lunes, 21 de julio de 2014

27/07/2014 - 17º domingo Tiempo ordinario (A)

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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17º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Vende todo lo que tiene y compra el campo.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
-«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron:
-«Sí.»
Él les dijo:
-«Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
27 de julio de 2014

LA DECISIÓN MÁS IMPORTANTE

El evangelio recoge dos breves parábolas de Jesús con un mismo mensaje. En ambos relatos, el protagonista descubre un tesoro enormemente valioso o una perla de valor incalculable. Y los dos reaccionan del mismo modo: venden con alegría y decisión lo que tienen, y se hacen con el tesoro o la perla. Según Jesús, así reaccionan los que descubren el reino de Dios.
Al parecer, Jesús teme que la gente le siga por intereses diversos, sin descubrir lo más atractivo e importante: ese proyecto apasionante del Padre, que consiste en conducir a la humanidad hacia un mundo más justo, fraterno y dichoso, encaminándolo así hacia su salvación definitiva en Dios.
¿Qué podemos decir hoy después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué tantos cristianos buenos viven encerrados en su práctica religiosa con la sensación de no haber descubierto en ella ningún “tesoro”? ¿Dónde está la raíz última de esa falta de entusiasmo y alegría en no pocos ámbitos de nuestra Iglesia, incapaz de atraer hacia el núcleo del Evangelio a tantos hombres y mujeres que se van alejando de ella, sin renunciar por eso a Dios ni a Jesús?
Después del Concilio, Pablo VI hizo esta afirmación rotunda: ”Solo el reino de Dios es absoluto. Todo lo demás es relativo”. Años más tarde, Juan Pablo II lo reafirmó diciendo: “La Iglesia no es ella su propio fin, pues está orientada al reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento”. El Papa Francisco nos viene repitiendo: “El proyecto de Jesús es instaurar el reino de Dios”.
Si ésta es la fe de la Iglesia, ¿por qué hay cristianos que ni siquiera han oído hablar de ese proyecto que Jesús llamaba “reino de Dios”? ¿Por qué no saben que la pasión que animó toda la vida de Jesús, la razón de ser y el objetivo de toda su actuación, fue anunciar y promover ese proyecto humanizador del Padre: buscar el reino de Dios y su justicia?
La Iglesia no puede renovarse desde su raíz si no descubre el “tesoro” del reino de Dios. No es lo mismo llamar a los cristianos a colaborar con Dios en su gran proyecto de hacer un mundo más humano, que vivir distraídos en prácticas y costumbres que nos hacen olvidar el verdadero núcleo del Evangelio.
El Papa Francisco nos está diciendo que “el reino de Dios nos reclama”. Este grito nos llega desde el corazón mismo del Evangelio. Lo hemos de escuchar. Seguramente, la decisión más importante que hemos de tomar hoy en la Iglesia y en nuestras comunidades cristianas es la de recuperar el proyecto del reino de Dios con alegría y entusiasmo.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
24 de julio de 2011

UN DIOS SIN ATRACTIVO

Jesús trataba de comunicar a la gente su experiencia de Dios y de su gran proyecto de ir haciendo un mundo más digno y dichoso para todos. No siempre lograba despertar su entusiasmo. Estaban demasiado acostumbrados a oír hablar de un Dios sólo preocupado por la Ley, el cumplimiento del sábado o los sacrificios del Templo.
Jesús les contó dos pequeñas parábolas para sacudir su indiferencia. Quería despertar en ellos el deseo de Dios. Les quería hacer ver que encontrarse con lo que él llamaba "reino de Dios" era algo mucho más grande que lo que vivían los sábados en la sinagoga del pueblo: Dios puede ser un descubrimiento inesperado, una sorpresa grande.
En las dos parábolas la estructura es la misma. En el primer relato, un labrador «encuentra» un tesoro escondido en el campo... Lleno de alegría, «vende todo lo que tiene» y compra el campo. En el segundo relato, un comerciante en perlas finas «encuentra» una perla de gran valor... Sin dudarlo, «vende todo lo que tiene» y compra la perla.
Algo así sucede con el «reino de Dios» escondido en Jesús, su mensaje y su actuación. Ese Dios resulta tan atractivo, inesperado y sorprendente que quien lo encuentra, se siente tocado en lo más hondo de su ser. Ya nada puede ser como antes.
Por primera vez, empezamos a sentir que Dios nos atrae de verdad. No puede haber nada más grande para alentar y orientar la existencia. El "reino de Dios" cambia nuestra forma de ver las cosas. Empezamos a creer en Dios de manera diferente. Ahora sabemos por qué vivir y para qué.
A nuestra religión le falta el "atractivo de Dios". Muchos cristianos se relacionan con él por obligación, por miedo, por costumbre, por deber..., pero no porque se sientan atraídos por él. Tarde o temprano pueden terminar abandonando esa religión.
A muchos cristianos se les ha presentado una imagen tan deformada de Dios y de la relación que podemos vivir con él, que la experiencia religiosa les resulta inaceptable e incluso insoportable. No pocas personas están abandonando ahora mismo a Dios porque no pueden vivir ya por más tiempo en un clima religioso insano, impregnado de culpas, amenazas, prohibiciones o castigos.
Cada domingo, miles y miles de presbíteros y obispos predicamos el Evangelio, comentando las parábolas de Jesús y sus gestos de bondad a millones y millones de creyentes. ¿Qué experiencia de Dios comunicamos? ¿Qué imagen transmitimos del Padre y de su reino? ¿Atraemos los corazones hacia el Dios revelado en Jesús? ¿Los alejamos de su misterio de Bondad?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
27 de julio de 2008

LA DECISIÓN

Vende todo lo que tiene.

No era fácil creer a Jesús. Algunos se sentían atraídos por sus palabras. En otros, por el contrario, surgían no pocas dudas. ¿Era razonable seguir a Jesús o una locura? Hoy sucede lo mismo: ¿merece la pena comprometerse en su proyecto de humanizar la vida o es más práctico ocupamos cada uno de nuestro propio bienestar? Mientras tanto, se nos puede pasar la vida sin tomar decisión alguna.
Jesús cuenta dos pequeñas parábolas para seducir el corazón de aquellos campesinos. Un pobre labrador está cavando en un terreno que no es suyo. De pronto encuentra un «tesoro escondido». No es difícil imaginar su sorpresa y alegría. No se lo piensa dos veces. «Lleno de alegría», vende todo lo que tiene y se hace con el tesoro.
Lo mismo le sucede a un rico «comerciante en perlas finas». De pronto se encuentra una perla de valor incalculable. Su olfato de experto no le engaña. Rápidamente toma una decisión. Vende todo lo que tiene y se hace con la perla.
El reino de Dios está «oculto». Muchos no han descubierto todavía el gran proyecto que tiene Dios de un mundo nuevo. Sin embargo, no es un misterio inaccesible. Está «oculto» en Jesús, en su vida y en su mensaje. Una comunidad cristiana que no ha descubierto el reino de Dios no sabe para qué ha nacido de Jesús.
El descubrimiento del reino de Dios altera la vida de quien lo descubre. Su «alegría» es inconfundible. Ha encontrado lo esencial de la vida, lo mejor de Jesús, el valor que puede cambiar su vida. Si los cristianos no descubrimos el proyecto de Jesús, en la Iglesia no habrá alegría.
Los dos protagonistas de las parábolas toman la misma decisión: «venden todo lo que tienen». Nada es más importante que «buscar el reino de Dios y su justicia». Todo lo demás viene después, es relativo y debe quedar subordinado al proyecto de Dios.
Esta es la decisión más importante que hemos de tomar en la Iglesia y en las comunidades cristianas: liberamos de tantas cosas accidentales para comprometemos en el reino de Dios. Despojamos de lo superfluo. Olvidamos de otros intereses. Saber «perder» para «ganar» en autenticidad. Si lo hacemos, estarnos colaborando en la conversión de la Iglesia.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
24 de julio de 2005

UN TESORO SIN DESCUBRIR

Se parece a un tesoro escondido.

No todos se entusiasmaban con el proyecto de Jesús. En bastantes surgían no pocas dudas e interrogantes. ¿Era razonable seguirle? ¿No era una locura? Son las preguntas de aquellos galileos y de todos los que se encuentran con Jesús a un nivel un poco profundo.
Jesús contó dos pequeñas parábolas para «seducir» a quienes permanecían indiferentes. Quería sembrar en todos un interrogante decisivo: ¿no habrá en la vida un «secreto» que todavía no hemos descubierto?
Todos entendieron la parábola de aquel labrador pobre que, estando cavando en una tierra que no era suya, encontró un tesoro escondido en un cofre. No se lo pensó dos veces. Era la ocasión de su vida. No la podía desaprovechar. Vendió todo lo que tenía y, lleno de alegría, se hizo con el tesoro.
Lo mismo hizo un rico traficante de perlas cuando descubrió una de valor incalculable. Nunca había visto algo semejante. Vendió todo lo que poseía y se hizo con la perla.
Las palabras de Jesús eran seductoras. ¿Será Dios así?, ¿será esto encontrarse con él?, ¿descubrir un «tesoro» más bello y atractivo, más sólido y verdadero que todo lo que nosotros estamos viviendo y disfrutando?
Jesús estaba comunicando su experiencia de Dios: lo que había transformado por entero su vida. ¿Tendrá razón? ¿Será esto seguirle?, ¿encontrar lo esencial, tener la inmensa fortuna de hallar lo que el ser humano está anhelando desde siempre?
En los países del Primer Mundo mucha gente está abandonando la religión sin haber saboreado a Dios. Les entiendo. Yo haría lo mismo. Si uno no ha descubierto un poco la experiencia de Dios que vivía Jesús, la religión es un aburrimiento. No merece la pena.
Lo triste es encontrar a tantos cristianos cuyas vidas no están marcadas por la alegría, el asombro o la sorpresa de Dios. No lo han estado nunca. Viven encerrados en su religión, sin haber encontrado ningún «tesoro». Entre los seguidores de Jesús, cuidar la vida interior no es una cosa más. Es imprescindible para vivir abiertos a la sorpresa de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
28 de julio de 2002

NOSTALGIA DE DIOS

Se parece a un tesoro escondido.

Los estudios sociológicos dicen que la crisis religiosa se va deslizando en Europa hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia tranquila, ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más los que, movidos por una cierta «nostalgia de Dios» sienten la necesidad de buscar «algo diferente», una manera nueva de creer y confiar en él. ¿Cómo buscar a Dios?
Sin duda, cada uno ha de partir de su propia experiencia. No hay que copiar a otros. No hay que hacer nada forzado ni postizo. Cada uno conoce sus propios deseos y miserias, sus vacíos y sus miedos. Cada uno sabe su «necesidad» de Dios. Su voz no calla nunca. No grita con los labios, pero nos susurra al corazón.
Por eso precisamente, no basta buscar a Dios por fuera: en los libros, las discusiones o el debate. Una cosa es «discutir de religión» y otra muy distinta buscar a Dios con sincero corazón. Uno mismo se da cuenta, casi siempre con claridad, cuándo está escapando de Dios y cuándo lo está buscando de verdad. San Agustín decía así: «No te desparrames. Concéntrate en tu intimidad. La verdad reside en el hombre interior».
Buscar a Dios exige esfuerzo, pero encontrarse con él no es nunca resultado de un voluntarismo fanático ni de una ascesis crispada. Dios es un regalo y lo importante es acogerlo con «simplicidad de alma». Recordemos la reflexión de la vieja priora en el Diálogo de Carmelitas de Benanos: «Una vez salidos de la infancia, hay que sufrir mucho para volver a ella, como sólo después de una larga noche vuelve a aparecer de nuevo la aurora. ¿He vuelto yo a ser de nuevo niño?»
No es lo mejor buscar a Dios apoyándose sólo en las propias intuiciones. Hay muchas formas de engañarse o de andar dando vueltas sobre uno mismo, sobre sus sentimientos e ideas. Por eso, es bueno compartir y contrastar la propia experiencia con alguien que nos pueda guiar desde su vivencia de Dios. Ese mutuo compartir puede ser el mejor estímulo para seguir buscándole.
En su parábola del «tesoro escondido en el campo», Jesús habla del hombre que, «lleno de alegría», vende todo lo que tiene por hacerse con el tesoro. Buscar a Dios no produce tristeza ni amargura; al contrario, genera alegría y paz porque la persona va descubriendo por dónde está la verdadera felicidad. Recordemos a san Agustín: «Sólo lo que hace bueno al hombre puede hacerle feliz».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
25 de julio de 1999

UN TESORO ESCONDIDO

Un tesoro escondido.

E. Fromm escribe así en una de sus obras: «Nuestra cultura lleva a una forma difusa y descentrada de vivir que casi no registra paralelo en la historia. Se hacen muchas cosas a la vez... Somos consumidores con la boca siempre abierta, ansiosos y dispuestos a tragarlo todo... Esta falta de concentración se manifiesta en nuestra dificultad para estar a solas con nosotros mismos.»
Es precisamente en esta cultura donde hemos de escuchar la llamada de Jesús a ahondar en la existencia para encontrar ese «tesoro escondido» que puede transformar nuestra vida. Tal vez, lo que necesita urgentemente el hombre de hoy para encontrarlo se puede resumir en tres cosas: huir de la dispersión, vivir desde dentro y recuperar la paz.
Nuestro primer esfuerzo ha de ser luchar contra la dispersión. No dejarnos desbordar por el diluvio de informaciones que cae cobre nosotros. Resistirnos a ser juguete de tantos estímulos, imágenes e impresiones que pueden arrastrarnos de un lado para otro, destruyendo nuestra armonía interior. Naturalmente, esto exige una ascésis personal y un adiestramiento. La dispersión sólo se supera cuando uno vive enraizado en las grandes convicciones que dan sentido a su vida. Es aquí donde el creyente descubre el poder unificador de la fe en Dios y la importancia de la experiencia religiosa para adquirir una consistencia interior.
Necesitamos también vivir las cosas desde dentro. Sólo entonces encontramos nuestra propia verdad; cada pieza de nuestro «puzzle» interior se va colocando en su sitio y aflora nuestro verdadero rostro. Sólo entonces nos relacionamos con las personas desde nuestro verdadero ser, sin proyectar sobre ellas nuestras ilusiones, frustraciones o tentaciones de dominio. Naturalmente, también esto exige disciplina. Es necesario vivir de manera consciente cada una de nuestras actividades. Estar «aquí y ahora» en cada momento del día. Es entonces cuando el creyente descubre y experimenta la hondura que proporciona a la existencia el vivir la vida ante Dios.
El hombre de hoy necesita, además, sosiego interior. Pero como la paz del corazón no se puede comprar con dinero, muchas personas que lo tienen casi todo, no saben cómo adquirirla. La serenidad del corazón sólo llega cuando limpiamos nuestro interior de miedos, culpabilidades y conflictos. Tal vez, uno de los mayores regalos de la vida, a veces tan dura e inhóspita, es el poder experimentar a Dios como fuente de verdad última, de paz interior y descanso verdadero. Quien sabe estar así ante Dios, aunque sea de vez en cuando, «bebiendo sabiduría, amor y sabor» (S. Juan de la Cruz) encuentra «un tesoro escondido».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
28 de julio de 1996

PARA NO ENVEJECER

Un tesoro escondido en el campo.

La vejez trae consigo limitaciones importantes que todos conocemos. Los sentidos se entorpecen; comienza a fallar la memoria; se pierde la vitalidad de otros tiempos. Es lo propio de la edad avanzada. Pero hay también otros signos, que pueden aparecer a cualquier edad y que siempre revelan un proceso de envejecimiento espiritual.
Así sucede cuando la persona va recortando poco a poco el horizonte de su existencia y se contenta con «ir tirando». Nada nuevo aparece ya en su vida. Siempre los mismos hábitos, los mismos esquemas y costumbres. Ningún objetivo nuevo, ningún ideal. Sólo la rutina de siempre.
En el fondo, la persona se ha cerrado, tal vez, a toda llamada nueva que pueda transformar su existencia. No escucha esa voz interior que desde dentro, nos invita siempre a una vida más elevada, más generosa, más noble y más creativa.
El individuo corre entonces el riesgo de encerrarse en su propio egoísmo. La vida se reduce a buscar siempre las propias ventajas, lo que sirve al propio interés. No cuentan los demás. Cerrado en su pequeño mundo, el individuo ya no vive los acontecimientos que sacuden a la Humanidad, ni se conmueve ante las personas que sufren junto a él.
Pero, cuando el amor se apaga, se apaga también la vida. La persona no se comunica de verdad con nadie. No acierta a amar gratuitamente. La vida sigue, pero el individuo, envuelto en su mediocridad, ya no vibra con nada. Pronto percibirá en su corazón algo difícil de definir, pero que no está lejos del aburrimiento, la decepción, la soledad o el resentimiento.
No es fácil reaccionar y romper esa trayectoria decadente. La persona necesita encontrarse con algo que toque lo más hondo de su ser e infunda una luz y un sentido nuevo a su existencia. Algo que despierte en ella la dignidad y el deseo de una vida diferente. Algo que genere un estilo de vivir más generoso, más sano y más gozoso.
Para muchos, Dios es hoy una palabra gastada, un concepto vacío, algo así como un personaje cada vez más nebuloso y lejano. Por eso, puede sorprender que, en la pequeña «parábola del tesoro encontrado en el campo», Jesús presente el encuentro con Dios como una experiencia gozosa, capaz de transformar a la persona trastocando su vida entera.
Sin embargo, es así. El encuentro con Dios es siempre creador y transformador. No es posible la experiencia de Dios sin vivir, al mismo tiempo, la experiencia de una luz que ilumina todo de manera diferente, una alegría que abre horizontes nuevos a la vida, una fuerza honda que permite enfrentarse a la vida con confianza. Naturalmente, también en la vida del creyente hay momentos malos, de oscuridad y vacío, pero quien se ha encontrado de verdad con Dios ya no lo olvida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
25 de julio de 1993

¿POR DONDE EMPEZAR?

Se parece a un tesoro escondido.

Hace algún tiempo pronunciaba yo una conferencia ante un público joven de San Sebastián. Después de mi intervención se produjo un animado debate sobre la fe. En cierto momento, una joven, después de adherirse a quienes confesaban una postura agnóstica, vino a decir más o menos lo siguiente: «Hoy sigo siendo agnóstica, pero se está despertando en mí el deseo o la necesidad de creer. ¿Por dónde tengo que empezar?»
La pregunta me llegó muy dentro: «Por dónde empezar?» Sinceramente le tuve que contestar que yo no sé por experiencia cómo se sale del agnosticismo y cómo se vuelve a recuperar una fe viva en Dios. Por otra parte, creo que los caminos pueden ser diversos. Pero la pregunta de la joven me está obligando a pensar qué puedo aportarle yo desde mi experiencia creyente a quien busca recuperar o «refundar» su fe.
Antes que nada, pienso que, desde fuera, no se le puede «enseñar» a nadie a creer, como no se le puede enseñar a sentir, a llorar o a gozar. Yo puedo compartir con él mi experiencia y mostrarle cómo vivo yo el misterio de la vida, pero el camino de la fe lo ha de recorrer cada uno, «atraído» secretamente por Dios.
Estoy también convencido de que la fe no es cuestión de raciocinios y discusiones. Creer es otra cosa. Lo esencial no es llegar a verificar de manera razonable la «hipótesis» de Dios. El verdadero problema está en otra parte. Siempre que he discutido con alguien sobre cuestiones teóricas de fe, he tenido la impresión de que no estábamos hablando de «lo importante».
Tal vez, lo primero es encontrarse sinceramente con uno mismo y descender hasta el «corazón», ese lugar simbólico y secreto donde se toman las decisiones fundamentales. Por lo general, vivimos demasiado distraídos y ocupados, y no acertamos a plantearnos la vida ante el misterio de la Presencia o la Ausencia de Dios. Esa actitud interior sincera me parece decisiva.
Por eso es tan importante la cuestión de la oración. ¿Tú oras o no oras? Creo que ahí estamos abordando algo esencial. La oración no es teoría, ni discusión ni reflexión. Es una actitud responsable y libre ante el misterio último de la existencia. Cuando oro, me estoy planteando las cuestiones más decisivas: ¿Puedo confiar en Alguien, o me constituyo a mí mismo en centro absoluto de mi existencia? Mí vida, ¿termina en mí mismo, o puedo esperar en Dios?
No conozco una postura más honesta y valiente que la del hombre o la mujer que, desde una actitud de búsqueda sincera, sabe decir de verdad: «Dios, si existes, haz que yo crea en Ti.» El misterio de Dios, según Jesús, se parece a un «tesoro escondido en el campo». Quien un día lo encuentra se desprende de todo para hacerse con El.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
29 de julio de 1990

LA DECISIÓN DE CREER

Un tesoro escondido en el campo.

Muchos cristianos viven hoy en un estado intermedio entre el cristianismo tradicional que alimentó intensamente los primeros años de su vida y una descristianización que ha ido progresivamente invadiéndolo todo.
Sin expresarlo tal vez con palabras, más de uno vive con la secreta inquietud de que los profundos cambios socio-culturales que se están produciendo amenazan con hacer desaparecer de nuestro pueblo la misma religión.
Es normal entonces ese cristianismo «a la defensiva» que se observa en bastantes creyentes, desconcertados ante costumbres y planteamientos que arrasan el sentido cristiano de la vida y turbados por tanta burla y ataque irrespetuoso a la fe.
Es normal también que se busque entonces el amparo de las instituciones eclesiásticas y la seguridad que puede ofrecer un magisterio firme v autoritario.
Pero la fe no puede apoyarse, en último término, en instituciones eclesiásticas, sino que ha de ser conquistada por la decisión personal y la experiencia de cada uno.
Una fe expuesta a tantas críticas y combatida desde tantos frentes, sólo puede ser vivida con autenticidad por aquellos que descubran el gozo de encontrarse con la realidad del Dios vivo.
Cada uno tiene que hacer su propia experiencia. Pertenecer a la Iglesia y confesar con los labios la doctrina cristiana no protege contra la incredulidad de manera mecánica. Hoy es más necesaria que nunca «la experiencia religiosa».
De poco servirá a los cristianos confesar rutinariamente sus creencias, si no descubren la fe como experiencia gozosa, cálida y revitalizadora. Lo decisivo es siempre encontrar «el tesoro escondido en el campo». Encontrarse con el Dios de Jesucristo y experimentar que El es quien puede responder de manera plena a las preguntas más vitales y los anhelos más hondos.
Necesitamos más que nunca orar, hacer silencio, curarnos de tanta prisa y superficialidad, detenernos ante Dios, abrirnos con más sinceridad y confianza a su misterio insondable. No se puede ya ser cristiano por nacimiento, sino por una decisión que se alimenta en la experiencia personal de cada uno.
Lo triste es que muchos abandonan hoy la fe cristiana sin haber descubierto todo lo que en ella se encierra. Quienes, por el contrario, descubren «el tesoro escondido», sienten hoy lo mismo que Pedro: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? En tus palabras hay vida eterna».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
26 de julio de 1987

VIVIR CON HUMOR

Lleno de alegría...

No son pocos los sicólogos que creen descubrir en el hombre contemporáneo las tres reacciones básicas que el animal puede adoptar ante un conflicto: el ataque, la huida o la pasividad.
Muchas personas se enfrentan a la vida en actitud agresiva. Su preocupación es que nadie les pise. Por ello atacan antes de que nadie les ataque. Viven culpabilizando siempre a los demás de todo cuanto les ocurre. Ellos sólo son víctimas maltratadas injustamente por la vida.
Otros huyen de la vida refugiándose en la depresión Inconscientemente se culpan a sí mismos de todo. «Nadie me puede entender». Nadie me puede querer». «Mejor sería terminar de una vez». El vacío y la tristeza interior ahoga en ellos el deseo de vivir.
Otros se defienden adoptando una postura de pasividad Nada tiene demasiada importancia. Lo mejor es no sufrir ni gozar demasiado con nada. «Ir tirando» en medio de la indiferencia y el escepticismo.
Hay algo común a todas estas actitudes y es la falta de alegría y gusto por la vida.
Qué diferente es la actitud de quien sabe ahondar en la existencia y encuentra ese «tesoro» del que habla Jesús en su parábola capaz de “llenar de alegría” el corazón del hombre.
Sirva como ejemplo esa oración admirable de Tomás Moro, aquel consejero honesto decapitado en Londres bajo Enrique VIII Una oración transida de vida, gozo y humor cristiano, digna de ser repetida en nuestros días.
«Señor, dame un poco de sol, un poco de trabajo y un poco de alegría. Dame el pan de cada día y un poco de mantequilla. Dame una buena digestión y algo que digerir.
Dame un alma que ignore el aburrimiento, los lamentos y los suspiros. No permitas que me preocupe excesivamente de esta cosa embarazosa a la que llamo ‘yo’.
«Señor, dame humor para que saque un poco de felicidad de esta vida y así ayude a los demás. Dame una pizca de canción para mis labios y una poesía o una novela para distraerme.
Enséñame a comprender los sufrimientos sin ver en ellos una maldición. Dame sentido común que lo necesito mucho.
Hazme, Señor, bueno, un alma desprendida, tranquila, apacible, caritativa, benévola, tierna y compasiva. Que tenga en todas mis acciones y en todas mis palabras y en todos mis pensamientos, el gusto de tu Espíritu santo y bendito».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
29 de julio de 1984

EL GOZO DE CREER

y lleno de alegría va a vender todo...

Son muchos los hombres y mujeres que parecen condenados a no entender nunca el evangelio como fuente de vida y alegría.
Dios se les presenta como alguien exigente que hace más incómoda la vida y más pesada la existencia. En el fondo piensan que la religión es un peso que impide vivir la vida en toda su espontaneidad y riqueza.
Sin embargo, Jesús en sus parábolas nos describe al creyente como un hombre sorprendido por el hallazgo de un gran tesoro e invadido por un gozo arrollador que determina en adelante toda su conducta.
¿Por qué escasean tanto hoy esos creyentes llenos de vida y de alegría? Lo ordinario es encontrarse con cristianos «cuyas vidas no están marcadas por la alegría, el asombro o la sorpresa ni lo estuvieron nunca» (A.M. Greeley). Cristianos que nunca han creído nada con entusiasmo.
Hombres y mujeres que apoyan su fe en la doctrina o la organización de la Iglesia pero en cuyas vidas no se nota ni gozo ni sorpresa, porque nunca han descubierto por experiencia propia el evangelio como «el gran secreto de la vida».
A lo largo de los siglos, los cristianos hemos elaborado grandes sistemas teológicos, hemos organizado una Iglesia universal, hemos llenado bibliotecas enteras con comentarios muy eruditos al evangelio, pero son pocos los creyentes que sienten el mismo gozo que el hombre que halló aquel tesoro oculto.
Y sin embargo, también hoy «puede suceder que un hombre se encuentre repentinamente frente a la experiencia de Dios, y que de ahí resulte un gozo arrollador capaz de determinar en adelante toda su vida» (N. Perrin).
Lo que se nos pide es «cavar» con confianza. Detenernos a meditar y saborear despacio lo que con tanta ligereza e inconsciencia confiesan nuestros labios.
No quedarnos en fórmulas externas ni en cumplimiento de ritos, sino ahondar en nuestras vivencias, descubrir las raíces más profundas de nuestra fe, abrirnos con paz a Dios, tener el coraje de abandonarnos a él.
Entonces descubriremos quizás por vez primera y sin que nos lo digan otros desde fuera, cómo Dios puede ser fuente de vida y gozo arrollador. Entonces sabremos que la renuncia y el desprendimiento no son un medio para encontrarnos con Dios sino la consecuencia de un hallazgo que se nos regala por sorpresa.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
26 de julio de 1981

LA ALEGRIA DE CREER

...lo encuentra... y,
lleno de alegría, lo vende todo.

Cuántas veces, al ver la actitud resignada de los cristianos, la observancia rutinaria de sus «obligaciones religiosas», el conformismo de sus vidas y la falta de alegría en sus celebraciones, uno se siente inclinado a pensar que los creyentes no sabemos disfrutar de la fe.
Se diría que la religión se ha convertido en un peso, una costumbre, una rutina o una obligación. Dios no parece ser fuente de gozo y alegría profunda para los creyentes.
Al contrario, más bien se ha convertido en persona «no grata* para muchos. Todavía resuenan en mis oídos las palabras de un joven, dichas con total convicción y sinceridad: «Ojalá no hubiera Dios».
Y es que muchos hombres de hoy ya no deben ver en Dios al «amigo de la vida», sino al «aguafiestas» de toda felicidad
No pueden entender a Dios como impulsor de la vida y creador de futuro, sino como el prohibidor de gozos y alegrías, y el anulador de toda creatividad.
No aciertan a ver en Dios al liberador de la vida y humanizador de la historia, sino al tirano poderoso que anula al hombre y reprime cualquier intento de libertad.
El Dios que evoca, con frecuencia, nuestro pasado religioso no atrae ni llena de alegría a las generaciones actuales. La idea de Dios no va unida a experiencias gozosas y liberadoras, sino a vivencias amargas y negativas.
Para muchos, Dios es la palabra que evoca un mundo desagradable de sentimientos, miedos, conflictos, tensiones y remordimientos que es mejor olvidar cuanto antes.
Difícilmente creerá el hombre actual, si no es capaz de descubrir por experiencia un Dios amigo de la vida y la felicidad.
Difícilmente se despertará en él la fe, si no es capaz de «cavar» pacientemente en la vida, ahondar en lo profundo de todo lo humano, y descubrir «lleno de alegría» el tesoro escondido de Dios.
Cuánto necesita nuestra época de testigos alegres de la fe. Hombres y mujeres capaces de disfrutar, celebrar y gozar de su fe en Dios. Creyentes que, a pesar de sus crisis, dudas y luchas dolorosas, puedan hablar de su experiencia gozosa de Dios.
Sólo desde la alegría de la fe, se puede tomar la decisión de vivir con sinceridad sus exigencias. Sólo el que encuentra el tesoro escondido es capaz de venderlo todo por adquirirlo.
La parábola de Jesús nos debe hacer reflexionar también a los creyentes de hoy: ¿No estamos pretendiendo vivir con radicalidad las exigencias de la fe cristiana, sin haber descubierto la riqueza y el valor que en ella se encierra? ¿Se puede intentar una «conversión cristiana» sin haber saboreado antes el evangelio de Jesucristo?

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


domingo, 20 de julio de 2014

25/07/2014 - Santiago, apóstol (A)

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16º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Mi cáliz lo beberéis.

Mateo 20,20-28

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó:
- ¿Qué deseas?
Ella contestó:
- Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Pero Jesús replicó:
- No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?
Contestaron:
- Lo somos.
Él les dijo:
- Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquéllos para quienes lo tiene reservado mi Padre.
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo:
- Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

Palabra de Dios.

HOMILIA

25 de Julio de 2014

Título

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José Antonio Pagola

HOMILIA

PEREGRINAR

Mi cáliz sí lo beberéis.

En pocos años ha crecido de manera insospechada el número de gentes, sobre todo jóvenes, que recorren “el camino de Santiago”. No es fácil saber a qué se debe exactamente tal atracción. Peregrinar es mucho más que hacer deporte o vivir una aventura. Mucho más que emprender un viaje turístico o recorrer una ruta cultural. ¿Qué buscan quienes se ponen en camino hacia Santiago?
El camino ha sido desde muy antiguo un símbolo empleado para significar la vida humana. Vivir es caminar, dar pasos, marchar hacia el futuro. Lo dijo de forma bella Jorge Manrique en sus famosas Coplas:
“Partimos cuando nacemos andamos mientras vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos así que cuando morimos descansamos”.
Quien peregrina largas horas fácilmente comienza a repensar su vida de peregrino por esta tierra.
El camino es siempre marcha hacia adelante: ¿hacia dónde? El peregrino se pone en camino por algo: ¿qué le anima a emprender la marcha? Sin meta no hay camino sino un ir de una parte a otra vagando sin sentido. Sólo la meta convierte el recorrido en camino. Sólo la meta da sentido a los esfuerzos de cada día. La pregunta es inevitable: ¿cuál es la meta de la vida?, ¿hacia dónde hemos de encaminar nuestros pasos?
Siempre se emprende el camino con esperanza y cierto temor, con confianza y con incertidumbre. Es necesario andar el camino acertado, no extraviarse, no seguir caminos equivocados. Así sucede también en la vida. Hemos de encontrar nuestro propio camino: ¿qué quiero hacer con mi vida?, ¿a qué quiero dedicarla? La grandeza de una persona se mide por la meta a que aspira y por el ideal que moviliza sus esfuerzos. Sólo cuando sigue su vocación personal, sale el joven de la indefinición y del gregarismo.
Con el paso de los días, la peregrinación se va convirtiendo en escuela que permite ahondar en lo esencial de la vida. El cansancio, la marcha en silencio, la perseverancia en el esfuerzo van conduciendo al peregrino hacia el fondo de su corazón. Es entonces cuando pueden brotar las preguntas esenciales: ¿No es Dios la meta última del ser humano? ¿No es la vida un peregrinar hacia nuestra patria verdadera? ¿No es Cristo el camino que hemos de seguir para encontrarnos con el Padre?
La llegada a Santiago, el encuentro con el apóstol testigo del Señor, la acción de gracias a Dios, la súplica callada, la reconciliación sacramental y la participación en la eucaristía puede culminar una experiencia religiosa renovadora como pocas.

José Antonio Pagola

HOMILIA

GRAVE MALENTENDIDO

El que quiera ser grande, que sea servidor.

La escena nos es conocida. Una madre que movida por un amor apasionado a sus hijos, se acerca a Jesús pidiendo para Santiago y Juan los puestos de más honor y poder. Y la reacción inmediata de Jesús que trata de aclarar un grave malentendido: “No sabéis lo que pedís”.
Y es que el discípulo de Jesús es exactamente lo contrario de un hombre que busca poder y honor. El seguimiento a Jesús es el reverso del triunfalismo.
El cristianismo debe saber que sólo hay un camino para ser grande al estilo de Jesús. Y este camino no es el dominar, tiranizar y oprimir a los más débiles. Al contrario, es el camino humilde de quien sabe vivir en el servicio desinteresado a los demás.
El discípulo de Jesús debe saber que su grandeza no está en destruir y exterminar a sus enemigos, sino en saber sufrir e incluso morir como el Maestro, por fidelidad al Dios del amor.
Los malentendidos no han desaparecido. Curiosamente y por una de esas paradojas que suceden en la historia, se ha querido hacer de Santiago, el discípulo invitado por Jesús al servicio y al martirio, una especie de guerrero mitológico y poderoso, encargado de salvar a la patria contra sus enemigos, sirviéndose de un poder sobrenatural destinado a exterminar a los adversarios.
Digámoslo con claridad y firmeza. Hacer del apóstol Santiago un héroe al servicio de la espada y de la guerra es distorsionar gravemente lo que es un discípulo de Jesús.
Distorsión que puede explicarse en otras épocas y en otro contexto condicionado por formas de religiosidad más aberrantes. Pero, cuya utilización hoy no obedecería sino a intenciones muy alejadas del espíritu del evangelio predicado por el mismo apóstol.
Los cristianos tenemos que ir purificando nuestra religión de todo aquello que la falsea, la distorsiona y convierte nuestro cristianismo en caricatura del evangelio querido por Jesús.
No debemos caer ya en la tentación de mezclar lo político y lo religioso, para alimentar el triunfalismo que poco tiene que ver con lo que es la fe cristiana.
Y no creamos que es una tentación que acecha siempre a otros. Todos los pueblos corren el riesgo de manipular interesadamente la religión, Entonces, la comunidad cristiana llamada a ser comunidad de perdón, de fraternidad, de apertura y servicio a todos, puede degenerar en formas diversas de nacional-catolicismo que se alejan radicalmente de lo que debe ser una comunidad creyente.---

José Antonio Pagola



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lunes, 14 de julio de 2014

20/07/2014 - 16º domingo Tiempo ordinario (A)

Para leer, compartir, bajarse o imprimir las homilias de José Antonio Pagola del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer las homilias de cada ciclo.

¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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EVANGELIO

Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 24-43

En aquel tiempo, Jesús propuso otra- parábola a la gente:
-«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
"Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?"
Él les dijo:
"Un enemigo lo ha hecho."
Los criados le preguntaron:
"¿Quieres que vayamos a recogerla?
Pero él les respondió:
"No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: «Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.»

[Les propuso esta otra parábola:
-«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»
Les dijo otra parábola:
-«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.»
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada.
Así se cumplió el oráculo del profeta:
«Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.»
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:
-«Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.»
Él les contestó:
-«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles.
Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.»]

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
2014ko uztailaren 20a

IMPORTANCIA DE LO PEQUEÑO

Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Todavía hay cristianos que añoran un Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles e imponga su religión a la sociedad entera.
Hemos de volver a leer dos pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre (el reino de Dios), sembrando pequeñas “semillas” de Evangelio e introduciéndose en la sociedad como pequeño “fermento” de vida humana.
La primera parábola habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene unos comienzos muy humildes, pero su fuerza transformadora no la podemos ahora ni imaginar.
La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia no es nada grandioso y espectacular: ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores es insignificante: los centros de poder lo ignoran.
Incluso, los mismos cristianos podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano vuelve una y otra vez a cometer los mismos horrores de siempre. No somos capaces de captar el lento crecimiento del reino de Dios.
La segunda parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla enteramente.
Así sucede con el proyecto humanizador de Dios. Una vez que es introducido en el mundo, va transformando calladamente la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna.
Hemos de confiar en Jesús. El reino de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios está ya trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Hemos de colaborar con él siguiendo a Jesús.
Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los pobres, siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio, y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
17 de julio de 2011

COMO FERMENTO

Con una audacia desconocida, Jesús sorprendió a todos proclamando lo que ningún profeta de Israel se había atrevido a decir: "Ya está aquí Dios con su fuerza creadora de justicia abriéndose camino en el mundo para hacer la vida de sus hijos más humana y dichosa". Es necesario cambiar. Hemos de aprender a vivir creyendo en esta Buena Noticia: el reino de Dios está llegando.
Jesús hablaba con pasión. Muchos se sentían atraídos por sus palabras. En otros surgían no pocas dudas. ¿No era todo una locura? ¿Dónde se podía ver la fuerza de Dios transformando el mundo? ¿Quién podía cambiar el poderoso imperio de Roma?
Un día Jesús contó una parábola muy breve. Es tan pequeña y humilde que, muchas veces, ha pasado desapercibida para los cristianos. Dice así: «Con el reino de Dios sucede como con la levadura que tomó una mujer y la escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó fermentado».
Aquella gente sencilla sabía de qué les estaba hablando Jesús. Todos habían visto a sus madres elaborar el pan en el patio de su casa. Sabían que la levadura queda "escondida", pero no permanece inactiva. De manera callada y oculta lo va fermentando todo desde dentro. Así está Dios actuando desde el interior de la vida.
Dios no se impone desde fuera, sino que transforma a las personas desde dentro. No domina con su poder, sino atrae con su amor hacia el bien. No fuerza la libertad de nadie sino que se ofrece para hacer más dichosa nuestra vida. Así hemos de actuar también nosotros si queremos abrir caminos a su reino.
Está comenzando un tiempo nuevo para la Iglesia. Los cristianos vamos a tener que aprender a vivir en minoría, dentro de una sociedad secularizada y plural. En muchos lugares, el futuro del cristianismo dependerá en buena parte del nacimiento de pequeños grupos de creyentes, atraídos por el evangelio y reunidos en torno a Jesús.
Poco a poco, aprenderemos a vivir la fe de manera humilde, sin hacer mucho ruido ni dar grandes espectáculos. Ya no cultivaremos tantos deseos de poder ni de prestigio. No gastaremos nuestras fuerzas en grandes operaciones de imagen. Buscaremos lo esencial. Caminaremos en la verdad de Jesús.
Siguiendo sus deseos, trataremos de vivir como "fermento" de vida sana en medio de la sociedad y como un poco de "sal" que se diluye humildemente para dar sabor evangélico a la vida moderna. Contagiaremos en nuestro entorno el estilo de vida de Jesús e irradiaremos la fuerza inspiradora y transformadora de su Evangelio. Pasaremos la vida haciendo el bien. Como Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
20 de julio de 2008

COMO FERMENTO

...se parece a la levadura

Jesús lo repetía una y otra vez: ya está aquí Dios tratando de trasformar el mundo; su reinado está llegando. No era fácil creerle. La gente esperaba algo más espectacular: ¿dónde están las «señales del cielo» de las que hablan los escritores apocalípticos? ¿Dónde se puede captar el poder de Dios imponiendo su reinado a los impíos?
Jesús tuvo que enseñarles a captar su presencia de otra manera. Todavía recordaba una escena que había podido contemplar desde niño en el patio de su casa. Su madre y las demás mujeres se levantaban temprano, la víspera del sábado, a elaborar el pan para toda la semana. A Jesús le sugería ahora la actuación maternal de Dios introduciendo su «levadura» en el mundo.
Con el reino de Dios sucede como con la «levadura» que una mujer «esconde» en la masa de harina para que «todo» quede fermentado. Así es la forma de actuar de Dios. No viene a imponer desde fuera su poder como el emperador de Roma, sino a trasformar desde dentro la vida humana, de manera callada y oculta.
Así es Dios: no se impone, sino trasforma; no domina, sino atrae. Y así han de actuar quienes colaboran en su proyecto: como «levadura» que introduce en el mundo su verdad, su justicia y su amor de manera humilde, pero con fuerza trasformadora.
Los seguidores de Jesús no podemos presentamos en esta sociedad como «desde fuera» tratando de imponemos para dominar y controlar a quienes no piensan como nosotros. No es ésa la forma de abrir camino al reino de Dios. Hemos de vivir «dentro» de la sociedad, compartiendo las incertidumbres, crisis y contradicciones del mundo actual, y aportando nuestra vida trasformada por el Evangelio.
Hemos de aprender a vivir nuestra fe «en minoría» como testigos fieles de Jesús. Lo que necesita la Iglesia no es más poder social o político, sino más humildad para dejarse trasformar por Jesús y poder ser fermento de un mundo más humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
17 de julio de 2005

MÁS QUE LO QUE SE VE

Se parece a un grano de mostaza.

Por lo general, tendemos a buscar a Dios en lo espectacular y prodigioso, no en lo pequeño e insignificante. Por eso, les resultaba difícil a los galileos creerle a Jesús cuando decía que Dios estaba ya actuando en el mundo. ¿Dónde se podía sentir su poder? ¿Dónde estaban las «señales extraordinarias» de las que hablaban los escritores apocalípticos?
Jesús tuvo que enseñarles a captar la presencia salvadora de Dios de otra manera. Les descubrió su gran convicción: la vida es más que lo que se ve. Mientras vamos viviendo de manera distraída sin captar nada especial, algo misterioso está sucediendo en el interior de la vida.
Con esa fe vivía Jesús: no podemos experimentar nada extraordinario, pero Dios está trabajando el mundo. Su fuerza es irresistible. Se necesita tiempo para ver el resultado final. Se necesita, sobre todo, fe y paciencia para mirar la vida hasta el fondo e intuir la acción secreta de Dios.
Tal vez, la parábola que más los sorprendió fue la de la semilla de mostaza. Es la más pequeña de todas, como la cabeza de un alfiler, pero con el tiempo se convierte en un hermoso arbusto. Por abril, todos pueden ver bandadas de jilgueros cobijándose en sus ramas. Así es el «reino de Dios».
El desconcierto tuvo que ser general. No hablaban así los profetas. Ezequiel lo comparaba con un «cedro magnífico», plantado en una «montaña elevada y excelsa» que echaría un ramaje frondoso y serviría de cobijo a todos los pájaros y aves del cielo. Para Jesús, la verdadera metáfora de Dios no es el «cedro» que hace pensar en algo grandioso y poderoso, sino la «mostaza» que sugiere lo pequeño e insignificante.
Para seguir a Jesús no hay que soñar en cosas grandes. Es un error que sus seguidores busquen una Iglesia poderosa y fuerte, que se imponga sobre los demás. El ideal no es el cedro encumbrado sobre una montaña alta, sino el arbusto de mostaza que crece junto a los caminos y acoge por abril a los jilgueros.
Dios no está en el éxito, el poder o la superioridad. Para descubrir su presencia salvadora, hemos de estar atentos a lo pequeño, lo ordinario y cotidiano. La vida no es sólo lo que se ve. Es mucho más. Así pensaba Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
21 de julio de 2002

DIOS CONOCE A LOS SUYOS

Dejadlos crecer juntos.

Vivimos en una sociedad caracterizada por lo que algunos autores llaman «la diseminación religiosa». Podemos encontramos con creyentes piadosos y con ateos convencidos, con personas indiferentes a lo religioso y con adeptos a nuevas religiones y movimientos, con gente que cree vagamente en «algo» y con individuos que se han hecho una «religión a la carta» para su uso particular, con personas que no saben si creen o no creen y con personas que desean creer y no saben cómo hacerlo.
Sin embargo, aunque vivimos juntos y mezclados, y nos encontramos diariamente en el trabajo, el descanso y la convivencia, lo cierto es que sabemos muy poco de lo que realmente piensa el otro acerca de Dios, de la fe o del sentido último de la vida. A veces ni las parejas conocen el mundo interior del otro. Cada uno lleva en su corazón cuestiones, dudas, incertidumbres y búsquedas que no conocemos.
Entre nosotros se llama «increyentes» a los que han abandonado la fe religiosa. No parece un término muy adecuado. Es cierto que estas personas han abandonado «algo» que un día vivieron, pero su vida no se asienta en ese rechazo o abandono. Son personas que viven de otras convicciones, difíciles a veces de formular, pero que a ellas les ayudan a vivir, luchar, sufrir y hasta morir con un determinado sentido. En el fondo de cada vida hay unas convicciones, compromisos y fidelidades que dan consistencia a la persona.
No es fácil saber cómo Dios se abre hoy camino en la conciencia de cada uno. La «parábola del trigo y la cizaña» nos invita a no precipitarnos. No nos toca a nosotros identificar a cada individuo. Menos aún excluir y excomulgar a quienes no se identifican en el «ideal de cristiano» que nosotros nos fabricamos desde nuestra manera de entender el cristianismo y que, probablemente, no es tan perfecta como nosotros pensamos.
«Sólo Dios conoce a los suyos» decía san Agustín. Sólo él sabe quién vive con el corazón abierto a su Misterio, quién responde a su deseo profundo de paz, amor y solidaridad entre los hombres. Los que nos llamamos «cristianos» hemos de estar atentos a los que se sitúan fuera de la fe religiosa, pues Dios está también vivo y operante en sus corazones. Descubriremos que hay en ellos mucho de bueno, noble y sincero. Descubriremos, sobre todo, que Dios puede ser buscado siempre por todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
18 de julio de 1999

TRIGO Y CIZAÑA

Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Uno de los fenómenos más característicos de nuestra época es, sin duda, la contestación y la protesta, consecuencia del malestar que se experimenta en una sociedad conflictiva. Sin duda, la contestación es algo necesario para purificar nuestra sociedad. Y la fe cristiana puede y debe ser fuente dinámica de comportamiento contestatario. Pero no por esto es positivo contestar cualquier cosa y de cualquier manera. No toda protesta y toda condena es igualmente constructiva en la búsqueda titubeante de una nueva sociedad. También la contestación necesita ser criticada y purificada.
Hay una protesta amargada que nace de la frustración y la agresividad, y que difícilmente puede aportar nada válido al nacimiento de un hombre nuevo. Hay una protesta que surge de la intolerancia, el fanatismo y la intransigencia, y que fácilmente puede acentuar las divisiones, las discordias y los partidismos, haciendo más difícil el esfuerzo común necesario para una transformación social.
Pero hay algo que el fenómeno de la contestación y la protesta ha hecho crecer entre nosotros de manera particular estos años. De manera fácil e irresponsable tendemos a «clasificar» a las personas con arreglo a categorías preconcebidas. Y vamos colgando etiquetas de progresistas o conservadores, vanguardistas o integristas, izquierdas o derechas, dividiendo de nuevo el mundo en «buenos y malos» y condenando a quien no coincide con nuestra particular visión de las cosas.
De esta manera, vamos empobreciendo nuestra capacidad de diálogo y colaboración, adoptando posturas previas que nos encierran en nuestra propia posición y nos colocan falsamente por encima de los demás. Cuántas veces una condena fácil e indiscriminada de los demás, no es sino una manera infantil de querer ocultar la propia mediocridad y la incapacidad de actuar de manera más constructiva y comprometida.
No se trata de acallar nuestra conciencia crítica, sino de saber asumir nuestra propia responsabilidad con lucidez, sin ver siempre en los demás «cizaña» que hay que arrancar y en nosotros «trigo limpio» que hay que respetar.
No es suficiente recriminar a otros, lamentarse de las estructuras existentes o descargar nuestra responsabilidad, considerando siempre las injusticias consecuencia del pecado de los demás. También en cada uno de nosotros hay «cizaña» que debe desaparecer.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
21 de julio de 1996

VERANO

Diciendo parábolas.

El verano es un regalo de Dios para refrescar nuestro ánimo, descansar nuestro cuerpo y nuestro espíritu, y renovar nuestra vida tan maltrecha a veces por los problemas y la agitación de cada día. Pero, probablemente, necesitamos aprender a disfrutarlo con un poco más de originalidad y creatividad personal.
Para bastantes, la playa es sólo ese campo de batalla donde hay que luchar por encontrar un hueco para tostarse al sol entre toda clase de gritos y olores de aceites y cremas. Pero la playa tiene otros secretos. Los descubre quien se pasea temprano a la orilla del mar cuando el aire es todavía limpio y el día está sin estrenar. El mar está brillante y fresco a esas horas de la mañana. No hay ruidos. Sólo el ritmo sereno de las olas. ¡Qué fácil es entonces descansar, respirar hondo, dar gracias por la vida y la creación!
Otra experiencia veraniega son las fiestas de los pueblos, llenas de bullicio y color. Hay muchas formas de divertirse y tomar parte en la fiesta. Qué enriquecedor puede ser el reencuentro con las personas que uno conoció en su infancia, la sobremesa larga con los amigos, el paseo por el entorno que nos vio crecer, la visita a la pila bautismal donde recibimos el bautismo. Hace bien volver a las raíces.
Las guías turísticas señalan en los mapas los lugares de interés artístico o los puntos donde se puede disfrutar de un hermoso panorama. Pero ha de ser cada uno quien descubra lugares y caminos tranquilos donde reposar el espíritu. Las ermitas ofrecen a menudo un entorno privilegiado. Las hay pequeñas y menos pequeñas, escondidas entre los árboles o levantadas en lo alto de una colina. Es una experiencia reconfortante sentarse un rato dentro o fuera y descansar elevando nuestro espíritu hacia el Creador.
Hay quienes saben disfrutar de las noches cálidas del verano, cuando todo invita al descanso y la paz. Noches claras en las que se puede ver brillar esas estrellas que a lo largo del año no es posible distinguir entre las luces y la contaminación de la ciudad. Es fácil recordar las palabras del salmista: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?»
La creación contemplada con ojos limpios y tranquilos puede ser un gran libro donde poder descubrir las huellas de Dios y aprender a captar su presencia. Los exégetas ponen hoy de relieve que, para Jesús, la naturaleza era una «parábola de Dios». Sus inolvidables parábolas extraídas de la vida del campo o del mar nos muestran que en todo era capaz de descubrir las huellas del Creador y sus llamadas al ser humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
18 de julio de 1993

TOLERANCIA

Dejadlos crecer juntos.

Sin tolerancia no es posible progresar en los intrincados problemas del mundo moderno. Sin más tolerancia nunca conoceremos los hombres la paz. Ciertamente, la tolerancia no es la solución para ningún conflicto. Pero es condición básica para acercarnos a algún tipo de solución. El clima necesario e indispensable para que gentes de ideologías o posturas políticas diferentes puedan buscar fórmulas de convivencia pacífica.
La tolerancia no tiene como punto de partida el consenso, sino justamente lo contrario. La tolerancia consiste en aceptar el disenso que nace del pluralismo de posturas para lograr entre todos aquello que mejor puede responder al bien común.
Para la persona que se enfrenta a los problemas con espíritu tolerante, las diferencias no tienen por qué ser necesariamente un obstáculo para el mutuo entendimiento. Al contrario, nos podrían llevar a una convivencia más rica y estimulante. La diferencia de posturas no debería ser una amenaza, sino un reto para avanzar.
El mayor enemigo de la tolerancia es el fanatismo. Esa postura ciega e intransigente de quien se cree en posesión absoluta de la verdad o la justicia, y, por lo tanto, excluye a todo aquel que se le oponga. Desde el fanatismo es imposible el diálogo y la convivencia pacífica. Sólo impera la fuerza y la imposición.
La tolerancia, por el contrario, capacita para «aceptar» al otro, no para destruirlo o eliminarlo. Pero sería una equivocación pensar que se trata sólo de una actitud pasiva, de «soportar» que el otro piense o actúe de forma diferente a la mía. Al contrario, la tolerancia es activa y operante. Busca el asentamiento de una convivencia siempre más justa y siempre menos violenta.
Por eso, precisamente, hay algo «intolerable», y es el atentado contra la dignidad y el valor inalienable de la persona humana. No se puede invocar ninguna ideología, patria o religión para justificar la agresión, el desprecio o la destrucción de la persona. Cuando está en juego la dignidad o la vida de un ser humano, es un deber ser intolerante frente al mal. Así fue la actuación de Jesús que no permitió que nada, ni siquiera la religión, se utilizara contra el hombre.
Por eso nos enseñó en la parábola del trigo y la cizaña a respetar siempre la dignidad del otro. Nadie ha de «arrancar» la vida de ningún ser humano sólo por considerarla cizaña, mientras uno se autoproclama «trigo limpio».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
22 de julio de 1990

CONVIVIENDO CON NO CREYENTES

Dejadlos crecer juntos...

Pese a la advertencia de Jesús, una y otra vez caemos los cristianos en la vieja tentación de pretender separar el trigo y la cizaña, creyéndonos naturalmente «trigo limpio» cada uno.
Sorprende la dureza con que ciertas personas que se sienten «creyentes» se atreven a condenar a quienes, por razones muy diversas, se han ido alejando de la fe y de la Iglesia.
Pero creencia e increencia, lo mismo que el trigo y la cizaña de la parábola, están muy entremezclados en nosotros, y lo más honrado sería descubrir al increyente que hay en cada uno de nosotros y reconocer al creyente que late todavía en el fondo de bastantes alejados.
Por otra parte, no es el escándalo o la turbación la única reacción posible ante los increyentes. Su presencia puede, incluso, ayudarnos a entender y vivir mejor nuestra propia fe.
En primer lugar, el hecho de que haya hombres y mujeres que pueden vivir sin creer en Dios me descubre que soy libre al creer. Mi fe no es algo que me viene impuesto. No me siento coaccionado por nada ni por nadie. Mi fe es un acto de libertad.
Por otra parte, los no creyentes me enseñan a estar más atento y ser más exigente al confesar y vivir mi fe. Con frecuencia observo que los increyentes rechazan un Dios ridículo y falso que no existe, pero que lo pueden deducir de la vida de los que nos decimos creyentes.
No deberíamos olvidar las palabras del Vaticano II: «En esta proliferación del ateísmo puede muy bien suceder que una parte no pequeña de la responsabilidad cargue sobre los creyentes en cuanto que, por el descuido en educar su fe o por una exposición deficiente de la doctrina... o también por los defectos de su vida religiosa, moral o social, en vez de revelar el rostro auténtico de Dios y de la religión se ha de decir que más bien lo velan».
Los increyentes me obligan, además, a recordar que en mí existe también un incrédulo. Es cierto que podemos hablar hoy de creyentes y no creyentes. Pero esta división es, a veces, demasiado cómoda. La frontera entre fe e increencia pasa por dentro de cada uno. Entonces aprendo a no ser un creyente arrogante, engreído o fanático, sino a seguir caminando humildemente tras las huellas del Dios oculto.
No me siento mal entre increyentes. Creo que Dios está en ellos y cuida su vida con amor infinito. No puedo olvidar aquellas palabras tan consoladoras de Dios: «Yo me he dejado encontrar de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije: "Aquí estoy, aquí estoy" a gente que no invocaba mi nombre» (Isaías 65,1).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
19 de julio de 1987

PROPIETARIOS DE LA FE

Sembró buena semilla.

Por lo general, no somos conscientes de la influencia que ejerce en nosotros “la sociedad adquisitiva» en la que vivimos.
No nos damos cuenta hasta qué punto el tener, el adquirir, el poseer van configurando toda nuestra persona, empobreciendo nuestro ser más rico y profundo.
En su penetrante análisis “Tener o Ser?”, E. Fromm ha descrito con lucidez cómo el “tener” va sustituyendo al “ser” en la experiencia cotidiana del hombre contemporáneo.
Para muchos niños, aprender no es abrirse a la vida e interesarse por un mundo siempre nuevo, sino almacenar datos para guardarlos cuidadosamente en sus notas o retenerlos en su memoria.
Para muchas personas, el saber se limita a “tener conocimientos”. No viven creciendo en sabiduría y experiencia humana. Simplemente “poseen” una cultura.
Son muchos también los que no saben ser amigos y acercarse amistosamente a los demás. Lo único que les preocupa es “tener amigos”, «adquirir” nuevos contactos, “poseer” un círculo amplio de relaciones.
Otros muchos para crecer necesitan “poseer” un nivel económico más elevado, hacerse con una posición social, tener algún puesto de relevancia.
Este modo de entender y vivir las cosas ha penetrado tan profundamente en nosotros que está incluso deformando sustancialmente la vida de fe de muchos hombres y mujeres de hoy.
Hay cristianos que entienden la fe como algo que se tiene. Unos la poseen y otros no. Felizmente ellos están en posesión de la verdad.
Se someten a unas fórmulas creadas en su tiempo por otros creyentes, se hacen su propia síntesis del cristianismo y ya no se dejan transformar. Se han instalado interiormente. Ya no crecen. No se aventuran a dar pasos en seguimiento de Jesucristo.
Precisamente el sentirse «felices propietarios de la fe verdadera” les dispensa de buscar por sí mismos y de abrirse día a día al misterio de Dios.
Sin embargo, la fe no es algo que se posee, sino una vida que crece en nosotros. Jesús nos habla en sus parábolas de “la semilla que crece” y de “la levadura que fermenta la masa”.
La fe es orientación de toda nuestra persona hacia Dios. Es búsqueda, renacimiento constante, crecimiento interior, expansión en toda nuestra vida.
Quien ha entendido a Jesús sabe que no es lo mismo «poseer fe” que creer en El y caminar tras sus pasos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
22 de julio de 1984

FERMENTO DE HUMANIDAD

Se parece a la levadura...

Sorprende ver con qué frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para ponerlos en guardia contra una falsa «impaciencia mesiánica» que no sabe respetar el ritmo de la acción discreta pero vigorosa de Dios.
A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y arrollador, capaz de expulsar del teatro de la vida otras corrientes y alternativas, Jesús les habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa.
El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el Reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y compleja.
Ahí está Dios salvando al hombre. En esos comportamientos colectivos de la humanidad animados a veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos los hombres cada día y donde se mezclan la generosidad con las mezquindades más inconfesables.
A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho para desencadenar movimientos grandiosos de masas.
El Reino de Dios está ya actuando pero como un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que empuja hacia la vida, como un trozo imperceptible de levadura que se pierde en la masa fermentándola desde dentro.
Jesús no ha encontrado imágenes más apropiadas para evocar y explicar lo que él quiere poner en marcha en el mundo. Pero los cristianos seguimos sin querer entenderle.
La salvación no vendrá de tal institución, de tal movimiento, de tal nación, de tal teología ni de tal iglesia, sólo porque nosotros pretendamos ver ahí el Reino de Dios.
Al Reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías ni condenando todo lo que no coincide con nuestro «dogma particular».
El Reino de Dios no lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas en los estadios o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.
El Reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al hombre y donde se lucha por una humanidad más digna.
Al Reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio «fermente» nuestro estilo de vivir, de amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
19 de julio de 1981

COLGAR ETIQUETAS

Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Uno de los fenómenos más característicos de nuestra época es, sin duda, la contestación y la protesta, consecuencia del malestar que se experimenta en una sociedad conflictiva, ocupada en buscar un nuevo futuro socio-cultural.
Sin duda, la contestación es algo necesario para purificar nuestra sociedad. Y la fe cristiana puede y debe ser fuente dinámica de un comportamiento contestatario.
Pero no por esto es positivo contestar cualquier cosa y de cualquier manera. No toda protesta y toda condena es igualmente constructiva en la búsqueda titubeante de una nueva sociedad. También la contestación necesita ser criticada y purificada.
Hay una protesta amargada que nace de la frustración y la agresividad, y que difícilmente puede aportar nada válido al nacimiento de un hombre nuevo.
Hay una protesta que surge de la intolerancia, el fanatismo y la intransigencia, y que fácilmente puede acentuar las divisiones, las discordias y los partidismos, haciendo más difícil el esfuerzo común necesario para una transformación social.
Pero hay algo que el fenómeno de la contestación y la protesta ha hecho crecer entre nosotros de manera particular estos años.
De manera fácil e irresponsable tendemos a «clasificar» a las personas con arreglo a categorías preconcebidas. Y vamos colgando etiquetas de progresistas o conservadores, vanguardistas o integristas, izquierdas o derechas, dividiendo de nuevo el mundo en «buenos y malos» y condenando a quien no coincide con nuestra particular visión de las cosas.
De esta manera, vamos empobreciendo nuestra capacidad de diálogo y colaboración, adoptando posturas previas que nos encierran en nuestra propia seguridad y nos colocan falsamente por encima de los demás .
Cuántas veces una condena fácil e indiscriminada de los demás, no es sino una manera infantil de querer ocultar la propia mediocridad y la incapacidad de actuar de manera más constructiva y comprometida.
No se trata de acallar nuestra conciencia crítica, sino de saber asumir nuestra propia responsabilidad con lucidez, sin ver siempre en los demás «cizaña que hay que arrancar» y en nosotros «trigo limpio» que hay que respetar.
No es suficiente recriminar a otros, lamentarse de las estructuras existentes o descargar nuestra responsabilidad, considerando siempre las injusticias como consecuencia del pecado de los demás. También en cada uno de nosotros hay «cizaña» que debe desaparecer.

José Antonio Pagola



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