lunes, 18 de septiembre de 2017

24-09-2017 - 25º domingo Tiempo ordinario (A)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.

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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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25º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

-«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a *contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.

Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo:

"Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido."

Ellos fueron.

Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo-. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:

¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?"

Le respondieron:

"Nadie nos ha contratado."

Él les dijo:

"Id también vosotros a mi viña."

Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz:

"Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros."

Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.

Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:

"Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno."

Él replicó a uno de ellos:

"Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?"

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2016-2017 -
24 de septiembre de 2017

NO DESVIRTUAR LA BONDAD DE DIOS

(Ver homilía del ciclo A - 2013-2014)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2013-2014 -
21 de septiembre de 2014

NO DESVIRTUAR LA BONDAD DE DIOS

A lo largo de su trayectoria profética, Jesús insistió una y otra vez en comunicar su experiencia de Dios como “un misterio de bondad insondable” que rompe todos nuestros cálculos. Su mensaje es tan revolucionario que, después de veinte siglos, hay todavía cristianos que no se atreven a tomarlo en serio.

Para contagiar a todos su experiencia de ese Dios Bueno, Jesús compara su actuación a la conducta sorprendente del señor de una viña. Hasta cinco veces sale él mismo en persona a contratar jornaleros para su viña. No parece preocuparle mucho su rendimiento en el trabajo. Lo que quiere es que ningún jornalero se quede un día más sin trabajo.

Por eso mismo, al final de la jornada, no les paga ajustándose al trabajo realizado por cada grupo. Aunque su trabajo ha sido muy desigual, a todos les da “un denario”: sencillamente, lo que necesitaba cada día una familia campesina de Galilea para poder vivir.

Cuando el portavoz del primer grupo protesta porque ha tratado a los últimos igual que a ellos, que han trabajado más que nadie, el señor de la viña le responde con estas palabras admirables: “¿Vas a tener envidia porque yo soy bueno?”. ¿Me vas a impedir con tus cálculos mezquinos ser bueno con quienes necesitan su pan para cenar?

¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que Dios, más que estar midiendo los méritos de las personas como lo haríamos nosotros, busca siempre responder desde su Bondad insondable a nuestra necesidad radical de salvación?

Confieso que siento una pena inmensa cuando me encuentro con personas buenas que se imaginan a Dios dedicado a anotar cuidadosamente los pecados y los méritos de los humanos, para retribuir un día exactamente a cada uno según su merecido. ¿Es posible imaginar un ser más inhumano que alguien entregado a esto desde toda la eternidad?

Creer en un Dios, Amigo incondicional, puede ser la experiencia más liberadora que se pueda imaginar, la fuerza más vigorosa para vivir y para morir. Por el contrario, vivir ante un Dios justiciero y amenazador puede convertirse en la neurosis más peligrosa y destructora de la persona.

Hemos de aprender a no confundir a Dios con nuestros esquemas estrechos y mezquinos. No hemos de desvirtuar su Bondad insondable mezclando los rasgos auténticos que provienen de Jesús con trazos de un Dios justiciero tomados del Antiguo Testamento. Ante el Dios Bueno revelado en Jesús, lo único que cabe es la confianza.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
18 de septiembre de 2011

MIRADA ENFERMA

Jesús había hablado a sus discípulos con claridad: "Buscad el reino de Dios y su justicia". Para él esto era lo esencial. Sin embargo, no le veían buscar esa justicia de Dios cumpliendo las leyes y tradiciones de Israel como otros maestros. Incluso en cierta ocasión les hizo una grave advertencia: "Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios". ¿Cómo entendía Jesús la justicia de Dios?

La parábola que les contó los dejó desconcertados. El dueño de una viña salió repetidamente a la plaza del pueblo a contratar obreros. No quería ver a nadie sin trabajo. El primer grupo trabajó duramente doce horas. Los últimos en llegar sólo trabajaron sesenta minutos.

Sin embargo, al final de la jornada, el dueño ordena que todos reciban un denario: ninguna familia se quedará sin cenar esa noche. La decisión sorprende a todos. ¿Cómo calificar la actuación de este señor que ofrece una recompensa igual por un trabajo tan desigual? ¿No es razonable la protesta de quienes han trabajado durante toda la jornada?

Estos obreros reciben el denario estipulado, pero al ver el trato tan generoso que han recibido los últimos, se sienten con derecho a exigir más. No aceptan la igualdad. Esta es su queja: «los has tratado igual que a nosotros». El dueño de la viña responde con estas palabras al portavoz del grupo: «¿Va ser tu ojo malo porque yo soy bueno?». Esta frase recoge la enseñanza principal de la parábola.

Según Jesús, hay una mirada mala, enferma y dañosa, que nos impide captar la bondad de Dios y alegrarnos con su misericordia infinita hacia todos. Nos resistimos a creer que la justicia de Dios consiste precisamente en tratarnos con un amor que está por encima de todos nuestros cálculos.

Esta es la Gran Noticia revelada por Jesús, lo que nunca hubiéramos sospechado y lo que tanto necesitábamos oír. Que nadie se presente ante Dios con méritos o derechos adquiridos. Todos somos acogidos y salvados, no por nuestros esfuerzos sino por su misericordia insondable.

A Jesús le preocupaba que sus discípulos vivieran con una mirada incapaz de creer en esa Bondad. En cierta ocasión les dijo así: "Si tu ojo es malo, toda tu persona estará a oscuras. Y si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!". Los cristianos lo hemos olvidado. ¡Qué luz penetraría en la Iglesia si nos atreviéramos a creer en la Bondad de Dios sin recortarla con nuestra mirada enferma! ¡Qué alegría inundaría los corazones creyentes! ¡Con qué fuerza seguiríamos a Jesús!

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
21 de septiembre de 2008

BONDAD ESCANDALOSA

...porque soy bueno

Probablemente era otoño y en los pueblos de Galilea se vivía intensamente la vendimia. Jesús veía en las plazas a quienes no tenían tierras propias, esperando a ser contratados para ganarse el sustento del día. ¿Cómo ayudar a esta pobre gente a intuir la bondad misteriosa de Dios hacia todos?

Jesús les contó una parábola sorprendente. Les habló de un señor que contrató a todos los jornaleros que pudo. Él mismo vino a la plaza del pueblo una y otra vez, a horas diferentes. Al final de la jornada, aunque el trabajo había sido absolutamente desigual, a todos les dio un denario: lo que su familia necesitaba para vivir.

El primer grupo protesta. No se quejan de recibir más o menos dinero. Lo que les ofende es que el señor «ha tratado a los últimos igual que a nosotros». La respuesta del señor al que hace de portavoz es admirable: « Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».

La parábola es tan revolucionaria que, seguramente, después de veinte siglos, no nos atrevemos todavía a tomarla en serio. ¿Será verdad que Dios es bueno incluso con aquellos y aquellas que apenas pueden presentarse ante él con méritos y obras? ¿Será verdad que en su corazón de Padre no hay privilegios basados en el trabajo más o menos meritorio de quienes han trabajado en su viña?

Todos nuestros esquemas se tambalean cuando hace su aparición el amor libre e insondable de Dios. Por eso nos resulta escandaloso que Jesús parezca olvidarse de los «piadosos» cargados de méritos, y se acerque precisamente a los que no tienen derecho a recompensa alguna por parte de Dios: pecadores que no observan la Alianza o prostitutas que no tienen acceso al templo.

Nosotros seguimos muchas veces con nuestros cálculos, sin dejarle a Dios ser bueno con todos. No toleramos su bondad infinita hacia todos. Hay personas que no se lo merecen. Nos parece que Dios tendría que dar a cada uno su merecido, y sólo su merecido. Menos mal que Dios no es como nosotros. Desde su corazón de Padre, Dios sabe entenderse bien con esas personas a las que nosotros rechazamos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
18 de septiembre de 2005

BUENO CON TODOS

Porque soy bueno

Sin duda, es una de las parábolas más sorprendentes y provocativas de Jesús. Se solía llamar «parábola de los obreros de la viña». Sin embargo, el protagonista es el dueño de la viña. Algunos investigadores la llaman hoy, «parábola del patrono que quería trabajo y pan para todos».

Este hombre sale personalmente a la plaza para contratar a diversos grupos de trabajadores. A los primeros a las seis de la mañana, a otros a las nueve, más tarde a las doce del mediodía y a las tres de la tarde. A los últimos los contrata a las cinco, cuando sólo falta una hora para terminar la jornada.

Su conducta es extraña. No parece urgido por la vendimia. Lo que le preocupa es que haya gente que se quede sin trabajo. Por eso sale incluso a última hora para dar trabajo a los que nadie ha llamado. Y, por eso, al final de la jornada, les da a todos el denario que necesitan para cenar esa noche, incluso a los que no lo han ganado. Cuando los primeros protestan, ésta es su respuesta: « Vais a tener envidia porque soy bueno?».

¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que, más que estar midiendo los méritos de las personas, Dios busca responder a nuestras necesidades?

No es fácil creer en esa bondad insondable de Dios de la que habla Jesús. A más de uno le puede escandalizar que Dios sea bueno con todos, lo merezcan o no, sean creyentes o agnósticos, invoquen su nombre o vivan de espaldas a él. Pero Dios es así. Y lo mejor es dejarle a Dios ser Dios, sin empequeñecerlo con nuestras ideas y esquemas.

La imagen que no pocos cristianos se hacen de Dios es un «conglomerado» de elementos heterogéneos y hasta contradictorios. Algunos aspectos vienen de Jesús, otros del Dios justiciero del Antiguo Testamento, otros de sus propios miedos y fantasmas. Entonces, la bondad de Dios con todas sus criaturas queda como perdida en esa confusión.

Una de las tareas más importantes en una comunidad cristiana será siempre ahondar cada vez más en la experiencia de Dios vivida por Jesús. Sólo los testigos de ese Dios pondrán una esperanza diferente en el mundo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
22 de septiembre de 2002

DIOS ROMPE NUESTROS ESQUEMAS

¿ Vas a tener envidia porque soy bueno?

Los cristianos no terminamos de creer en el Dios increíblemente bueno del que habla Jesús. Los predicadores no acertamos a presentarlo con convicción. Por eso, el mensaje evangélico, sorprendente y provocativo, no produce hoy ninguna sorpresa. Nosotros seguimos con nuestras ideas acerca de Dios.

Los exégetas consideran hoy la parábola de «los trabajadores de la viña» como una de las más revolucionarias de Jesús. El relato es conocido. El dueño de una viña va contratando obreros para que trabajen en su propiedad. Al primer grupo los contrata muy de mañana por un denario que era la cantidad que se consideraba necesaria para alimentarse cada día. A lo largo del día, va contratando a otros obreros que también van a la viña, pero trabajan mucho menos y sin soportar el peso del día y del calor. Al terminar la jornada y, aunque el trabajo ha sido desigual, sorprendentemente el dueño paga a todos un denario. Y cuando los primeros se quejan, responde así: «¿no puedo hacer lo que quiero con lo mío? ¿o vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»

El mensaje de Jesús rompe todos nuestros esquemas. El dueño de la viña no se fija en el esfuerzo y trabajo que han realizado los diversos grupos de obreros sino en lo que necesitan para vivir. Así es Dios, dice Jesús. Aunque a nosotros nos sorprenda, Dios no está mirando nuestros méritos sino nuestras necesidades. Por eso, Dios increíblemente bueno, nos regala incluso lo que no nos merecemos. Si nos tratara según nuestros méritos, no tendríamos salida.

Alguno podría pensar que esta manera de entender la bondad de Dios llevaría a una vida irresponsable y arbitraria. Nada más contrario a la realidad pues, según Jesús, esta bondad de Dios es la que ha de inspirar nuestras relaciones y nuestra convivencia. Dicho de manera clara y sencilla: cuando nos encontramos con alguien, no hemos de preguntamos qué se merece de nosotros sino que necesita para vivir.

Sólo señalaré un ejemplo sangrante. Ante los inmigrantes que luchan por entrar a convivir con nosotros, no hemos de preguntamos qué derechos tienen, sino qué necesitan para vivir dignamente.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
19 de septiembre de 1999

BONDAD MISTERIOSA

¿ Vas a tener envidia porque yo soy bueno?

Cada vez estoy más convencido de que muchos de los que se dicen ateos, son hombres y mujeres que, cuando rechazan a Dios están rechazando en realidad un «ídolo mental» que se fabricaron cuando eran niños. La idea de Dios que llevaban en su interior y con la que han vivido durante algunos años se les ha quedado pequeña. Llegado un momento, ese Dios les ha resultado un ser extraño, incómodo y molesto y, naturalmente, se han desprendido de él.

No me cuesta nada comprender a estas personas. Dialogando con alguno de ellos, he recordado más de una vez aquellas certeras palabras del patriarca Máximos IV durante el concilio: «Yo tampoco creo en el dios en que los ateos no creen.» En realidad, el dios que han suprimido de sus vidas era una caricatura que se habían formado falsamente de él. Si han vaciado su alma de ese «dios falso», ¿no será para dejar sitio algún día al Dios verdadero?

Pero, ¿cómo puede hoy un hombre honesto y que busca la verdad, encontrarse con Dios? Si se acerca a los que nos decimos creyentes, es fácil que nos encuentre rezando no al Dios verdadero, sino a un pequeño ídolo sobre el que proyectamos nuestros intereses, miedos y obsesiones. Un Dios del que pretendemos apropiamos y al que intentamos utilizar para nuestro provecho olvidando su inmensa e incomprensible bondad con todos.

Jesús rompe todos nuestros esquemas cuando nos presenta en la parábola del «señor de la viña» a ese Dios que «da a todos su denario», lo merezcan o no, y dice así a los que protestan: « Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»

Dios es bueno con todos los hombres, lo merezcamos o no, seamos creyentes o ateos. Su bondad misteriosa está más allá de la fe de los creyentes y de la increencia de los ateos. La mejor manera de encontrarnos con El no es discutir entre nosotros, intercambiamos palabras y argumentos que quedan infinitamente lejos de lo que El es en realidad.

Tal vez, lo primero sea dejar a un lado nuestras ideas, olvidamos de nuestros esquemas, hacer silencio en nuestro interior, escuchar hasta el fondo la vida que palpita entre nosotros... y esperar, confiar, dejar abierto nuestro ser. Dios no se oculta indefinidamente a quien lo busca con sincero corazón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
22 de septiembre de 1996

SIN MERECERLO

… porque yo soy bueno

Uno de los rasgos más tristes de un cierto estilo de vivir es el «vaciamiento interior». Hay personas que consideran la vida del espíritu algo perfectamente inútil y superfluo. Casi todo lo que hacen tiene como objetivo alimentar su personalidad más externa y superficial. No han aprendido a vivir en contacto con lo que J. Van Ruysbroeck llamaba «el fondo» de la persona.

Por otra parte, la vida del espíritu está tan desprestigiada que, cuando alguien busca superar esta mediocridad para ocuparse más de su mundo interior, corre el riesgo de que se le acuse de evadirse de la realidad. Por lo visto, hoy es más digno y más presentable vivir sin interioridad.

Sin embargo, no es fácil vivir así. El ser humano necesita adentrarse en su propio misterio y llegar al corazón de su vida, allí donde es total y únicamente él mismo. Sin «núcleo interior», las personas se sienten desguarnecidas y sin defensa ante los ataques que sufren desde fuera y desde dentro de su ser.

Consciente o inconscientemente, estos hombres y mujeres reclaman hoy algo que no es técnica, ni ciencia, ni doctrina religiosa, sino experiencia viva del que es la «Fuente del ser» y el «Salvador» de la existencia humana. Pero, ¿quién les puede dar noticia de esa experiencia de salvación?, ¿quién la conoce?, ¿quién puede ayudar a descubrir esa «verdad interior» que libera y hace vivir?

Uno de los riesgos permanentes de las Iglesias es desarrollar una teología y una predicación de corte doctrinal, orientada a «explicar» a Dios, pero incapaz de comunicar la experiencia de su amor salvador. Naturalmente, la doctrina siempre es necesaria porque la persona busca «razones» para creer. Pero, lo que muchos necesitan hoy es descubrir en lo hondo de su ser la presencia latente de un Dios que es amor.

Los hombres de Iglesia hablamos mucho de Dios. Pero, ¿qué es lo que, en realidad, decimos con tantas palabras?, ¿no estamos, con frecuencia, encerrando a Dios en nuestra propia perspectiva, nuestros esquemas e ideas?, ¿no empobrecemos su misterio con nuestra palabrería fácil y rutinaria?, ¿no hay una manera de predicar que en vez de acercar a su misterio de amor insondable, distancia todavía más de él?

Sólo un ejemplo. Es fácil repetir rutinariamente que «Dios da a cada uno lo que se merece». Sin embargo, no es exactamente así. En la parábola de los viñadores, Jesús recuerda que Dios se asemeja más bien a ese «señor de la viña» que da a todos su denario —incluso a los que no se lo merecen— sólo porque él es bueno. Yo sé que puede escandalizar a alguno oír que Dios es bueno con todos, lo merezcan o no, sean creyentes o ateos, invoquen su nombre o vivan de espaldas a él. Pero es así. Y lo primero es dejarle a Dios ser Dios, y no empequeñecer con nuestros cálculos y esquemas su amor insondable y gratuito a todo ser humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
19 de septiembre de 1993

ESCANDALOSAMENTE BUENO

¿Vais a tener envidia porque yo soy bueno?

A veces se habla mucho de la importancia de creer o no creer en Dios. Pero se olvida que lo importante es saber en qué Dios cree cada uno. No es lo mismo creer en un Dios incomprensiblemente bueno con todos, que «hace salir su sol sobre buenos y malos», o creer en un Dios del orden y de la ley, con el que hay que hacer toda clase de cálculos para saber a qué atenerse.

Creer en un Dios Amigo incondicional puede ser la experiencia más liberadora y gozosa que se puede imaginar, la fuerza más vigorosa para vivir y morir. Creer en un Dios justiciero y amenazador puede convertirse, por el contrario, en la neurosis más peligrosa y destructora del ser humano.

La imagen de Dios que nos ha llegado hasta nosotros está inevitablemente amalgamada de ideas y concepciones de otras épocas, a veces con aciertos luminosos, otras, con ambigüedades peligrosas. ¿Cómo ir liberando nuestra representación de Dios de tantas falsas adherencias que se han podido ir acumulando en el fondo de nuestra conciencia?

Lo primero es dejarle a Dios ser Dios. No empequeñecerlo encerrándolo en nuestros esquemas o reduciéndolo a nuestros cálculos. Dejar que sea más grande y más humano que lo más grande y humano que hay en nosotros. No representarnos a Dios a partir de nuestra mediocridad y nuestros resentimientos; buscar más bien su verdadero rostro siguiendo a Jesús, aunque a veces esa imagen de Dios nos sorprenda y hasta «escandalice».

Nunca olvidaré el impacto que me produjo, hace ya muchos años, el descubrir que no fue el rigor o la radicalidad de Jesús lo que provocó irritación y rechazo, sino su anuncio de un Dios «escandalosamente bueno».

La parábola de los trabajadores de la viña es particularmente significativa. Su contenido es tan revolucionario que todavía no nos atrevemos a asumirlo. Y, sin embargo, el mensaje de Jesús es claro: lo mismo que «el Señor de la viña» da a todos sus obreros su «denario», lo merezcan o no, sencillamente porque su corazón es grande, así, Dios no hará injusticia a nadie, pero puede ofrecer su salvación, incluso a los que, según nuestros cálculos, no se la han ganado.

Dios es bueno con todos los hombres, lo merezcan o no, sean creyentes o sean ateos. Su bondad misteriosa desborda todos nuestros cálculos y está más allá de la fe de los creyentes y del ateísmo de los incrédulos. Ante este Dios lo único que cabe es el gozo agradecido. Olvidarnos de nuestros esquemas, hacer silencio dentro de nosotros y abrirnos confiadamente a su bondad infinita.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
23 de septiembre de 1990

DIOS NO ES UN ORDENADOR

¿ Vas a tener envidia
porque yo soy bueno?

En los últimos años de su vida, el gran teólogo alemán K. Rahner utilizaba con frecuencia una expresión un tanto rebuscada para designar a Dios. En vez de nombrarlo directamente, prefería hablar del «Misterio que de ordinario llamamos Dios».

De esta manera, según él, intentaba hacer notar que «no debemos poner bajo el nombre de Dios cualquier cosa: un anciano de barbas, un moralista tirano que vigila nuestra vida o algo semejante».

Decimos con razón que Dios es «misterio insondable», pero hemos de confesar que muchas veces los creyentes, incluidos los sacerdotes, hablamos de El como si lo hubiéramos visto y conociéramos perfectamente su modo de ver las cosas, de sentir y de actuar.

Lo peor es que, al encerrarlo en nuestras visiones estrechas y ajustarlo a nuestros esquemas, terminamos casi siempre por empequeñecerlo. El resultado es, con frecuencia, un Dios tan poco humano como nosotros y, a veces, menos humano.

Son bastantes, por ejemplo, los que sólo creen en un Dios cuyo quehacer esencial consiste en anotar los pecados y méritos de los hombres para retribuir exactamente a cada uno según sus obras. ¿Podemos imaginar un ser humano dedicado a esto durante toda su existencia?

Dios queda convertido entonces en una especie de «ordenador», de memoria prodigiosa, que va almacenando todos los datos de nuestra vida para hacerlos aparecer en pantalla en el momento de la muerte.

Este Dios no tiene corazón. Es tan pequeño y peligroso como nosotros. Lo más seguro es «estar en regla» con El, cumplir escrupulosamente los deberes religiosos y acumular méritos para asegurarnos la salvación eterna.

La parábola de «los obreros de la viña» introduce una verdadera revolución en la manera de concebir a Dios. Según Jesús, la bondad de Dios es insondable y no se ajusta a los cálculos que nosotros podamos hacer.

Dios no hará injusticia a nadie. Pero, lo mismo que el señor de la viña hace con su dinero lo que quiere, sin que nadie tenga derecho a protestar envidiosamente, así también Dios puede regalar su vida, incluso a los que no se la han ganado según nuestros cálculos.

Hemos de aprender una y otra vez a no confundir a Dios con nuestros esquemas religiosos y nuestros cálculos morales. Hemos de dejar a Dios ser más grande que nosotros. Hemos de dejarle sencillamente ser Dios.

Tenemos el riesgo de creer que somos cristianos sin haber asumido todavía ese mensaje que Jesús nos ofrece, de un Dios cuya bondad infinita llega misteriosamente hasta todos los hombres.

Probablemente, más de un cristiano se escandalizaría todavía hoy al oír hablar de un Dios a quien no obliga el derecho canónico, que puede regalar su gracia sin pasar por ninguno de los siete sacramentos, y salvar, incluso fuera de la Iglesia, a hombres y mujeres que nosotros consideramos perdidos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
20 de septiembre de 1987

CARICATURAS

¿Vas a tener envidia porque
yo soy bueno?

Cada vez estoy más convencido de que muchos de los que, entre nosotros, se dicen ateos, son hombres y mujeres que, cuando rechazan a Dios están rechazando en realidad un “ídolo mental” que se fabricaron cuando eran niños.

La idea de Dios que llevaban en su interior y con la que han vivido durante algunos años se les ha quedado pequeña. Llegado un momento, ese Dios les ha resultado un ser extraño, incómodo y molesto y, naturalmente, se han desprendido de él.

No me cuesta nada comprender a estas personas. Dialogando con alguno de ellos, he recordado más de una vez aquellas certeras palabras del patriarca Máximos IV durante el Concilio: “Yo tampoco creo en el dios en que los ateos no creen”.

En realidad, el dios que han suprimido de sus vidas era una caricatura que se habían formado falsamente de él. Si han vaciado su alma de ese “dios falso”, ¿no será para dejar sitio algún día al Dios verdadero?

Pero, ¿cómo puede hoy un hombre honesto y que busca la verdad, encontrarse con Dios?

Si se acerca a los que nos decimos creyentes es fácil que nos encuentre rezando no al Dios verdadero sino a un pequeño ídolo sobre el que proyectamos nuestros intereses, miedos y obsesiones.

Un Dios del que pretendemos apropiarnos y al que intentamos utilizar para nuestro provecho olvidando su inmensa e incomprensible bondad con todos.

Cómo rompe Jesús todos nuestros esquemas cuando nos presenta en la parábola del «señor de la viña» a ese Dios que “da a todos su denario», lo merezcan o no, y dice así a los que protestan: “¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».

Dios es bueno con todos los hombres, lo merezcamos o no, seamos creyentes o ateos. Su bondad misteriosa está más allá de la fe de los creyentes y de la increencia de los ateos.

La mejor manera de encontrarnos con él no es discutir entre nosotros, intercambiamos palabras y argumentos que quedan infinitamente lejos de lo que El es en realidad.

Tal vez, lo primero sea dejar a un lado nuestras ideas, olvidarnos de nuestros esquemas, hacer silencio en nuestro interior, escuchar hasta el fondo la vida que palpita en nosotros... y esperar, confiar, dejar abierto nuestro ser. Dios no se oculta indefinidamente a quien lo busca con sincero corazón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
23 de septiembre de 1984

ECLIPSE DE DIOS

¿ o vas a tener envidia porque yo soy bueno?

La parábola de los obreros en la viña nos recuerda a los creyentes 1go de suma importancia. Con un corazón lleno de envidia no se puede «entender» al Dios Bueno que anuncia Jesús.

Al hombre actual se le hace cada día más difícil encontrarse con Dios. Y, sin duda, son muchos y complejos los factores sociológicos y culturales que explican tal dificultad.

Pero no deberíamos olvidar lo que escribía J.M. Velasco hace unos años: «Es indudable que nuestra sociedad padece un eclipse de Dios y en este eclipse no hemos dejado de participar los creyentes con la interposición de una vida que transparenta más nuestros intereses, nuestras preocupaciones y nuestras obsesiones que la presencia vivificante de Dios».

Un Dios que es Amor no puede ser descubierto por la mirada interesada de unos hombres que sólo piensan en su propio provecho, utilidad o disfrute egoísta.

Un Dios que es acogida y ternura gratuita para todos no puede ser captado por hombres de alma calculadora que viven manipulándolo todo, atentos únicamente a lo que puede acrecentar su poder.

¿ Qué eco puede tener hoy, en amplios sectores de esta sociedad, hablar de un Dios que es Amor gratuito?

Hablar de amor es, para bastantes, hablar de algo hipócrita, retrógrado, ineficaz, algo perfectamente inútil en la sociedad actual. Nos basta con organizar bien nuestros egoísmos para no destruirnos unos a otros.

No es extraño que Dios se haya eclipsado convirtiéndose para muchos en algo irreal, abstracto, sin conexión alguna con su vida real.

Entonces corremos el riesgo de caer en la incredulidad total. Recordemos la experiencia de Simone de Beauvoir: «Dios se había convertido para mí en una idea abstracta en el fondo del cielo, y una tarde la borré».

No es posible creer que existimos «desde un origen amoroso» ni descubrir a Dios en la raíz misma de la vida, cuando estamos «fabricando» una sociedad donde apenas se cree en el amor.

Para muchos hombres y mujeres de hoy el camino para encontrarse de nuevo con Dios es volver a reconstruir pacientemente su vida, poniendo en todo un poco más de generosidad, desinterés, ternura y perdón. Lo más profundo de la existencia sólo se descubre desde la experiencia del amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
20 de septiembre de 1981

DIOS ES DISTINTO

...y recibieron un denario cada uno.

Con frecuencia, no sospechamos los creyentes que lo que nosotros «sabemos» de Dios, o lo que creemos «saber», puede ser un grave obstáculo para abrirnos al Dios genuino de Jesús.

Hemos olvidado que creer a Jesús es aprender a creer en el Dios en que él creyó. Nos aferramos a nuestros propios esquemas, nos elaboramos nuestra imagen «particular» de Dios, y no aprendemos desde Jesús y con Jesús, a vivir ante ese Padre que nos acoge como hijos y nos llama a la convivencia fraterna.

Por eso, la parbo1a del «Señor generoso y los obreros de la viña» choca profundamente con nuestra «religión particular». Y no sería extraño que también nosotros protestáramos ante la «injusticia de Dios», como los viñadores de la primera hora ante el Señor.

Porque el señor de la viña no retribuye a cada trabajador según lo que ha trabajado, sino que, a pesar de un trabajo desigual, da a todos el jornal completo que necesitan para vivir.

El pensamiento de Jesús es claro. Dios no retribuye a cada uno según sus méritos, siguiendo nuestros criterios y medidas humanas. Dios a nadie hará injusticia, pero, en su bondad infinita, puede incluso regalar a los hombres lo que éstos no se lo han merecido.

Así es Dios, y nadie puede presentarse con reclamaciones justificadas ante él. Su bondad hacia «los últimos» supera el marco estrecho de nuestras categorías de justicia.

La parábola, en su sencillez, tiene una fuerza crítica de consecuencias, a veces, totalmente olvidadas por los creyentes.

Aquí se critica cualquier postura religiosa en la que el hombre se sienta con algún derecho de reclamación ante Dios, apoyado en su práctica religiosa o en su comportamiento moral. La religión no puede ser concebida nunca como «una adquisición de derechos» ante Dios.

Precisamente por esto es condenable toda postura sectaria o monopolizadora en la que unos hombres, basándose en su ortodoxia o moralidad, se crean con derecho a poseer a Dios de una manera especial.

Ningún grupo, partido político ni comunidad religiosa puede pretender ante Dios unos derechos, con anterioridad y preferencia a otros. Sólo los pobres son los «privilegiados» de Dios, y éstos tampoco por sus méritos, sino por la bondad de Dios que defiende a los pequeños.

José Antonio Pagola

HOMILIA

DIOS ROMPE NUESTROS ESQUEMAS

Los cristianos no terminamos de creer en el Dios increíblemente bueno del que habla Jesús. Los predicadores no acertamos a presentarlo con convicción. Por eso, el mensaje evangélico, sorprendente y provocativo, no produce hoy ninguna sorpresa. Nosotros seguimos con nuestras ideas acerca de Dios.

Los exégetas consideran hoy la parábola de «los trabajadores de la viña» como una de las más revolucionarias de Jesús. El relato es conocido. El dueño de una viña va contratando obreros para que trabajen en su propiedad. Al primer grupo los contrata muy de mañana por un denario que era la cantidad que se consideraba necesaria para alimentarse cada día. A lo largo del día, va contratando a otros obreros que también van a la viña, pero trabajan mucho menos y sin soportar el peso del día y del calor. Al terminar la jornada y, aunque el trabajo ha sido desigual, sorprendentemente el dueño paga a todos un denario. Y cuando los primeros se quejan, responde así: «¿no puedo hacer lo que quiero con lo mío? ¿o vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»

El mensaje de Jesús rompe todos nuestros esquemas. El dueño de la viña no se fija en el esfuerzo y trabajo que han realizado los diversos grupos de obreros sino en lo que necesitan para vivir. Así es Dios, dice Jesús. Aunque a nosotros nos sorprenda, Dios no está mirando nuestros méritos sino nuestras necesidades. Por eso, Dios increíblemente bueno, nos regala incluso lo que no nos merecemos. Si nos tratara según nuestros méritos, no tendríamos salida.

Alguno podría pensar que esta manera de entender la bondad de Dios llevaría a una vida irresponsable y arbitraria. Nada más contrario a la realidad pues, según Jesús, esta bondad de Dios es la que ha de inspirar nuestras relaciones y nuestra convivencia. Dicho de manera clara y sencilla: cuando nos encontramos con alguien, no hemos de preguntarnos qué se merece de nosotros sino que necesita para vivir.

Sólo señalaré un ejemplo sangrante. Ante los inmigrantes que luchan por entrar a convivir con nosotros, no hemos de preguntarnos qué derechos tienen, sino qué necesitan para vivir dignamente.

José Antonio Pagola




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lunes, 11 de septiembre de 2017

17-09-2017 - 24º domingo Tiempo ordinario (A)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.

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Para leer, compartir, bajarse o imprimir las homilias de José Antonio Pagola del domingo haz "clic" sobre el título del domingo, o haz "clic" sobre Ciclo A, Ciclo B o Ciclo C, en el menú superior para leer las homilias de cada ciclo.

¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

No dejes de visitar la nueva página de VÍDEOS DE LAS CONFERENCIAS DE JOSÉ ANTONIO PAGOLA .

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24º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús:

-«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le contesta:

-«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.

El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:

"Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo."

El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes."

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo:"Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré."

Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?"

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2016-2017 -
17 de septiembre de 2017

Título

(Ver homilía del ciclo A - 2013-2014)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2013-2014 -
14 de septiembre de 2014

Título

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José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
11 de septiembre de 2011

VIVIR PERDONANDO

Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista y muy problemático.

Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos. En concreto: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?».

Antes que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.

Sin embargo Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.

La respuesta de Jesús exige ponerse en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Entre los judíos era conocido un "Canto de venganza" de Lámek, un legendario héroe del desierto, que decía así: "Caín será vengado siete veces, pero Lámek será vengado setenta veces siete". Frente esta cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores.

En muy pocos años el malestar ha ido creciendo en el interior de la Iglesia provocando conflictos y enfrentamientos cada vez más desgarradores y dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son cada vez más frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de internet para sembrar agresividad y odio destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.

Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
14 de septiembre de 2008

PERDONAR SIEMPRE

Hasta setenta veces siete.

A Mateo se le ve preocupado por corregir los conflictos, disputas y enfrentamientos que pueden surgir en la comunidad de los seguidores de Jesús. Probablemente, está escribiendo su evangelio en unos momentos en que, como se dice en su evangelio, «la caridad de la mayoría se está enfriando» (Mateo 24, 12).

Por eso concreta con mucho detalle cómo se ha de actuar para extirpar el mal del interior de la comunidad, respetando siempre a las personas, buscando antes que nada «la corrección a solas», acudiendo al diálogo con «testigos», haciendo intervenir a la «comunidad» o separándose de quien puede hacer daño a los seguidores de Jesús.

Todo eso puede ser necesario, pero ¿cómo ha de actuar en concreto la persona ofendida?, ¿qué ha de hacer el discípulo de Jesús que desea seguir sus pasos y colaborar con él abriendo caminos al reino de Dios, el reino de la misericordia y la justicia para todos?

Mateo no podía olvidar unas palabras de Jesús recogidas por un evangelio anterior al suyo. No eran fáciles de entender, pero reflejaban lo que había en su corazón. Aunque hayan pasado veinte siglos, sus seguidores no hemos de rebajar su contenido.

Pedro se acerca a Jesús. Como en otras ocasiones, lo hace representando al grupo de seguidores: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?, ¿hasta siete veces?». Su pregunta no es mezquina, sino enormemente generosa. Le ha escuchado a Jesús sus parábolas sobre la misericordia de Dios. Conoce su capacidad de comprender, disculpar y perdonar. También él está dispuesto a perdonar «muchas veces», pero ¿no hay un límite?

La respuesta de Jesús es contundente: «No te digo siete veces, sino hasta setenta veces siete»: has de perdonar siempre, en todo momento, de manera incondicional. A lo largo de los siglos se ha querido rebajar de muchas maneras lo dicho por Jesús: «perdonar siempre, es perjudicial»; «da alicientes al ofensor»; «hay que exigirle primero arrepentimiento». Todo esto parece muy razonable, pero oculta y desfigura lo que pensaba y vivía Jesús.

Hay que volver a él. En su Iglesia hacen falta hombres y mujeres que estén dispuestos a perdonar como él, introduciendo entre nosotros su gesto de perdón en toda su gratuidad y grandeza. Es lo que mejor hace brillar en la Iglesia el rostro de Cristo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
11 de septiembre de 2005

¿QUÉ SERÍA DE NOSOTROS SIN PERDÓN?

Hasta setenta veces siete.

Se la llama «parábola del siervo sin entrañas», porque trata de un hombre que, habiendo sido perdonado por el rey de una deuda imposible de pagar, es incapaz de perdonar a su vez a un compañero que le debe una pequeña cantidad. El relato parece sencillo y claro. Sin embargo, los autores siguen discutiendo sobre su sentido original, pues la desafortunada aplicación de Mateo no encaja bien con la llamada de Jesús a «perdonar hasta setenta veces siete».

La parábola que había empezado de manera tan prometedora, con el perdón del rey, acaba trágicamente. Todo termina mal. El gesto del rey no logra introducir un comportamiento más compasivo entre sus subordinados. El siervo perdonado no sabe compadecerse de su compañero. Los demás siervos no se lo perdonan y piden al rey que haga justicia. El rey, indignado, retira su perdón y entrega al siervo a los verdugos.

Por un momento, parecía que podía haber comenzado una era nueva de comprensión y mutuo perdón. No es así. Al final, la compasión queda anulada por todos. Ni el siervo, ni sus compañeros, ni siquiera el rey escuchan la llamada del perdón. Éste ha hecho un gesto inicial, pero tampoco sabe perdonar «setenta veces siete».

¿Qué está sugiriendo Jesús? A veces pensamos ingenuamente que el mundo sería más humano si todo estuviera regido por el orden, la estricta justicia y el castigo de los que actúan mal. Pero, ¿no construiríamos así un mundo tenebroso? ¿Qué sería una sociedad donde quedara suprimido de raíz el perdón? ¿Qué sería de nosotros si Dios no supiera perdonar?

La negación del perdón nos parece la reacción más normal y hasta la más digna ante la ofensa, la humillación o la injusticia. No es eso, sin embargo, lo que humanizará al mundo. Una pareja sin mutua comprensión se destruye; una familia sin perdón es un infierno. Una sociedad sin compasión es inhumana.

La parábola de Jesús es una especie de «trampa». A todos nos parece que el siervo perdonado por el rey «debía» perdonar a su compañero. Es lo menos que se le puede exigir. Pero entonces, ¿no es el perdón lo menos que se puede esperar de quien vive del perdón y la misericordia de Dios? Nosotros hablamos del perdón como un gesto admirable y heroico. Para Jesús era lo más normal.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
15 de septiembre de 2002

CÓLERA, NO VENGANZA

¿ Cuántas veces le tengo que perdonar?

Las grandes escuelas de psicoterapia apenas han estudiado la fuerza curadora del perdón; hasta hace muy poco, los sicólogos no le concedían un papel en el crecimiento de una personalidad sana. Se pensaba erróneamente —y se sigue pensando— que el perdón es una actitud puramente religiosa.

Por otra parte, el mensaje del cristianismo se ha reducido con frecuencia a exhortar a las gentes a perdonar con generosidad fundamentando esa actuación en el perdón que Dios nos concede, pero sin enseñar mucho sobre los caminos a recorrer para llegar a perdonar de corazón. No es pues extraño que haya personas que lo ignoren casi todo sobre el proceso del perdón.

Sin embargo, el perdón es necesario para convivir de manera sana. En la familia donde los roces de la vida diaria pueden generar frecuentes tensiones y conflictos. En la amistad y el amor donde hay que saber actuar ante humillaciones, engaños e infidelidades posibles. En múltiples situaciones de la vida en las que hemos de reaccionar ante agresiones, injusticias y abusos. Quien no sabe perdonar, puede quedar herido interiormente.

Hay algo que es necesario aclarar desde el comienzo. Muchos se creen incapaces de perdonar porque confunden la cólera con la venganza. La cólera es una reacción sana de irritación ante la ofensa, la agresión o la injusticia sufrida: el individuo se rebela de manera casi instintiva para defender su vida y su dignidad. Por el contrario, el odio, el resentimiento y la venganza van más allá de esta primera reacción; la persona vengativa busca hacer daño, humillar y hasta destruir a quien le ha hecho mal.

Perdonar no quiere decir necesariamente reprimir la cólera. Al contrario, reprimir estos primeros sentimientos puede ser dañoso si el individuo acumula en su interior una ira que más tarde se desviará hacia otras personas inocentes o hacia uno mismo. Es más sano reconocer y aceptar la cólera compartiendo tal vez con alguien la rabia e indignación.

Luego será más fácil serenarse y tomar la decisión de no seguir alimentando el resentimiento ni las fantasías de venganza para no añadir todavía más mal ni hacernos más daño. La fe en un Dios perdonador será entonces para el creyente un estímulo y una fuerza inestimable. Cuando uno vive del amor incondicional de Dios le resulta más fácil perdonar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
12 de septiembre de 1999

NO QUIERO

Hasta setenta veces siete.

Sé que no es fácil adoptar una postura serena y lúcida ante los hechos violentos tan complejos que se suceden entre nosotros. Soy consciente de que yo mismo formo parte de esa sociedad violenta. Pero no quiero ser violento.

Siento que, habituados a tanta violencia y tanta sangre, nos empiezan a faltar palabras para expresar nuestra condena. Pero no quiero que me falte sensibilidad ante ningún ser humano muerto violentamente.

Oigo hablar a unos y otros de objetivos políticos irrenunciables y de causas que hay que defender, eliminando incluso a personas si es necesario. Pero yo no quiero que se traicione una y otra vez «la causa del hombre», de todo hombre que tiene derecho a la vida.

A lo largo de estos años he podido comprobar que la violencia desata violencia y el odio genera odio. He podido ver cómo la violencia se aprende, se contagia y se extiende. Pero no quiero que nadie destruya mi capacidad de respetar y desear el bien de todo ser humano.

Hace unos días, he podido ver una vez más cómo se mata a un hombre por venganza. Al mismo tiempo, escucho y leo en las paredes las llamadas que se me hacen a no olvidar ni perdonar nunca. Pero yo no quiero que nadie me arrebate el derecho a amar y perdonar.

Unos me dicen que la negociación no es ya posible. Otros, que «el juego democrático» es ineficaz. Pero yo no quiero perder la fe en la capacidad de los hombres para resolver los problemas por caminos de diálogo y paz.

Comprendo muy bien a los que me dicen que el Evangelio del amor y del perdón es impracticable. Que el mensaje de Jesús no sirve para construir eficazmente la sociedad. Pero yo sigo viendo que la violencia nos deshumaniza y me pregunto qué sociedad se puede construir sobre la mutua agresión.

Escucho las palabras de Jesús que nos llaman a perdonar «setenta veces siete». Yo quiero seguirlas. No creo en los crucificadores. Creo en el Crucificado, en el que murió perdonando a todos. En su perdón hay más promesa de salvación que en todas nuestras violencias.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
15 de septiembre de 1996

APOLOGÍA DEL PERDÓN

Hasta setenta veces siete.

Casi siempre que he escrito sobre el perdón he recibido cartas, por lo general anónimas, en que se me acusaba de hacer más difícil todavía la lucha contra la violencia, de olvidar el sufrimiento de las víctimas, no entender la humillación de quien ha sido traicionado por su cónyuge, no «tener los pies sobre el suelo» y cosas semejantes.

No me resulta difícil comprender esta resistencia al perdón. ¿Cómo no voy a intuir la rabia, impotencia y dolor de quien ha sido víctima de la violencia, el desprecio o la traición? Pero, precisamente, el resentimiento y la agresividad que se advierte tras esas líneas me hacen ver con mayor claridad qué sería de un mundo en que se suprimiera el perdón.

Hay un mecanismo de defensa bien conocido en Psicología. En virtud de un «mimetismo misterioso», quien ha sido víctima de una agresión tiende a su vez a ser malo imitando de alguna manera a su agresor. Se trata de una reacción casi instintiva que se desata en el inconsciente individual o colectivo y que puede incluso transmitirse de generación en generación.

Si, en algún momento, no se produce una reacción de signo contrario, el mal tiende a perpetuarse. Cuando no se quiere o no se puede perdonar, queda en la víctima una «herida mal curada» que le hace daño a ella más que a nadie, pues la encadena negativamente al pasado. Por otra parte, el resentimiento instalado en una sociedad hace más difícil la lucidez para buscar caminos de convivencia y puede bloquear todo movimiento para encontrar solución a los conflictos.

El deseo de revancha es, sin duda, la respuesta más instintiva ante la ofensa. La persona necesita defenderse de la herida recibida, pero, como advierte el conocido experto .J.M. Pohier, quien pretenda curar su herida infligiendo sufrimiento al agresor, se equivoca. El sufrimiento no posee un poder mágico para curar de la humillación o la agresión recibidas. Puede producir una corta satisfacción, pero la persona necesita algo más para volver a vivir de forma creativa. Lo decía hace mucho tiempo H. Lacordaire: «Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona.»

A veces se olvida que el proceso del perdón, a quien más bien hace es al ofendido, pues lo libera del mal, hace crecer su dignidad y nobleza, le da fuerzas para recrear su vida, le permite iniciar nuevos proyectos. Cuando Jesús invita a perdonar «hasta setenta veces siete», está invitando a seguir el camino más sano y eficaz para erradicar de nuestra vida el mal. Sus palabras adquieren una hondura todavía mayor para quien cree en Dios como fuente última de perdón: «Perdonad y seréis perdonados

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
12 de septiembre de 1993

PERDON

Setenta veces siete.

No es fácil hablar de perdón en medio de una sociedad justamente indignada y cuando todavía está caliente la sangre derramada por el terrorismo. Uno siente la tentación de ignorar la llamada del Evangelio. Es más cómodo no recordar de momento las palabras de Jesús que nos invitan a perdonar «setenta veces siete», es decir, siempre.

Sin embargo, hay algo que, desde dentro, me urge a anunciar el mensaje del perdón incluso en estos momentos, pues creo que es necesario para caminar hacia una verdadera reconciliación. Lo hago siguiendo de cerca la última Carta pastoral del Obispo J. M Setién: «La reconciliación, camino de pacificación.»

El perdón tiene un efecto saludable en la sociedad. Nos humaniza a todos. Favorece el clima y las actitudes que nos pueden llevar a una convivencia más fraterna. De la misma manera que el odio y el ánimo de venganza alimentan un clima colectivo que hace más difícil el camino hacia la pacificación. No faltan entre nosotros quienes piensan de forma diferente. Según ellos, el perdón, aun admitida toda la riqueza humana y cristiana que se le debe reconocer en el ámbito de las relaciones personales y privadas, carece de sentido, y puede ser perjudicial cuando lo trasladamos al ámbito de lo público y social. El perdón y la justicia podrían tener exigencias contrapuestas, y, en tal hipótesis, habría que dar prioridad a la justicia penal. Sólo ésta nos puede llevar a la paz.

Sin embargo, esta contraposición entre el perdón y la justicia no es tan clara; el perdón y el amor al delincuente no van contra la justicia rectamente entendida. La justicia impone las sanciones exigidas para asegurar el orden de una convivencia justa. El amor, por su parte, sin negar lo exigido por la justicia para el bien común, busca directamente el bien de las personas y su mutuo entendimiento.

Por eso, el perdón establece entre las personas una relación mucho más humana que la que puede originarse sólo de la aplicación pura y dura del código penal. Quien perdona, ama, y ese amor conduce a un nivel de convivencia que la justicia, por sí sola, es incapaz de lograr.

El amor al enemigo, predicado por Jesús, no obstaculiza la llegada de la paz. Esta es mi convicción cristiana. Al contrario, esa capacidad de perdonar libera del odio y del ánimo de venganza, y dispone a una verdadera reconciliación. Quien ha introducido alguna vez odio en su corazón, siente la necesidad de olvidar y de liberarse de esa parte oscura de su historia. Sólo entonces se siente humano y cristiano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
16 de septiembre de 1990

PERDONAR NO ES TELEVISIVO

Hasta setenta veces siete.

Hace unos días se acercaba a mí un hombre joven con un propósito insólito. Deseaba mi ayuda para llegar hasta la prisión de Badajoz a dar un abrazo de perdón a los dos homicidas de Puerto Hurraco. Ángel Carrillo ha perdido en la tragedia a una hermana y un sobrino, y tiene todavía algún otro familiar que sigue luchando por la vida.

Impactado por las imágenes de sangre, muerte, gritos y llantos, emitidas por la televisión, decidió también él acudir a TVE para propagar un mensaje de perdón sincero que sembrara un poco de paz en el pueblo.

Esfuerzo inútil. Todas las puertas se le cierran. No hay un espacio para algo tan extravagante. Sólo si Ángel se vengara mañana organizando una nueva matanza, su rostro aparecería en todas las pantallas.

TVE tiene, sin duda, sus normas para un funcionamiento adecuado. Pero lo cierto es que vivimos en una sociedad a la que se le informa de manera morbosa de sucesos como el de Puerto Hurraco y se le hurtan gestos tan humanos como el perdón ofrecido por este hombre.

Sin embargo, los pueblos necesitan cultivar el perdón si quieren sobrevivir, pues la venganza es siempre patógena y destructora. No prepara ni construye el futuro. La venganza mata la vida.

Por eso, es una insensatez desprestigiar públicamente el perdón o invitar a un pueblo a no perdonar jamás. Pocas cosas van más directamente contra nuestro futuro que ese intento de sembrar venganza, escrito sobre los muros de nuestros pueblos o gritado en las manifestaciones.

Sólo los hombres y mujeres que saben perdonar detienen esa «espiral de la violencia» de la que habla Helder Cámara, y curan a la sociedad de la fuerza destructora que se encierra en el rencor, el odio o la venganza.

El perdón es un gesto de lucidez y grandeza. El que perdona va a lo esencial. Confía de nuevo en el ser humano. Prepara un futuro mejor. Participa desde ahora en la creación de una convivencia más humana.

No es fácil perdonar desde dentro y de verdad. No es fácil, sobre todo, perdonar sin exigir previamente algo al agresor, o perdonar cuando el perdón ni siquiera es bien recibido.

El hombre que se siente renovado cada día por el perdón de Dios, encuentra en su fe una fuerza insospechada para seguir perdonando siempre. Lo contrario sería absurdo, como lo recuerda Jesús en «la parábola del siervo sin entrañas».

Ignoro si Ángel ha abrazado ya a los agresores en la prisión de Badajoz. Sé que les ha enviado un mensaje de perdón por medio del juez. Ciertamente Dios ha escuchado ya esa oración que, con lágrimas en los ojos, pronunciaba despacio junto a mí pensando en los asesinos de sus familiares: «Dios, perdónalos porque han estado sufriendo durante treinta años y ahora son ellos los que más necesitan de tu ayuda».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
13 de septiembre de 1987

ES POSIBLE

Como yo tuve compasión de ti.

La insistencia de Jesús en ei perdón y la mutua comprensión no es propia de un idealista ingenuo sino de un espíritu lúcido y realista.

Nuestra convivencia diaria no sería posible si elimináramos la mutua tolerancia. Nadie puede pretender tratar sólo con personas perfectas. Hemos de aguantarnos mutuamente los defectos y saber perdonarnos si no queremos destruir nuestras relaciones.

Pero no es fácil perdonar. Vivimos tan encerrados cada uno en su propio yo y tan celosos de nuestra pequeña felicidad que perdonar de corazón y con generosidad se nos hace con frecuencia insoportable.

Más aún. Cuanto más querida nos es una persona, más profundamente nos hiere su ofensa y tanto más costoso nos puede resultar concederle nuestro perdón total.

Tal vez esto explique la particular dificultad que entraña el perdón al esposo o la esposa infiel.

¿Cómo perdonar cuando uno se siente engañado y traicionado por esa persona, la más querida, con la que hemos descubierto el amor, con la que hemos compartido y a la que hemos entregado nuestra intimidad?

¿Cómo seguir perdonando a quien, olvidando incluso a los hijos, nos abandona para seguir nuevas aventuras amorosas?

Y, sin embargo, el odio, el resentimiento, el desprecio al cónyuge infiel no conducen a nada constructivo. Nunca ayudan a liberarse de la amargura, la soledad, la depresión o el insomnio.

El que se cierra a conceder el perdón se castiga a sí mismo. Se hace daño aunque él no lo quiera. Decía Martín Lutero King que el odio es “como un cáncer secreto” que corroe a la persona y le quita energías para rehacer de nuevo su vida.

Es difícil hablar desde fuera a una persona rota y herida en lo más íntimo de su ser. Uno no se siente con fuerzas para decirle que el perdón puede ser la verdadera salida.

Pero es así. También los días angustiosos y horribles pasan. La vida no termina ahí, en la traición, el abandono o el engaño del ser querido. Con un corazón noble aunque herido, siempre se puede mirar adelante.

Cuando la persona logra liberarse del odio, reconciliarse consigo misma y recuperar la paz, la vida puede comenzar de nuevo.

Y si la persona es creyente, en el interior mismo de su perdón al cónyuge infiel, puede intuir lo que, tal vez, nunca había descubierto: el perdón total, la ternura inmensa con la que Dios nos envuelve y sostiene día a día a todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
16 de septiembre de 1984

¿NO NECESITAMOS YA EL PERDON?

agarrándolo lo estrangulaba

¿Vivimos todavía los creyentes de hoy una experiencia honda del perdón de Dios o no necesitamos ya sentirnos perdonados por nadie?

Se nos ha hablado tanto del riesgo a vivir con una conciencia morbosa de pecado que ya no nos atrevemos a insistir en nuestra propia culpabilidad para no generar en nosotros sentimientos de angustia o frustración.

Preferimos vivir de manera más irresponsable, atribuyendo todos nuestros males a las deficiencias de una sociedad mal organizada o a las actuaciones injustas que, naturalmente, siempre provienen de «los otros».

Pero, ¿no es ésta la mejor manera de vivir engañados, separados de nuestra propia verdad, sumergidos en una secreta tristeza de la que sólo logramos escapar huyendo hacia la inconsciencia o el cinismo?

¿No necesitamos en lo más hondo de nuestro ser, confesar nuestro propio pecado, sentirnos comprendidos por Alguien, sabernos aceptados con nuestros errores y miserias, ser acogidos y restituidos de nuevo a nuestro ser más auténtico?

La experiencia del perdón es una experiencia humana tan fundamental que el individuo que no conoce el gozo de ser perdonado, corre el riesgo de no crecer como hombre.

La parábola de Jesús nos lo recuerda de nuevo esta mañana. Quien no se ha sentido nunca comprendido por Dios, no sabe comprender a los demás. Quien no ha gustado su perdón entrañable, corre el riesgo de vivir «sin entrañas» como el siervo de la parábola, endureciendo cada vez más sus exigencias y reivindicaciones y negando a todos la ternura y el perdón.

Hemos creído que todo se podía lograr endureciendo las luchas, despertando la agresividad social y potenciando el resentimiento de las gentes.

Hemos expulsado de entre nosotros el perdón y la mutua comprensión como algo inútil, propio de personas débiles y resignadas. Nos estamos acostumbrado a una espiral de represalias, revanchas y venganzas.

Ya hemos logrado vivir «estrangulándonos» unos a otros y gritándonos todos mutuamente «Págame lo que me debes». Sólo que no está nada claro que este camino haya de llevarnos a una convivencia más justa y a unas relaciones más cálidas y más humanas.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
13 de septiembre de 1981

IMPORTANCIA SOCIAL DEL PERDON

¿Cuántas veces tengo que perdonar?

No es fácil escuchar la llamada de Jesús al perdón, ni sacar todas las implicaciones que puede tener el aceptar que un hombre es más humano cuando perdona que cuando se venga.

Sin duda, hay que entender bien el pensamiento de Jesús. Perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas de manera pasiva o indiferente. Al contrario, si uno perdona es precisamente para destruir, de alguna manera, la espiral del mal, y para ayudar al otro a rehabilitarse y actuar de manera diferente en el futuro.

En la dinámica del perdón hay un esfuerzo por superar el mal con el bien. El perdón es un gesto que cambia cualitativamente las relaciones entre las personas y obliga a plantearse la convivencia futura de manera nueva.

Por eso, el perdón no debe ser sólo una exigencia individual sino que debería tener una traducción social.

La sociedad no debe dejar abandonado a ningún hombre, ni siquiera al culpable. Todo hombre tiene derecho a ser amado. Y un creyente no puede aceptar que la represión penal sólo «devuelve mal por mal» al encarcelado, hundiéndolo despreciativamente en su delito, deshumanizándolo e impidiendo su verdadera rehabilitación.

El gran jurista G. Radbruch entiende que el castigo como imposición del mal por el mal debe ir desapareciendo para convertirse en lo posible, en «estímulo para saldar el mal con el bien, único modo en que puede ejercerse en la tierra una justicia que no empeora a ésta, sino que la transforma en un mundo mejor».

No existe justificación alguna para actuar de manera inhumana, vejatoria e injusta con ningún encarcelado, sea delincuente común o político. Nunca avanzaremos hacia una sociedad más humana si no abandonamos posturas de represalia, odio y venganza.

Por eso, es también una equivocación incitar al pueblo a la revancha. El grito de «Herriak ez du barkatuko» (el pueblo no perdonará) es, por desgracia, comprensible, pero no es el camino acertado para enseñar a un pueblo a exigir sus derechos y a construir un futuro más humano.

El rechazo del perdón es un grito que, como creyentes, no podemos suscribir nunca, porque, en definitiva, es un rechazo de la fraternidad querida por Aquél que nos perdona a todos.

José Antonio Pagola



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