestra vida haciéndola más dura y pesada, sino como una fuente de alegría: «Os hablo de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría.
Sin amor no es posible dar pasos hacia un cristianismo más abierto, cordial, alegre, sencillo y amable donde podamos vivir como «amigos» de Jesús, según la expresión evangélica. No sabremos cómo generar alegría. Aún sin quererlo, seguiremos cultivando un cristianismo triste, lleno de quejas, resentimientos, lamentos y desazón.
A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
13 de mayo de 2012

AL ESTILO DE JESÚS

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ha querido apasionadamente. Los ha amado con el mismo amor con que lo ha amado el Padre. Ahora los tiene que dejar. Conoce su egoísmo. No saben quererse. Los ve discutiendo entre sí por obtener los primeros puestos. ¿Qué será de ellos?
Las palabras de Jesús adquieren un tono solemne. Han de quedar bien grabadas en todos: "Éste es mi mandato: que os améis unos a otros como yo os he amado". Jesús no quiere que su estilo de amar se pierda entre los suyos. Si un día lo olvidan, nadie los podrá reconocer como discípulos suyos.
De Jesús quedó un recuerdo imborrable. Las primeras generaciones resumían así su vida: "Pasó por todas partes haciendo el bien". Era bueno encontrarse con él. Buscaba siempre el bien de las personas. Ayudaba a vivir. Su vida fue una Buena Noticia. Se podía descubrir en él la cercanía buena de Dios.
Jesús tiene un estilo de amar inconfundible. Es muy sensible al sufrimiento de la gente. No puede pasar de largo ante quien está sufriendo. Al entrar un día en la pequeña aldea de Naín, se encuentra con un entierro: una viuda se dirige a dar tierra a su hijo único. A Jesús le sale desde dentro su amor hacia aquella desconocida: "Mujer, no llores". Quien ama como Jesús, vive aliviando el sufrimiento y secando lágrimas.
Los evangelios recuerdan en diversas ocasiones cómo Jesús captaba con su mirada el sufrimiento de la gente. Los miraba y se conmovía: los veía sufriendo, o abatidos o como ovejas sin pastor. Rápidamente, se ponía a curar a los más enfermos o a alimentarlos con sus palabras. Quien ama como Jesús, aprende a mirar los rostros de las personas con compasión.
Es admirable la disponibilidad de Jesús para hacer el bien. No piensa en sí mismo. Está atento a cualquier llamada, dispuesto siempre a hacer lo que pueda. A un mendigo ciego que le pide compasión mientras va de camino, lo acoge con estas palabras: "¿Qué quieres que haga por ti?". Con esta actitud anda por la vida quien ama como Jesús.
Jesús sabe estar junto a los más desvalidos. No hace falta que se lo pidan. Hace lo que puede por curar sus dolencias, liberar sus conciencias o contagiar confianza en Dios. Pero no puede resolver todos los problemas de aquellas gentes.
Entonces se dedica a hacer gestos de bondad: abraza a los niños de la calle: no quiere que nadie se sienta huérfano; bendice a los enfermos: no quiere que se sientan olvidados por Dios; acaricia la piel de los leprosos: no quiere que se vean excluidos. Así son los gestos de quien ama como Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO
17 de mayo de 2009

NO DESVIARNOS DEL AMOR

(Ver homilía del 10 de mayo de 2015)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
21 de mayo de 2006

UNA ALEGRÍA DIFERENTE

Para que mi alegría esté en vosotros.

Las primeras generaciones cristianas cuidaban mucho la alegría. Les parecía imposible vivir de otra manera. Las cartas de Pablo de Tarso que circulaban por las comunidades repetían una y otra vez la invitación a «estar alegres en el Señor». El evangelio de Juan pone en boca de Jesús estas palabras inolvidables: «Os he hablado... para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena».
¿Qué ha podido ocurrir para que la vida de los cristianos aparezca hoy ante muchos como algo triste, aburrido y penoso? ¿En qué hemos convertido la adhesión a Cristo resucitado? ¿Qué ha sido de esa alegría que Jesús contagiaba a sus seguidores? ¿Dónde está?
La alegría no es algo secundario en la vida de un cristiano. Es un rasgo característico. Una manera de estar en la vida: la única manera de seguir y de vivir a Jesús. Aunque nos parezca «normal», es realmente extraño «practicar» la religión cristiana, sin experimentar que Cristo es fuente de alegría vital.
Esta alegría del creyente no es fruto de un temperamento optimista. No es el resultado de un bienestar tranquilo. No hay que confundirla con una vida sin problemas o conflictos. Lo sabemos todos: un cristiano experimenta la dureza de la vida con la misma crudeza y la misma fragilidad que cualquier otro ser humano.
El secreto de esta alegría está en otra parte: más allá de esa alegría que uno experimenta cuando «las cosas le van bien». Pablo de Tarso dice que es una «alegría en el Señor», que se vive estando enraizado en Jesús. Juan dice más: «es la misma alegría de Jesús dentro de nosotros».
La alegría cristiana nace de la unión íntima con Jesucristo. Por eso no se manifiesta de ordinario en la euforia o el optimismo a todo trance, sino que se esconde humildemente en el fondo del alma creyente. Es una alegría que está en la raíz misma de nuestra vida, sostenida por la fe en Jesús.
Esta alegría no se vive de espaldas al sufrimiento que hay en el mundo, pues es la alegría del mismo Jesús dentro de nosotros. Al contrario, se convierte en principio de acción contra la tristeza. Pocas cosas haremos más grandes y evangélicas que aliviar el sufrimiento de las personas contagiando alegría realista y esperanza.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
25 de mayo de 2003

DEL MIEDO AL AMOR

Permaneced en mi amor.

No se trata de una frase más. Este mandato, cargado de misterio y de promesa, es la clave del cristianismo: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor». Estamos tocando aquí el corazón mismo de la fe cristiana, el criterio último para discernir su verdad.
Únicamente «permaneciendo en el amor», podemos caminar en la verdadera dirección. Olvidar este amor es perderse, entrar por caminos no cristianos, deformarlo todo, desvirtuar el cristianismo desde su raíz.
Y sin embargo, no siempre hemos permanecido en este amor. En la vida de bastantes cristianos ha habido y hay todavía demasiado temor, demasiada falta de alegría y espontaneidad filial con Dios. La teología y la predicación que ha alimentado a esos cristianos ha olvidado demasiado el amor de Dios, ahogando así aquella alegría inicial, viva y contagiosa que tuvo el cristianismo.
Aquello que un día fue Buena Noticia (eu-angellion) porque anunciaba a las gentes «el amor increíble» de Dios, se ha convertido para bastantes en la mala noticia (dis-angellion) de un Dios amenazador que es rechazado casi instintivamente porque no deja ser, no deja vivir.
Sin embargo, la fe cristiana sólo puede ser vivida sin traicionar su esencia como experiencia positiva, confiada y gozosa. Por eso, en un momento en que muchos abandonan un determinado «cristianismo» (el único que conocen), la Iglesia ha de preguntarse si en la gestación de este abandono y junto a otros factores nada legítimos, no se esconde una reacción colectiva contra un estado de cosas que se intuye poco fiel al evangelio.
La aceptación de Dios o su rechazo se juegan, en gran parte, en el modo cómo le sintamos a Dios de cara a nosotros. Si le percibimos sólo como vigilante implacable de nuestra conducta, haremos cualquier cosa para rehuirlo. Si lo experimentamos como padre que impulsa nuestra vida, lo buscaremos con gozo. Por eso, uno de los servicios más grandes que la Iglesia puede hacer al hombre de hoy es ayudarle a pasar del miedo al amor de Dios.
Sin duda, hay un temor a Dios que es sano y fecundo. La escritura lo considera «el comienzo de la sabiduría». Es el temor a malograr nuestra vida encerrándonos en la propia mediocridad. Un temor que despierta al hombre de la superficialidad, y le hace volver hacia Dios. Pero hay un miedo a Dios que es malo. No acerca a Dios. Al contrario, aleja cada vez más de él. Es un miedo que deforma el verdadero ser de Dios haciéndolo inhumano. Un miedo destructivo, sin fundamento real, que ahoga la vida y el crecimiento sano de la persona.
Para muchos, éste puede ser el cambio decisivo. Pasar del miedo a Dios que no engendra sino angustia y rechazo más o menos disimulado, a una confianza en él, que hace brotar en nosotros esa alegría prometida por Jesús: «Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a la plenitud».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
28 de mayo de 2000

ALEGRÍA

...para que mi alegría esté en vosotros.

Desde su nacimiento, el cristianismo se ha presentado como la proclamación de una gran alegría, la única verdadera alegría posible sobre la tierra: Dios está con los hombres buscando su dicha final. Sin esta alegría el cristianismo resulta incomprensible. De hecho la fe cristiana se extendió por el mundo como una explosión de alegría y comienza a perder terreno allí donde esta alegría se va perdiendo.
No deja de ser significativa la acusación de F. Nietzsche a los cristianos: «Tendrían que cantarme cantos más alegres. Sería necesario que tuvieran rostros de salvados para que creyera en su Salvador». Estas palabras tantas veces citadas son un buen indicador de lo que sienten no pocos ante un cristianismo que les resulta demasiado triste, sombrío y envejecido.
Digámoslo enseguida. La alegría del cristiano no es fruto del bienestar material o del disfrute de una buena salud. No nace de un temperamento optimista. No es tampoco un estado de ánimo que hay que esforzarse por lograr. La alegría cristiana es siempre consecuencia de una fe viva en el Dios Salvador manifestado en Jesucristo.
Como recuerda P. Evdokimov en su apasionante libro «El amor loco de Dios», Jesús pide a sus discípulos que vivan con una gran alegría «por el único y asombroso hecho de que Dios existe». Esta alegría no es sólo un sentimiento. Es una manera de estar en la vida. Un modo de entenderlo y vivirlo todo, incluso los momentos malos. Es experimentar día a día la verdad de las palabras de Jesús: «Permaneced en mi amor... Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa» (Jn 15, 9. 11).
Son bastantes los cristianos que no dan importancia a la alegría. Les parece algo secundario y hasta superfluo, de lo que no hay por qué ocuparse. Grave error. Sin alegría es difícil amar, trabajar, crear, vivir algo grande. Sin alegría es imposible una adhesión viva a Cristo. La alegría es, de alguna manera, «el rostro de Dios en el hombre» según el bello título de un libro reciente de A. Goettmann, «Lajoie, visage de Dieu dans l‘homme» (Desclée de Brouwer, París 2000).
Cristo es siempre fuente de alegría y paz interior. Quienes lo siguen de cerca lo saben, y a su vez, se convierten en fuente de alegría para otros, pues la alegría cristiana se contagia.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
4 de mayo de 1997

SATISFACCIÓN INMEDIATA

Permaneced en mi amor.

Vivimos en una cultura de la «satisfacción inmediata». Es, sin duda, uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual. Desde la aparición de la gran obra de Gerhard Schulze, «La sociedad de la vivencia» (1992), los estudios se han multiplicado. El hombre occidental —se dice— busca la gratificación inmediata. Apenas le preocupa el pasado, no espera lo que le pueda traer el futuro. Por sí acaso, se lanza a disfrutar del momento presente.
Esta es hoy «la estrategia más razonable»: sacarle todo el jugo que se pueda al momento, no privarse de nada, estrujar cada instante. La palabra clave es «ahora». Hay que experimentarlo todo ahora mismo porque, tal vez, mañana sea demasiado tarde.
Las razones de este fenómeno parecen claras. El hombre moderno está sometido a la presión de un ritmo vertiginoso. Todo cambia constantemente. Lo que hoy tiene plena validez mañana queda anticuado. No puede uno detenerse en nada. Los autores repiten una y otra vez las mismas palabras: «transitoriedad», «inestabilidad», «précarité», «insecurity», «incertezza». Nada parece seguro ni duradero. Lo mejor es agarrarse al presente y vivirlo satisfactoriamente.
Esta actitud empieza ya a configurar los diversos ámbitos de la vida. Ya no hay compromisos duraderos. Las personas dependen de los deseos y apetencias del momento. Lo que importa es que la vida sea interesante y divertida. El matrimonio ya no es un compromiso «hasta que la muerte nos separe», sino un contrato «mientras la satisfacción dure». Esta búsqueda de satisfacción repercute también en el modo de entender y vivir lo religioso. Interesa la emoción, lo excitante y novedoso. Se busca lo exótico y se abandona lo que parece gastado y superado, sólo porque es familiar y conocido de siempre.
No es difícil captar en todo esto no poco de huída y evasión, «falta de seriedad» que diría S. Kierkegaard. De ahí la importancia de escuchar la llamada de Cristo: «Permaneced en mi amor... Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (Juan 15, 9-10). En el seguimiento a Cristo lo importante no son los sentimientos, emociones o novedades, sino el saber «permanecer» fieles en el amor. La existencia no es sólo diversión y entretenimiento. Es también responsabilidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
8 de mayo de 1994

AUTISTAS

Como yo os he amado.

Por lo general, hablamos del amor como si supiéramos lo que es. Las personas aman, dejan de amar, buscan amor, cambian de amor. Pero, ¿qué es en realidad el amor? ¿Cómo es y cómo se vive el verdadero amor? Cada uno encierra en esta palabra su propia experiencia. Pero, ¿se le puede a cualquier cosa llamar «amor»?
Ya B. Pascal advertía de algo que después se ha llamado «el autismo del amor»: Yo digo que amo a tal persona, pero la amo en tanto que la experimento en mí mismo como dotada de belleza, de simpatía o inteligencia, de fidelidad y de afecto hacia mí.
Por eso, fácilmente puede suceder que lo que yo amo de verdad no sea a la otra persona, sino las experiencias positivas y gozosas que esa persona produce en mí. En realidad, no amo a la persona que digo querer tanto. Amo lo que de ella recibo. Por este camino puedo terminar amando sólo a aquellos que me aman, pues, en el fondo, solo me amo a mí mismo. Los grandes «amantes» de las revistas del corazón son, casi siempre, personas «autistas». Si aman, dejan de amar o cambian de amor es porque solo saben amarse a sí mismos y amar su propio bienestar.
El riesgo de vivir el amor de forma «autista» ha crecido notablemente en una sociedad donde tanto se exalta «lo útil» y «lo agradable». Los penetrantes análisis de Max Scheler llevan a una conclusión: «Lo agradable es el valor fundamental.» Las cosas y las personas interesan en la medida en que producen satisfacción y bienestar. Si la relación con una persona ya no resulta agradable, ¿por qué no sustituirla por otra?
Esta falsificación del verdadero amor se enmascara a veces bajo un lenguaje progresista. Se dice que hay que ser persona «liberada»: yo soy dueño de mi cuerpo y de mi afectividad; amo a quien quiero, como quiero y hasta que quiero. Pero, ¿es realmente libre el que solo es capaz de buscar su propia satisfacción?
Otras veces, se exalta la «sinceridad de los sentimientos» por encima de la hipocresía social. No tiene sentido exigir compromisos firmes y estables; hay que estar abiertos a nuevas experiencias. Pero, ¿es un progreso la inestabilidad de la pareja, la trivialización del encuentro sexual o el juego de la aventura amorosa? ¿Hay más verdad en esa búsqueda hábil del propio disfrute?
Nosotros podemos llamarle «amor» a cualquier cosa. Pero lo cierto es que, donde hay amor, hay entrega generosa, respeto, cuidado del otro, fidelidad, perdón, ternura compartida. Quien se siente cristiano sabe, además, que su amor puede y debe inspirarse en el estilo de amar de Jesús. Nos lo recuerdan sus palabras: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
5 de mayo de 1991

DEL MIEDO AL AMOR

Permaneced en mi amor.

No se trata de una frase más. Este mandato, cargado de misterio y de promesa, es la clave del cristianismo: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor”. Estamos tocando aquí el corazón mismo de la fe cristiana, el criterio último para discernir su verdad.
Únicamente “permaneciendo en el amor”, podemos caminar en la verdadera dirección. Olvidar este amor es perderse, entrar por caminos no cristianos, deformarlo todo, desvirtuar el cristianismo desde su raíz.
Y sin embargo, no siempre hemos permanecido en este amor. En la vida de bastantes cristianos ha habido y hay todavía demasiado temor, demasiada falta de alegría y espontaneidad filial con Dios. La teología y la predicación que ha alimentado a esos cristianos ha olvidado demasiado el amor de Dios, ahogando así aquella alegría inicial, viva y contagiosa que tuvo el cristianismo.
Aquello que un día fue Buena Noticia (eu-angellion) porque anunciaba a las gentes “el amor increíble” de Dios, se ha convertido para bastantes en la mala noticia (dis-angellion) de un Dios amenazador que es rechazado casi instintivamente porque no deja ser, no deja vivir.
Sin embargo, la fe cristiana sólo puede ser vivida sin traicionar su esencia como experiencia positiva, confiada y gozosa. Por eso, en un momento en que muchos abandonan un determinado “cristianismo” (el único que conocen), la Iglesia ha de preguntarse si en la gestación de este abandono y junto a otros factores nada legítimos, no se esconde una reacción colectiva contra un estado de cosas que se intuye injusto y poco sano.
La aceptación de Dios o su rechazo se juegan, en gran parte, en el modo cómo le sintamos a Dios de cara a nosotros. Si le percibimos sólo como vigilante implacable de nuestra conducta, haremos cualquier cosa para rehuirlo. Si lo experimentamos como padre que impulsa nuestra vida, lo buscaremos con gozo. Por eso, uno de los servicios más grandes que la Iglesia puede hacer al hombre de hoy es ayudarle a pasar del miedo al amor de Dios.
Sin duda, hay un temor a Dios que es sano y fecundo. La Escritura lo considera “el comienzo de la sabiduría”. Es el temor a malograr nuestra vida encerrándonos en la propia mediocridad. Un temor que despierta al hombre de la superficialidad y le hace volver hacia Dios.
Pero hay un miedo a Dios que es malo. No acerca a Dios. Al contrario, aleja cada vez más de él. Es un miedo que deforma el verdadero ser de Dios haciéndolo inhumano. Un miedo destructivo, sin fundamento real, que ahoga la vida y el crecimiento sano de la persona.
Para muchos, éste puede ser el cambio decisivo. Pasar del miedo a Dios que no engendra sino angustia y rechazo más o menos disimulado, a una confianza en él, que hace brotar en nosotros esa alegría prometida por Jesús: “Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a la plenitud”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
8 de mayo de 1988

MARGINADOS

Como yo os he amado.

Nuestra sociedad, construida desde los sanos y para los sanos, va generando constantemente grupos marginales de personas enfermas y deterioradas cuya atención y asistencia no parece apenas interesar a nadie, al no ser rentable ni económica ni políticamente.
Ahí está ese grupo creciente de ancianos enfermos que no pueden valerse a sí mismos o padecen demencia senil. Hombres y mujeres que sólo producen gasto e incomodidad.
Nadie sabe qué hacer con ellos. Los hospitales, concebidos para tratar a otro tipo de enfermos, los dan de alta para no colapsar sus servicios. Los familiares se sienten impotentes para atenderlos debidamente en sus casas. Las residencias normales de ancianos no los reciben. No hay sitio para ellos en nuestra sociedad.
Ahí están los enfermos mentales, eternos marginados por una sociedad que los teme y los rechaza. Ofenden nuestra estética. Alteran nuestra convivencia tranquila con su comportamiento extraño y peligroso. Nada mejor que encerrarlos lejos de la sociedad y olvidarnos de ellos.
Ahí están también esos enfermos crónicos cuya atención es poco rentable y apenas ofrece interés científico. Enfermos de patología desagradable o de escaso interés social como los cirróticos, asmáticos, hemipléjicos, bronquíticos que arrastran su enfermedad ante la inhibición y pasividad de la política sanitaria.
Ahí están también los toxicómanos enfermos, los alcohólicos, los afectados por el SIDA y tantos otros que sólo despiertan en torno a ellos miedo, desconfianza y rechazo.
Esta insensibilidad ante estos enfermos más necesitados y desasistidos no es sino reflejo de una sociedad que, una y otra vez, tiende a estructurarse en el olvido y la marginación de los más débiles e indefensos.
Lo mismo sucede en nuestras comunidades cristianas. Con frecuencia atendemos a los enfermos más conocidos y cercanos, ignorando precisamente a aquellos que se encuentran más necesitados de ayuda.
Las palabras de Jesús que escuchamos en este Día del enfermo: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado” han de sacudir nuestra conciencia.
Hemos de crear entre todos una nueva sensibilidad social ante estos enfermos marginados. Hemos de promover y apoyar toda clase de iniciativas, actividades y asociaciones encaminadas a resolver sus problemas.
Es exigencia del amor cristiano llegar al enfermo a quien nadie llega y atender las necesidades que nadie atiende.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
12 de mayo de 1985

UNA ALEGRIA OLVIDADA

para que mi alegría esté en vosotros...

Quien observa con cierta atención a las personas, tiene, con frecuencia, la impresión de que la alegría ha huido de muchas vidas y es difícil recuperarla por mucho que se la busque en escaparates, salas de fiesta, el ambiente animado de los restaurantes o la compañía de los amigos.
El misterio de cada individuo es demasiado grande y profundo para que pueda ser explicado desde fuera. Y, sin duda, pueden ser muchas las raíces de esa tristeza e insatisfacción que inútilmente pretendemos disimular.
Pero, casi siempre olvidamos que hay en nuestra vida una tristeza difusa que no es, muchas veces, sino el rostro de nuestro vacío interior y de nuestra incoherencia personal.
Hemos exaltado la libertad hasta el punto de no aceptar apenas limitación moral ni norma ética alguna. Hemos querido borrar de nuestras vidas el rastro de toda culpabilidad. Nos hemos permitido avanzar por caminos cada vez menos señalizados. Rara vez nos preguntamos si somos fieles a nuestras convicciones más profundas. Lo importante es disfrutar.
Y en esa búsqueda incontrolada de disfrute, confundimos modernidad con una amoralidad superficial e irresponsable. Identificamos la «sexualidad adulta» con frivolidad. Reducimos el goce erótico de la vida a un consumismo sexual vacío de ternura y fidelidad.
Y sin embargo, no se respira entre nosotros una alegría sana y gratificante. Son muchos los que viven secretamente insatisfechos de sí mismos. Muchos los que se atormentan con pensamientos negativos y frustrantes. Hombres y mujeres que sienten su vida como una inmensa equivocación.
Más aún. Hay creyentes que viven su vida tratando de ocultarla continuamente a sus propios ojos y a los de Dios. Cristianos a los que una «mala conciencia» más o menos disimulada, les impide encontrarse con Dios con espontaneidad y alegría.
Los creyentes hemos olvidado demasiado el deseo insistente de Jesús de comunicarnos su propia alegría. No terminamos de creer que el encuentro con Jesucristo pueda ser para nosotros una fuente de alegría capaz de renovar nuestra existencia en su misma raíz.
Necesitamos escuchar de nuevo las palabras de Jesús «Os he hablado para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». Experimentar de nuevo cómo ‘la tristeza, la mentira, la insatisfacción y el pecado se nos van lentamente transformando en gozo, luz interior, reconciliación y acción de gracias, en el encuentro personal con Jesucristo.
No es una alegría estéril sino una fuerza gozosa que nos ilumina, nos limpia, nos transforma y nos impulsa a vivir de otra manera. Una alegría que nos libera de la tristeza cuando sentimos la tentación de desesperar de ios hombres y de nosotros mismos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
16 de mayo de 1982

UNA ALEGRIA DIFERENTE

Para que mi alegría esté con vosotros.

No es fácil la alegría. Los momentos de auténtica felicidad parecen pequeños paréntesis en medio de una existencia de donde brotan constantemente el dolor, la inquietud y la insatisfacción.
El misterio de la verdadera alegría es algo extraño para muchos hombres y mujeres. Todavía quizás saben reír a carcajadas, pero han olvidado lo que es una sonrisa gozosa, nacida de lo más hondo del ser.
Tienen casi todo, pero nada les satisface de verdad. Están rodeados de objetos muy valiosos y prácticos, pero no saben apenas nada de amor y amistad. Corren por la vida absorbidos por mil trabajos y ocupaciones, pero han olvidado que estamos hechos para la alegría.
Por eso, algo se despierta en nosotros cuando escuchamos las palabras de Jesús: «Os he hablado para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud». Nuestra alegría es frágil, pequeña, y está siempre amenazada. Pero algo grande se nos promete. Poder compartir la alegría misma de Jesús. Su alegría puede ser la nuestra.
El pensamiento de Jesús es claro. Si no hay amor, no hay vida. No hay comunicación con Jesús. No hay experiencia del Padre. Si falta el amor en nuestra vida, no queda más que vacío y ausencia de Dios. Podemos hablar de Dios, imaginarlo, pero no experimentarlo como fuente de alegría verdadera.
Entonces ei vacío se llena de dioses falsos que toman el puesto del Padre, pero que no pueden hacer brotar en nuestra existencia la verdadera alegría de la que estamos sedientos.
Quizás los cristianos hemos meditado poco en la alegría de Jesús, y no hemos aprendido a «disfrutar» de la vida, siguiendo sus pasos. Sus llamadas a buscar la felicidad verdadera se han perdido en el vacío, tal vez porque los hombres seguimos obstinados en pensar que el camino más seguro de encontrarlo es el que pasa por el poder, el dinero o el sexo.
La. alegría de Jesús es la de quien vive con una confianza ilimitada y transparente en el Padre. La alegría del que sabe acoger la vida con agradecimiento y veneración. La alegría del que ha descubierto que la vida entera es gracia.
Pero la vida se extingue tristemente en nosotros si la guardamos para nosotros solos, sin acertar a regalarla. La alegría de Jesús no consiste en disfrutar egoístamente de la vida. Es la alegría de quien da vida, de quien ayuda a crecer, de quien sabe crear las condiciones necesarias para que crezca y se desarrolle una vida más humana.
He aquí una de las enseñanzas claves del evangelio. Sólo es feliz quien hace un mundo más feliz. Sólo conoce la alegría quien sabe regalarla. Sólo vive quien hace vivir.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


lunes, 27 de abril de 2015

03/05/2015 - 5º domingo de Pascua (B)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
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Para leer, compartir, bajarse o imprimir las homilias de José Antonio Pagola del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer las homilias de cada ciclo.

¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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5º domingo de Pascua (B)


EVANGELIO

El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 15,1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.
A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.
Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2014-2015 -
3 de mayo de 2015

NO DESVIARNOS DE JESÚS

Sin mí no podéis hacer nada.

La imagen es sencilla y de gran fuerza expresiva. Jesús es la «vid verdadera», llena de vida; los discípulos son «sarmientos» que viven de la savia que les llega de Jesús; el Padre es el «viñador» que cuida personalmente la viña para que dé fruto abundante. Lo único importante es que se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo más humano y feliz para todos.
La imagen pone de relieve dónde está el problema. Hay sarmientos secos por los que no circula la savia de Jesús. Discípulos que no dan frutos porque no corre por sus venas el Espíritu del Resucitado. Comunidades cristianas que languidecen desconectadas de su persona.
Por eso se hace una afirmación cargada de intensidad: «el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid»: la vida de los discípulos es estéril «si no permanecen» en Jesús. Sus palabras son categóricas: «Sin mí no podéis hacer nada». ¿No se nos está desvelando aquí la verdadera raíz de la crisis de nuestro cristianismo, el factor interno que resquebraja sus cimientos como ningún otro?
La forma en que viven su religión muchos cristianos, sin una unión vital con Jesucristo, no subsistirá por mucho tiempo: quedará reducida a «folklore» anacrónico que no aportará a nadie la Buena Noticia del Evangelio. La Iglesia no podrá llevar a cabo su misión en el mundo contemporáneo, si los que nos decimos «cristianos» no nos convertimos en discípulos de Jesús, animados por su espíritu y su pasión por un mundo más humano.
Ser cristiano exige hoy una experiencia vital de Jesucristo, un conocimiento interior de su persona y una pasión por su proyecto, que no se requerían para ser practicante dentro de una sociedad de cristiandad. Si no aprendemos a vivir de un contacto más inmediato y apasionado con Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal.
Los cristianos vivimos hoy preocupados y distraídos por muchas cuestiones. No puede ser de otra manera. Pero no hemos de olvidar lo esencial. Todos somos «sarmientos». Sólo Jesús es «la verdadera vid». Lo decisivo en estos momentos es «permanecer en él»: aplicar toda nuestra atención al Evangelio; alimentar en nuestros grupos, redes, comunidades y parroquias el contacto vivo con él; no desviarnos de su proyecto.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
6 de mayo de 2012

CONTACTO PERSONAL

Según el relato evangélico de Juan, en vísperas de su muerte, Jesús revela a sus discípulos su deseo más profundo: "Permaneced en mí". Conoce su cobardía y mediocridad. En muchas ocasiones les ha recriminado su poca fe. Si no se mantienen vitalmente unidos a él no podrán subsistir.
Las palabras de Jesús no pueden ser más claras y expresivas: "Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí". Si no se mantienen firmes en lo que han aprendido y vivido junto a él, su vida será estéril. Si no viven de su Espíritu, lo iniciado por él se extinguirá.
Jesús emplea un lenguaje rotundo: "Yo soy la vid y vosotros los sarmientos". En los discípulos ha de correr la savia que proviene de Jesús. No lo han de olvidar nunca. "El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada". Separados de Jesús, sus discípulos no podemos nada.
Jesús no solo les pide que permanezcan en él. Les dice también que "sus palabras permanezcan en ellos". Que no las olviden. Que vivan de su Evangelio. Esa es la fuente de la que han de beber. Ya se lo había dicho en otra ocasión: "Las palabras que os he dicho son espíritu y vida".
El Espíritu del Resucitado permanece hoy vivo y operante en su Iglesia de múltiples formas, pero su presencia invisible y callada adquiere rasgos visibles y voz concreta gracias al recuerdo guardado en los relatos evangélicos por quienes lo conocieron de cerca y le siguieron. En los evangelios nos ponemos en contacto con su mensaje, su estilo de vida y su proyecto del reino de Dios.
Por eso, en los evangelios se encierra la fuerza más poderosa que poseen las comunidades cristianas para regenerar su vida. La energía que necesitamos para recuperar nuestra identidad de seguidores de Jesús. El Evangelio de Jesús es el instrumento pastoral más importante para renovar hoy a la Iglesia.
Muchos cristianos buenos de nuestras comunidades solo conocen los evangelios "de segunda mano". Todo lo que saben de Jesús y de su mensaje proviene de lo que han podido reconstruir a partir de las palabras de los predicadores y catequistas. Viven su fe sin tener un contacto personal con "las palabras de Jesús".
Es difícil imaginar una "nueva evangelización" sin facilitar a las personas un contacto más directo e inmediato con los evangelios. Nada tiene más fuerza evangelizadora que la experiencia de escuchar juntos el Evangelio de Jesús desde las preguntas, los problemas, sufrimientos y esperanzas de nuestros tiempos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO
10 de mayo de 2009

NO DESVIARNOS DE JESÚS

(Ver homilía del 3 de mayo de 2015).

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
14 de mayo de 2006

NO QUEDARNOS SIN SAVIA

El que permanece en mí... da fruto abundante.

La imagen es de una fuerza extraordinaria. Jesús es la «vid», los que creemos en él somos los «sarmientos». Toda la vitalidad de los cristianos nace de él. Si la savia de Jesús resucitado corre por nuestra vida, nos aporta alegría, luz, creatividad, coraje para vivir como vivía él. Si, por el contrario, no fluye en nosotros, somos sarmientos secos.
Éste es el verdadero problema de una Iglesia que celebra a Jesús resucitado como «vid» llena de vida, pero que está formada, en buena parte, por sarmientos muertos. ¿Para qué seguir distrayéndonos en tantas cosas, si la vida de Jesús no corre por nuestras comunidades y nuestros corazones?
Nuestra primera tarea hoy y siempre es «permanecer» en la vid, no vivir desconectados de Jesús, no quedamos sin savia, no secamos más. ¿Cómo se hace esto? El evangelio lo dice con claridad: hemos de esforzamos para que sus «palabras» permanezcan en nosotros.
La vida cristiana no brota espontáneamente entre nosotros. El evangelio no siempre se puede deducir racionalmente. Es necesario meditar largas horas las palabras de Jesús. Sólo la familiaridad y afinidad con los evangelios nos hace ir aprendiendo poco a poco a vivir como él.
Este acercamiento frecuente a las páginas del evangelio nos va poniendo en sintonía con Jesús, nos contagia su amor al mundo, nos va apasionando con su proyecto, va infundiendo en nosotros su Espíritu. Casi sin darnos cuenta, nos vamos haciendo cristianos.
Esta meditación personal de las palabras de Jesús nos cambia más que todas las explicaciones, discursos y exhortaciones que nos llegan del exterior. Las personas cambiamos desde dentro. Tal vez, éste sea uno de los problemas más graves de nuestra religión: no cambiamos, porque sólo lo que pasa por nuestro corazón cambia nuestra vida; y, con frecuencia, por nuestro corazón no pasa la savia de Jesús.
La vida de la Iglesia se trasformaría silos creyentes, los matrimonios cristianos, los presbíteros, las religiosas, los obispos, los educadores tuviéramos como libro de cabecera los evangelios de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
18 de mayo de 2003

VIDA COTIDIANA

El que permanece en mí... da fruto abundante.

La vida cotidiana ocupa, con gran diferencia, la mayor parte de nuestra vida. Por otra parte, aunque pensamos que lo importante de nuestra existencia sucede en los momentos excepcionales, fuera de lo cotidiano, lo cierto es que la persona va creciendo o se va empobreciendo en esa vida aparentemente pequeña de cada día. Podemos «soñar» grandes cosas, pero en el fondo no somos sino lo que somos en el vivir diario.
He estado releyendo estos días el estudio que publicó hace diez años J L. Aranguren con el título Moral de la vida cotidiana. Un libro, como todos los suyos, lleno de agudas reflexiones y sabias pautas para aprender a vivir.
Según el pensador, no está nada fácil lo de vivir con cierta autenticidad en nuestro pequeño mundo de cada día. De entrada, querámoslo o no, casi todos hemos de desempeñar un rol, muchas veces impuesto; hay que ajustarse al «guión» y representar bien nuestro papel. Pero, ¿se tratará sólo de ser un buen «actor»? ¿Cómo ser el «director» de la propia vida?
Está luego, la presión social; hay que estar atentos «a lo que se hace», «lo que se dice», «lo que se lleva». Muchas personas perciben su vida como algo monótono y rutinario, sin aliciente alguno. Se puede deber, en parte, a esta ciega sumisión al comportamiento establecido por la mayoría. Pero, ¿cómo ser más libres frente a tanta alimentación colectiva?
Aranguren apunta formas muy frecuentes hoy de vivir la cotidianeidad. Hay quienes viven procurando en todo momento dominar la situación y sacar el mayor partido de lo que sea. Para otros, lo importante es aparentar, quedar bien, dar buena imagen; no les interesa «ser», sino «parecer». Muchos viven pensando sólo en lo inmediato; esclavos del reloj, la agenda y el calendario, sólo viven para trabajar y «hacer cosas». Así se les pasa la vida.
Pero la vida cotidiana puede ser mucho más. Aranguren recuerda que «hay un cómo hacemos lo que hacemos y un para qué lo hacemos, es decir, hay un proyecto». Cada uno de nosotros está llamado a apropiarse personalmente de la vida penetrándola de sentido. El problema está en cómo elaborar y vivir ese proyecto de persona que queremos ser.
Para el cristiano, la fe en Jesucristo se convierte en la fuente más decisiva de su vivir diario. De su mensaje y su espíritu extrae sentido, orientación, confianza, estímulo para vivir y crecer como ser humano. La llamada de Jesús que escucha en su interior no es una llamada entre otras, sino la que da sentido último a su vida. Quien toma en serio el evangelio y sigue de cerca a Cristo, cree en sus palabras: «El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
21 de mayo de 2000

CREER

El que permanece en mL..

La fe no es una impresión o emoción del corazón. Sin duda, el creyente siente su fe, la experimenta y la disfruta, pero sería un error reducirla a «sentimentalismo». La fe no es algo que depende de los sentimientos: «ya no siento nada... debo estar perdiendo la fe». Ser creyentes es una actitud responsable y razonada.
La fe no es tampoco una opinión personal. El creyente se compromete personalmente a creer en Dios, pero la fe no puede ser reducida a «subjetivismo»: «yo tengo mis ideas y creo lo que a mí me parece». La realidad de Dios no depende de mí, ni el cristianismo es fabricación de cada uno.
La fe no es tampoco una costumbre o tradición recibida de los padres. Es bueno nacer en una familia creyente y recibir desde niño una orientación cristiana de la vida, pero sería muy pobre reducir la fe a «costumbre religiosa»: «en mi familia siempre hemos sido muy de Iglesia». La fe es una decisión personal de cada uno.
La fe no es tampoco una receta moral. Creer en Dios tiene sus exigencias, pero sería una equivocación reducirlo todo a «moralismo»: «yo respeto a todos y no hago mal a nadie». La fe es, además, amor a Dios, compromiso por un mundo más humano, esperanza de vida eterna, acción de gracias, celebración.
La fe no es tampoco un «tranquilizante». Creer en Dios es, sin duda, fuente de paz, consuelo y serenidad, pero la fe no es sólo un «agarradero» para los momentos críticos: «yo cuando me encuentro en apuros acudo a la Virgen». Creer es el mejor estímulo para luchar, trabajar y vivir de manera digna y responsable.
La fe comienza a desfigurarse cuando se olvida que, antes que nada, es un encuentro personal con Cristo. El cristiano es una persona que se encuentra con Cristo y en él va descubriendo a un Dios Amor que cada día le convence y atrae más. Lo dice muy bien Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es Amor» (1 Jn 4, 16).
Esta fe sólo da frutos cuando vivimos día a día unidos a Cristo, es decir, motivados y sostenidos por su Espíritu y su Palabra: «El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
27 de abril de 1997

¿FE SIN MORAL?

El que permanece en mí... da fruto.

Existe una relación muy estrecha entre la imagen que cada uno se hace de Dios y el modo de entender y vivir la moral. Como dice el profesor de moral, Marciano Vidal, también aquí se puede aplicar el dicho popular: «Dime qué imagen de Dios tienes, y te diré qué tipo de moral practicas»; y viceversa, .dime qué moral vives, y te diré qué idea de Dios tienes».
Cuando uno cree en un Dios «abstracto», alejado de la realidad humana, que nada tiene que ver con la vida de las personas (ese «algo tiene que haber», que dicen algunos cuando se les pregunta por Dios), es normal que haya un divorcio entre religión y moral. Esa fe no hace vivir, no estimula el compromiso moral, no conduce a decisiones empeñativas. Sin embargo, la moral cristiana siempre lleva a una vida nueva al estilo de Cristo.
Cuando uno ve a Dios como el «legislador» universal y «juez» supremo de sus criaturas, es fácil caer en una moral infantil que lejos de ayudar a crecer a la persona, la hace vivir permanentemente en el miedo al castigo o en la búsqueda del premio. Sin embargo, vivir responsablemente ante un Dios que te ama incondicionalmente es otra cosa.
Cuando se piensa que Dios es alguien «interesado» que, en definitiva, sólo busca su propio honor y gloria, la moral se convierte en una «carga pesada» de la que uno se querría liberar para vivir de manera más dichosa y placentera. Sin embargo, Jesús habla de que su propuesta es un «yugo suave» y una «carga ligera» (Mateo 11, 30).
La verdadera moral cristiana brota y se alimenta de la fe en un Dios que busca sólo y exclusivamente el bien de todos sin contrapartida alguna. A Dios lo único que le interesa somos nosotros y nuestra felicidad total. Lo que le da «gloria» es vernos a todos vivir de manera digna y dichosa. De aquí nace el comportamiento cristiano que consiste fundamentalmente en buscar el bien integral de todos. Esta es la síntesis de la moral cristiana según el Vaticano II: «Producir frutos en la caridad para la vida del mundo» (Optatam totius, n. 16).
Para reavivar la conciencia moral en nuestros días, lo importante no es apelar al miedo a Dios, ni desarrollar una predicación más rigorista, sino ayudar a descubrir en Cristo a ese Dios absolutamente bueno que nos urge a ser buenos con todos. Desde esta perspectiva cobran otra luz las palabras de Jesús: «El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante» (Juan 15, 5). La adhesión a Jesús se traduce siempre en vida moral.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
1 de mayo de 1994

VIDA COTIDIANA

El que permanece en mí... da fruto abundante.

La vida cotidiana ocupa, con gran diferencia, la mayor parte de nuestra vida. Por otra parte, aunque pensamos que lo importante de nuestra existencia sucede en los momentos excepcionales, fuera de lo cotidiano, lo cierto es que la persona va creciendo o se va empobreciendo en esa vida aparentemente pequeña de cada día. Podemos «soñar» grandes cosas, pero en el fondo no somos sino lo que somos en el vivir diario.
He estado releyendo estos días —pequeño homenaje al profesor desaparecido recientemente— el estudio que publicó hace diez años J.L. L. Aranguren con el título «Moral de la vida cotidiana». Un libro, como todos los suyos, lleno de agudas reflexiones y sabias pautas para aprender a vivir…
Según el pensador, no está nada fácil lo de vivir con cierta autenticidad en nuestro pequeño mundo de cada día. De entrada, querámoslo o no, casi todos hemos de desempeñar un rol, muchas veces, impuesto; hay que ajustarse al «guión» y representar bien nuestro papel. Pero, ¿se tratará solo de ser un buen «actor»? ¿Cómo ser el «director» de la propia vida?
Está, luego, la presión social; hay que estar atentos a «lo que se hace»,
Aranguren apunta formas muy frecuentes hoy de vivir la cotidianeidad. Hay quienes viven procurando en todo momento dominar la situación y sacar el mayor partido de lo que sea. Para otros lo importante es aparentar, quedar bien, dar buena imagen; no les interesa «ser», sino «parecer». Muchos viven pensando solo en lo inmediato; esclavos del reloj, la agenda y el calendario, solo viven para trabajar y «hacer cosas». Así se les pasa la vida.
Pero la vida cotidiana puede ser mucho más. Aranguren recuerda que «hay un cómo hacemos lo que hacemos y un para qué lo hacemos, es decir, un proyecto». Cada uno de nosotros está llamado a apropiarse personalmente de la vida penetrándola de sentido. El problema está en cómo elaborar y vivir ese proyecto de persona que queremos ser.
Para el cristiano, la fe en Jesucristo se convierte en la fuente más decisiva de su vivir diario. De su mensaje y su espíritu extrae sentido, orientación, confianza, estímulo para vivir y crecer como ser humano. La llamada de Jesús que escucha en su interior no es una llamada entre otras, sino la que da sentido último a su vida. Quien se toma en serio el evangelio y sigue de cerca a Cristo, cree en sus palabras: «El que permanece en mí y yo en él ése da fruto abundante.»

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
28 de abril de 1991

DOGMAS PROGRESISTAS

Si permanecéis en mí.

Alguien tendrá que estudiar un día con rigor qué significa ser progresista, pues pocos términos son utilizados hoy de manera más ligera y equívoca. El progresismo se ha convertido en una especie de “mito” dentro del cual cabe todo, con tal de que uno defienda lo último que va imponiendo la moda social.
Progresar significa “avanzar hacia adelante”, pero ¿en qué dirección? ¿Es progresista destruir los valores sobre los que se fundamenta la dignidad humana? ¿Es un progreso caminar hacia un estilo de vida egoísta e insolidario, tan viejo como la humanidad misma?
No hemos de olvidar que se puede caminar hacia atrás y cambiar a peor. Y entonces, lo más progresista no es sintonizar con los retrocesos de la sociedad, sino “permanecer” fiel a lo que hace progresar al hombre en dignidad y convivencia justa y solidaria.
Desde aquí hemos de entender la invitación de Jesús a “permanecer” en él y a que sus palabras “permanezcan” en nosotros. En su última Carta Pastoral, los Obispos vascos nos recordaban algunas convicciones inquebrantables que no hemos de abandonar si queremos permanecer en la verdad. Resumo brevemente las más importantes.
No es verdad que la ciencia haya probado que la fe en Dios esté ya superada y condenada, por tanto, a desaparecer inexorablemente. La ciencia es impotente para afirmar o negar la existencia de Dios. Decir lo contrario es una mentira que ninguna persona progresista debería utilizar para engañar a nadie.
No es cierto que hay que eliminar a Dios para liberar al hombre y devolverle su dignidad perdida. Al contrario, quien vive una relación sana con Dios descubre en la fe la energía más estimulante para crecer como hombre libre y liberador. Quien diga otra cosa, no sabe de qué habla o está simplemente condenando “caricaturas” de fe.
Es un engaño destruir, en base a una supuesta modernidad, valores éticos imprescindibles para salvar al hombre. Al contrario, corremos el riesgo de sacrificar al hombre en aras de un progreso superficial y falso que va minando las bases que sostienen la dignidad del ser humano. No querer advertirlo es cerrar los ojos a la verdad.
Es una grave mutilación de la persona fijarle como objetivo único de su vida el disfrute del máximo placer en cada momento o situación. El placer es necesario y positivo, pero no ha de ocupar el primer puesto. El amor y la solidaridad exigen, muchas veces, diferir el placer o, incluso, renunciar a él. Quien no lo reconoce así, no conoce todavía el secreto último de la existencia.
Es una gravísima equivocación valorar al hombre por lo que tiene y no por lo que es. El afán de poseer siempre más y más, termina por esclavizar y degradar a la persona. El ser humano es más grande que todas las cosas y vale por lo que es, no por lo que gana y posee. Quien no lo entiende así, equivoca su trayectoria en la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
1 de mayo de 1988

UNO DE MAYO

Ese da fruto abundante.

El uno de Mayo es una fecha cargada de historia, de luchas y de esperanza en un mundo más justo y más humano. Sin embargo, los grandes valores que representa (justicia social, dignidad humana, solidaridad obrera) parecen diluirse de día en día.
Las nuevas tecnologías y la disminución progresiva de mano de obra van quitando fuerza y protagonismo a la clase obrera tradicional, verdadero motor de la revolución social promovida por la izquierda.
Por otra parte, la crisis económica ha introducido en el mundo obrero una profunda división entre parados y obreros en activo, sin que el sentido de clase haya logrado mantener una solidaridad básica.
Los sindicatos obreros se enfrentan entre sí movidos por intereses contrapuestos. Los diferentes sectores luchan por sus reivindicaciones sectoriales y sus intereses corporativos aunque su logro dañe necesariamente a otro sector.
Cada uno busca su propio interés cada vez con menos pudor. No están los tiempos para planteamientos idealistas de solidaridad. Lo importante es “sobrevivir» y no perder el puesto de trabajo o el nivel salarial.
Una sola consigna parece mover todo el mundo socio-económico y también a la clase obrera: “Sálvese quien pueda”.
Por eso, apenas extraña ya a nadie que la crisis económica esté siendo afrontada por un Gobierno socialista desde soluciones liberales que permiten la imposición del más fuerte y el aumento dramático de las desigualdades.
Hace unos años se despertó la esperanza de muchos al oír consignas de “cambio» y de “ética» nueva en la vida socio-política.
Hoy estas palabras han desaparecido de escena sustituidas por otras más pragmáticas como “modernización», “sociedad progresista», “homologación con los países de la Comunidad europea», que ciertamente no prometen una ética más justa, digna y solidaria.
Pero, ¿en qué queda convertido el uno de Mayo si pierde su mística de solidaridad y su lucha por una sociedad más justa y digna para todos los trabajadores?
El uno de Mayo es hoy, antes que nada, una llamada a reconstruir la solidaridad y a recuperar la esperanza en una ética de mayor justicia e igualdad social.
Los creyentes no podemos sentirnos ajenos a esta tarea. La fe no es un sentimiento inoperante sino un estímulo para luchar por cambios humanizadores. Esta es la promesa de Jesús: “El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
5 de mayo de 1985

VIDAS ESTERILES

Sin mí no podéis nada...

Los hombres somos un deseo intenso de vida y cumplimiento. Hay dentro de nosotros algo que quiere vivir, vivir intensamente y vivir para siempre. Más aún, los hombres nacemos para hacer crecer la vida.
Sin embargo, la vida no cambia fácilmente. La injusticia, el sufrimiento, la mentira y el mal nos siguen dominando. Parece que todos los esfuerzos de los hombres por mejorar el mundo terminan tarde o temprano en el fracaso.
Movimientos que se dicen comprometidos en luchar por la libertad terminan provocando iguales o mayores esclavitudes. Hombres y mujeres que buscan la justicia terminan generando nuevas e interminables injusticias.
¿Quién de nosotros, incluso el más noble y generoso, no ha tenido un día la impresión de que todos sus proyectos, esfuerzos y trabajos no servían para nada?
¿Será la vida algo que no conduce a nada? ¿Un esfuerzo vacío y sin sentido? ¿Una «pasión inútil» como decía J.P. Sartre?
Los creyentes hemos de volver a recordar que la fe es «fuente de vida». Creer no es afirmar que debe existir Algo último en alguna parte. Creer es descubrir a Alguien que nos «hace vivir» superando nuestra impotencia, nuestros errores y nuestro pecado.
Una de las mayores tragedias de los cristianos es la de «practicar la religión» sin ningún contacto con el Viviente. Y sin embargo, uno empieza a descubrir la verdad de la fe cristiana cuando acierta a vivir en contacto personal con el Resucitado. Sólo entonces se descubre que Dios no es una amenaza o un desconocido, sino Alguien vivo que pone nueva fuerza y nueva alegría en nuestras vidas.
Con frecuencia, nuestro problema no es vivir envueltos en problemas y conflictos constantes. Nuestro problema más profundo es no tener fuerza interior para enfrentarnos a los problemas diarios de la vida.
La experiencia diaria nos ha de hacer pensar a los cristianos la verdad de las palabras de Jesús: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada».
¿ No está precisamente ahí la raíz más profunda de tantas vidas estériles y tristes de hombres y mujeres que nos llamamos creyentes?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
9 de mayo de 1982

FE ESTERIL

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos.

La imagen es realmente expresiva. Todo sarmiento que está vivo tiene que producir fruto. Y si no lo hace es porque no responde a la vida que la vid puede comunicar. No circula por él la savia de la vid.
Así es también nuestra fe. Vive, crece y da frutos, cuando vivimos abiertos a la comunicación con Cristo. Si esta relación vital se interrumpe, hemos cortado la fuente de nuestra fe.
Entonces la fe se seca. Ya no es capaz de animar nuestra vida. Se convierte en confesión verbal, vacía de contenido y experiencia viva. Triste caricatura de lo que los primeros creyentes vivieron al encontrarse con el resucitado.
Digámoslo sinceramente. Esa ausencia de dinamismo cristiano, esa capacidad para seguir creciendo en amor y fraternidad con todos, esa inhibición y pasividad por luchar arriesgadamente por la justicia entre los hombres, ese inmovilismo y falta de creatividad evangélica para descubrir las nuevas exigencias del Espíritu, ¿no están delatando una falta de comunicación viva con Cristo resucitado?
Por paradójico que pueda parecer, una soledad interior se agazapa en el corazón de más de un cristiano. Cogido en una red de relaciones, actividades, ocupaciones y problemas, puede sentirse más solo que nunca en su interior, incapaz de comunicarse vitalmente con ese Cristo en quien dice creer.
Quizás la derrota más grave del hombre occidental sea su incapacidad de vida interior. El hombre contemporáneo parece vivir siempre huyendo. Siempre de espaldas a sí mismo. Sin saber qué hacer con su vacío interior.
Se diría que el alma de muchos hombres y mujeres es un desierto. Son muchos los afectados por esta epidemia de soledad y vacío interior. Lo advertía ya P. Claudel: «Nunca los hombres han sido tan solidarios, ni han estado tan solos».
Este aislamiento interior de ese Cristo que es fuente de vida, conduce poco a poco- un «ateísmo práctico». De poco sirve seguir confesando fórmulas, si uno no conoce la comunicación cálida, gozosa, revitalizadora con el resucitado.
Esa comunicación de quien sabe disfrutar del diálogo silencioso con él, alimentarse diariamente de su palabra, recordarlo con gozo en medio de la agitación y el trabajo cotidiano, descansar en él en los momentos de agobio.

José Antonio Pagola



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