lunes, 1 de septiembre de 2014

07/09/2014 - 23º domingo Tiempo ordinario (A)

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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23º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano.
Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
7 de septiembre de 2014

ESTÁ ENTRE NOSOTROS

Aunque las palabras de Jesús, recogidas por Mateo, son de gran importancia para la vida de las comunidades cristianas, pocas veces atraen la atención de comentaristas y predicadores. Esta es la promesa de Jesús: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
Jesús no está pensando en celebraciones masivas como las de la Plaza de San Pedro en Roma. Aunque solo sean dos o tres, allí está él en medio de ellos. No es necesario que esté presente la jerarquía; no hace falta que sean muchos los reunidos.
Lo importante es que “estén reunidos”, no dispersos, ni enfrentados: que no vivan descalificándose unos a otros. Lo decisivo es que se reúnan “en su nombre”: que escuchen su llamada, que vivan identificados con su proyecto del reino de Dios. Que Jesús sea el centro de su pequeño grupo.
Esta presencia viva y real de Jesús es la que ha de animar, guiar y sostener a las pequeñas comunidades de sus seguidores. Es Jesús quien ha de alentar su oración, sus celebraciones, proyectos y actividades. Esta presencia es el “secreto” de toda comunidad cristiana viva.
Los cristianos no podemos reunirnos hoy en nuestros grupos y comunidades de cualquier manera: por costumbre, por inercia o para cumplir unas obligaciones religiosas. Seremos muchos o, tal vez, pocos. Pero lo importante es que nos reunamos en su nombre, atraídos por su persona y por su proyecto de hacer un mundo más humano.
Hemos de reavivar la conciencia de que somos comunidades de Jesús. Nos reunimos para escuchar su Evangelio, para mantener vivo su recuerdo, para contagiarnos de su Espíritu, para acoger en nosotros su alegría y su paz, para anunciar su Buena Noticia.
El futuro de la fe cristiana dependerá en buena parte de lo que hagamos los cristianos en nuestras comunidades concretas las próximas décadas. No basta lo que pueda hacer el Papa Francisco en el Vaticano. No podemos tampoco poner nuestra esperanza en el puñado de sacerdotes que puedan ordenarse los próximos años. Nuestra única esperanza es Jesucristo.
Somos nosotros los que hemos de centrar nuestras comunidades cristianas en la persona de Jesús como la única fuerza capaz de regenerar nuestra fe gastada y rutinaria. El único capaz de atraer a los hombres y mujeres de hoy. El único capaz de engendrar una fe nueva en estos tiempos de incredulidad. La renovación de las instancias centrales de la Iglesia es urgente. Los decretos de reformas, necesarios. Pero nada tan decisivo como el volver con radicalidad a Jesucristo.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
4 de septiembre de 2011

REUNIDOS POR JESÚS

Al parecer, el crecimiento del cristianismo en medio del imperio romano fue posible gracias al nacimiento incesante de grupos pequeños y casi insignificantes que se reunían en el nombre de Jesús para aprender juntos a vivir animados por su Espíritu y siguiendo sus pasos.
Sin duda, fue importante la intervención de Pablo, Pedro, Bernabé y otros misioneros y profetas. También las cartas y escritos que circulaban por diversas regiones. Sin embargo, el hecho decisivo fue la fe sencilla de creyentes cuyos nombres no conocemos, que se reunían para recordar a Jesús, escuchar su mensaje y celebrar la cena del Señor.
No hemos de pensar en grandes comunidades sino en grupos de vecinos, familiares o amigos, reunidos en casa de alguno de ellos. El evangelista Mateo los tiene presentes cuando recoge estas palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
No pocos teólogos piensan que el futuro del cristianismo en occidente dependerá en buena parte del nacimiento y el vigor de pequeños grupos de creyentes que, atraídos por Jesús, se reúnan en torno al Evangelio para experimentar la fuerza real que tiene Cristo para engendrar nuevos seguidores.
La fe cristiana no podrá apoyarse en el ambiente sociocultural. Estructuras territoriales que hoy sostienen la fe de quienes no han abandonado la Iglesia quedarán desbordadas por el estilo de vida de la sociedad moderna, la movilidad de las gentes, la penetración de la cultura virtual y el modo de vivir el fin de semana.
Los sectores más lúcidos del cristianismo se irán concentrando en el Evangelio como el reducto o la fuerza decisiva para engendrar la fe. Ya el concilio Vaticano II hace esta afirmación: "El Evangelio... es para la Iglesia principio de vida para toda la duración de su tiempo". En cualquier época y en cualquier sociedad es el Evangelio el que engendra y funda la Iglesia, no nosotros.
Nadie conoce el futuro. Nadie tiene recetas para garantizar nada. Muchas de las iniciativas que hoy se impulsan pasarán rápidamente, pues no resistirán la fuerza de la sociedad secular, plural e indiferente. Dentro de pocos años sólo nos podremos ocupar de lo esencial.
Tal vez Jesús irrumpirá con una fuerza desconocida en esta sociedad descreída y satisfecha a través de pequeños grupos de cristianos sencillos, atraídos por su mensaje de un Dios Bueno, abiertos al sufrimiento de las gentes y dispuestos a trabajar por una vida más humana. Con Jesús todo es posible. Hemos de estar muy atentos a sus llamadas.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
7 de septiembre de 2008

REUNIRSE EN EL NOMBRE DE JESÚS

Allí estoy yo en medio de ellos.

La destrucción del templo de Jerusalén el año 70 provocó una profunda crisis en el pueblo judío. El templo era «la casa de Dios». Desde allí reinaba imponiendo su ley. Destruido el templo, ¿dónde podrían encontrarse ahora con su presencia salvadora?
Los rabinos reaccionaron buscando a Dios en las reuniones que hacían para estudiar la Ley. El célebre Rabbi Ananías, muerto hacia el año 135, lo afirmaba claramente: «Donde dos se reúnen para estudiar las palabras de la Ley, la presencia de Dios (Shekiná) está con ellos.
Los seguidores de Jesús provenientes del judaísmo reaccionaron de manera muy diferente. Mateo recuerda a sus lectores unas palabras que atribuye a Jesús y que son de gran importancia para mantener viva su presencia entre sus seguidores: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
No es una reunión que se hace por costumbre, por disciplina o por sumisión a un precepto. La atmósfera de este encuentro es otra cosa. Son seguidores de Jesús que «se reúnen en su nombre», atraídos por él, animados por su espíritu. Jesús es la razón, la fuente, el aliento, la vida de ese encuentro. Allí se hace presente Jesús, el resucitado.
No es ningún secreto que la reunión dominical de los cristianos está en crisis profunda. A no pocos la misa se les hace insufrible. Ya no tienen paciencia para asistir a un acto en el que se les escapa el sentido de los símbolos y donde no siempre escuchan palabras que toquen la realidad de sus vidas.
Algunos sólo conocen misas reducidas a un acto gregario, regulado y dirigido por los eclesiásticos, donde el pueblo permanece pasivo, encerrado en su silencio o en sus respuestas mecánicas, sin poder sintonizar con un lenguaje cuyo contenido no siempre entienden. ¿Es esto «reunirse en el nombre del Señor»?
¿Cómo es posible que la reunión dominical se vaya perdiendo como si no pasara nada? ¿No es la Eucaristía el centro del cristianismo? ¿Cómo es que la Jerarquía prefiera no plantearse nada, no cambiar nada? ¿Cómo es que los cristianos permanecemos callados? ¿Por qué tanta pasividad y falta de reacción? ¿Dónde suscitará el Espíritu encuentros de dos o tres que nos enseñen a reunimos en el nombre de Jesús?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
4 de septiembre de 2005

EL ESPACIO DE JESÚS

Allí estoy yo en medio de ellos.

Al parecer, a las primeras generaciones de cristianos no les preocupaba mucho el número. A finales del siglo primero eran sólo unos veinte mil, perdidos en medio del imperio romano. ¿Eran muchos o eran pocos? Ellos formaban la Iglesia de Jesús y lo importante era vivir de su Espíritu. Pablo invita constantemente a los miembros de sus pequeñas comunidades a que «vivan en Cristo». El cuarto evangelio exhorta a sus lectores a que «permanezcan en él».
Mateo, por su parte, pone en boca de Jesús estas palabras: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». En la Iglesia de Jesús no se puede estar de cualquier manera: por costumbre, por inercia o por miedo. Sus seguidores han de estar «reunidos en su nombre», convirtiéndose a él, alimentándose de su evangelio. Ésta es también hoy nuestra primera tarea, aunque seamos pocos, aunque seamos dos o tres.
Reunirse en el nombre de Jesús es crear un espacio para vivir la existencia entera en torno a él y desde su horizonte. Un espacio espiritual bien definido, no por doctrinas, costumbres o prácticas, sino por el Espíritu de Jesús que nos hace vivir con su estilo.
El centro de este «espacio de Jesús» lo ocupa la narración del evangelio. Es la experiencia esencial de toda comunidad cristiana: «hacer memoria de Jesús», recordar sus palabras, acogerlas con fe y actualizarlas con gozo. Ese arte de acoger el evangelio desde nuestros días nos permite entrar en contacto con Jesús y vivir la experiencia de ir creciendo como discípulos y seguidores suyos.
En este espacio creado en su nombre vamos caminando, no sin debilidades y pecado, hacia la verdad del evangelio, descubriendo juntos el núcleo esencial de nuestra fe y recuperando nuestra identidad cristiana en medio de una Iglesia a veces tan debilitada por la rutina y tan paralizada por los miedos.
Este espacio dominado por Jesús es lo primero que hemos de cuidar, consolidar y profundizar en nuestras comunidades y parroquias. No nos engañemos. La renovación de la Iglesia comienza siempre en el corazón de dos o tres creyentes que se reúnen en el nombre de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
8 de septiembre de 2002

¿QUÉ HAGO YO?

Reunidos en mi nombre.

«Donde están dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos». La mejor manera de hacer presente a Cristo en su Iglesia es mantenernos unidos actuando «en su nombre» y movidos por su Espíritu. La Iglesia no necesita tanto de nuestras confesiones de amor o nuestras críticas cuanto de nuestro compromiso real. No son pocas las preguntas que nos podemos hacer.
¿Qué hago yo por crear un clima de conversión colectiva en el seno de esta Iglesia siempre necesitada de renovación y transformación? ¿Cómo sería la Iglesia si todos vivieran la adhesión a Cristo más o menos como la vivo yo? ¿Sería más o menos fiel a Jesús?
¿Qué aporto yo de espíritu, verdad y autenticidad en esta Iglesia tan necesitada de radicalidad evangélica para ofrecer un testimonio creíble de Jesús en medio de una sociedad indiferente y descreída?
¿Cómo contribuyo con mi vida a edificar una Iglesia más cercana a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que sepa no sólo enseñar, predicar y exhortar, sino, sobre todo, acoger, escuchar y acompañar a quienes viven perdidos, sin conocer el amor ni la amistad?
¿Qué aporto yo para construir una Iglesia samaritana, de corazón grande y compasivo, capaz de olvidarse de sus propios intereses, para vivir volcada sobre los grandes problemas de la humanidad?
¿Qué hago yo para que la Iglesia se libere de miedos y servidumbres que la paralizan y atan al pasado, y se deje penetrar y vivificar por la frescura y la creatividad que nace del evangelio de Jesús?
¿Qué aporto yo en estos momentos para que la Iglesia aprenda a «vivir en minoría», sin grandes pretensiones sociales, sino de manera humilde, como «levadura» oculta, «sal» transformadora, pequeña «semilla de mostaza» dispuesta a morir para dar vida?
¿Qué hago yo por una Iglesia más alegre y esperanzada, más libre y comprensiva, más transparente y fraterna, más creyente y más creíble, más de Dios y menos del mundo, más de Jesús y menos de nuestros intereses y ambiciones? La Iglesia cambia cuando cambiamos nosotros, se convierte cuando nosotros nos convertimos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
5 de septiembre de 1999

AYUDARNOS A SER MEJORES

Repréndelo a solas.

Cansados por la experiencia diaria, nacen a veces en nosotros preguntas inquietantes y sombrías. ¿Podemos ser los hombres mucho mejores? ¿Podemos cambiar nuestra vida de manera decisiva? ¿Podemos transformar nuestras actitudes equivocadas y adoptar un comportamiento nuevo? Con frecuencia, lo que vemos, lo que escuchamos, lo que respiramos en torno a nosotros, no nos ayuda a ser mejores, no eleva nuestro espíritu ni nos anima a ser más humanos.
Por otra parte, se diría que hemos perdido capacidad para adentramos en nuestra propia conciencia, descubrir nuestro pecado y renovar nuestra existencia. No queremos interrogarnos a nosotros mismos. El tradicional «examen de conciencia» que nos ayudaba a hacer un poco de luz ha quedado arrinconado como algo ridículo y sin utilidad alguna. No queremos inquietar nuestra tranquilidad. Preferimos seguir ahí, «sin interioridad», sin abrimos a ninguna llamada, sin despertar responsabilidad alguna. Indiferentes a todo lo que pueda interpelar nuestra vida, empeñados en asegurar nuestra pequeña felicidad por los caminos egoístas de siempre.
¿Cómo despertar en nosotros la llamada al cambio? ¿Cómo sacudimos de encima la pereza? ¿Cómo recuperar el deseo de bondad, generosidad o nobleza?
Los creyentes deberíamos escuchar hoy más que nunca la llamada de Jesús a corregimos y ayudamos mutuamente a ser mejores. Jesús nos invita, sobre todo, a actuar con paciencia y sin precipitación, acercándonos de manera personal y amistosa a quien está actuando de manera equivocada. «Si tu hermano peca, repréndelo a solas, entre los dos. Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano.»
Cuánto bien nos puede hacer a todos esa crítica amistosa y leal, esa observación oportuna, ese apoyo sincero en el momento en que nos habíamos desorientado. Todo hombre es capaz de salir de su pecado y volver a la razón y a la bondad. Pero necesita con frecuencia encontrarse con alguien que lo ame de verdad, le invite a interrogarse y le contagie un deseo nuevo de verdad y generosidad.
Quizás lo que más cambia a muchas personas no son las grandes ideas ni los pensamientos hermosos, sino el haberse encontrado en la vida con alguien que ha sabido acercarse a ellas amistosamente y las ha ayudado a renovarse.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
8 de septiembre de 1996

PRIMER QUEHACER

Allí estoy yo en medio de ellos.

Cuando uno vive distanciado de la religión o se ha visto decepcionado por la actuación de los cristianos, es fácil que la Iglesia se le presente sólo como una gran organización. Una especie de «multinacional» ocupada en defender y sacar adelante sus propios intereses. Estas personas, por lo general, sólo conocen a la Iglesia desde fuera. Hablan del Vaticano, critican las intervenciones de la jerarquía, se irritan ante ciertas actuaciones del Papa. La Iglesia es para ellas una institución anacrónica de la que viven lejos.
No es ésta la experiencia de quienes se sienten miembros de una comunidad creyente. Para éstos, el rostro concreto de la Iglesia es casi siempre su propia parroquia. Ese grupo de personas amigas que se reúnen cada domingo a celebrar la eucaristía. Ese lugar de encuentro donde se celebra la fe y se reza todos juntos a Dios. Esa comunidad donde se bautiza a los hijos o se despide a los seres queridos hasta el encuentro final en la otra vida.
Para quien vive en la Iglesia buscando en ella la comunidad de Jesús, la Iglesia es casi siempre fuente de alegría y motivo de sufrimiento. Por una parte, la Iglesia es estímulo y gozo; puedo experimentar dentro de ella el recuerdo de Jesús, escuchar su mensaje, rastrear su espíritu, alimentar mi fe en el Dios vivo. Por otra parte, la Iglesia te hace sufrir porque observas en ella incoherencias y rutina; con frecuencia, es demasiado grande la distancia entre lo que se predica y lo que se vive; falta vitalidad evangélica; en muchas cosas se ha ido perdiendo el espíritu de Jesús.
Esta es la mayor tragedia de la Iglesia. Jesús ya no es amado ni venerado como en las primeras comunidades. No se conoce ni se comprende su originalidad. Muchos cristianos no llegarán siquiera a sospechar la experiencia salvadora que vivieron los primeros que se encontraron con él. Hemos hecho una Iglesia donde no pocos cristianos se imaginan que, por el hecho de aceptar unas doctrinas y de cumplir unas prácticas religiosas, están creyendo en Cristo como los primeros discípulos.
Y, sin embargo, en esto consiste el núcleo esencial de la Iglesia. En vivir la adhesión a Cristo en comunidad, reactualizando la experiencia de quienes se encontraron en él con la cercanía, el amor y el perdón de Dios. Por eso, tal vez, el texto eclesiológico más fundamental son estas palabras de Jesús que leemos hoy en el evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»
El primer quehacer de la Iglesia es aprender a «reunirse en el nombre de Jesús». Alimentar su recuerdo, vivir de su presencia, reactualizar su fe en Dios, abrir hoy nuevos caminos a su espíritu. Cuando esto falta, todo corre el riesgo de quedar trivializado o pervertido.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
5 de septiembre de 1993

COMPARTIR

Donde dos o tres están reunidos.

Hay una soledad que es inherente al ser humano. Las personas no podemos expresar ni comunicar a los demás de manera total las emociones o experiencias que vivimos dentro de nosotros. Por eso, se puede decir que, de alguna manera, todos estamos solos.
Esta soledad se acentúa en algunas situaciones particulares de la vida. Nadie nos puede acompañar en la crisis interior profunda, en la enfermedad o ante la proximidad de la muerte. Son momentos en que hemos de actuar cada uno sin que nadie pueda hacerlo por nosotros. Como ha dicho el profesor Giácomo Dacquino, «cuando la vida se hace seria, cada uno de nosotros está solo».
Pero, junto a esa soledad «normal», hay otro tipo de soledad «enfermiza» que está creciendo en nuestros dís. Según las estadísticas, alrededor del veinte por cien de la población se siente sola o poco acompañada en Occidente. La soledad ya no es prerrogativa de los ancianos o de algunas personas marginadas. Sorprende que también esos jóvenes pertenecientes a las llamadas generaciones «espontáneas» y «promiscuas» tengan dificultades para comunicarse.
En la sociedad moderna proliferan los círculos, las organizaciones culturales y recreativas, las agencias matrimoniales o los servicios para establecer contactos, pero hay algo que se va cerrando inexorablemente en el corazón de las personas impidiendo su comunicación. El desarraigo religioso, la disolución de la familia, la pérdida de un entorno sencillo y humano hacen crecer el número de ((corazones solitarios» que diría A. Machado.
Cada vez son más las personas que caminan por la vida con una avidez afectiva insaciable, buscando el contacto físico con unos y con otros, siempre en busca de alguien que las escuche o acaricie. Y cada vez hay más hombres y mujeres <(bloqueados» interiormente, incapaces de amarse y de amar, rodeados de familiares y amigos, pero desesperadamente solos en su interior.
Esta sociedad que crea soledad, aislamiento e incomunicación, está pidiendo hoy comunidades cristianas donde los creyentes se sientan acogidos y acompañados. Parroquias donde las personas puedan compartir amistosamente su fe, sentirse unidas en una misma esperanza y ayudarse mutuamente a vivir.
Esta puede ser una de las aportaciones más decisivas de la Iglesia a tantos hombres y mujeres que necesitan urgentemente de una comunidad para reavivar su fe y vivir de manera más humana. Esta puede ser también una buena forma de hacer presente a Cristo en la sociedad moderna. Recordemos su promesa: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. »

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
9 de septiembre de 1990

A SOLAS ENTRE LOS DOS

A solas entre los dos.

Son muchos los factores que constantemente deterioran nuestras relaciones personales dentro de la familia, entre vecinos y compañeros de trabajo o en la convivencia diaria.
La comunicación queda fácilmente bloqueada, sobre todo, cuando constatamos que el otro ha actuado de manera injusta o desleal. Nos sentimos como justificados para excluirlo de nuestra aceptación amistosa y encerrarnos en un juicio destructor.
Puesto que el otro ha actuado mal, no consideramos necesario analizar nuestra postura. Nos parece «normal» retirar nuestra amistad y bloquear nuestra mirada y nuestro corazón.
Así, sin apenas darnos cuenta, nuestras relaciones se empobrecen, ahogadas por la decepción, las acusaciones inflexibles y las mutuas condenas.
No es éste el camino acertado para crecer. Jesús nos anima a adoptar una postura positiva, orientada a salvar la relación con el hermano, sin buscar su desprestigio o su condena, sino únicamente el bien. Sorprendentemente, Jesús indica que es «el ofendido» el que ha de tomar la iniciativa para facilitar la reconciliación.
Esta postura positiva exige un corazón sencillo y grande, pues se trata de acercarnos al que ha actuado mal, sin juicios humillantes ni condenas definitivas, sino movidos por un deseo interior de paz y de reconciliación sincera.
De poco sirve condenar desde una actitud de superioridad moral o desde unos principios rígidos e inflexibles, si falta esta actitud interior de acogida amistosa.
Es necesario escuchar al otro sin prisas, darle la posibilidad de «explicarse», dejar que nos comunique su manera de vivir y sentir todo aquello, sin que se vea humillado o rechazado.
No basta decir: «Si ya le conozco», « ¿Para qué vamos a hablar si todo va a seguir igual?», «Como si no supiera qué clase de persona es», «Me ha decepcionado para siempre», «Ya nada será como antes».
Todos cometemos fallos y equivocaciones. Todos tenemos momentos malos y necesitamos poder empezar de nuevo, contar con una nueva oportunidad. Hay que seguir creyendo en el amigo, en la esposa, en el compañero aunque hayamos de ser críticos para ayudarle a salir de su error.
Cuántos matrimonios y cuántas relaciones amistosas hubieran seguido creciendo, si hubiera existido este diálogo clarificador y constructivo «a solas entre los dos», como dice el evangelio.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
6 de septiembre de 1987

EN SU NOMBRE

Allí estoy yo en medio de ellos.

Está muy extendida entre nosotros la idea de que la fe es un asunto puramente individual que cada uno ha de resolver en lo íntimo de su conciencia.
Por eso, no resulta nada extraña la actitud de quienes, sintiéndose cristianos, creen poder alimentar su fe sin vincularse con ninguna comunidad creyente.
Hay también quienes van seleccionando su propia comunidad según sus gustos, su sensibilidad religiosa o, sencillamente, la comodidad del momento.
Incluso, no es raro en núcleos urbanos algo densos, el encontrarse hoy con cristianos que ignoran cuál es la comunidad parroquial a la que pertenecen y desconocen el templo al que son invitados como miembros de la Iglesia.
Y, sin embargo, la fe no es sólo una experiencia que se vive individualmente ni un proceso interior que se alimenta en la intimidad del propio corazón.
El verdadero creyente alimenta su fe en el seno de una comunidad compartiendo con otros hombres y mujeres la misma esperanza en el Dios de Jesucristo.
Sin duda, las comunidades concretas que cada uno conocemos no son como quisiéramos. Las celebraciones litúrgicas en que tomamos parte nos pueden resultar a veces aburridas y hasta penosas. Es fácil entonces la tentación de distanciarnos poco a poco.
Pero puede ser también el momento de creer y vivir con realismo y humildad la presencia de Cristo en medio de los creyentes. Nuestra mediocridad no impide que se cumplan sus palabras: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
En medio de esa modesta asamblea de hombres y mujeres agitados por deseos, conflictos y esperanzas tan diferentes, está El.
En esas oraciones pronunciadas distraídamente por unos y murmuradas con fe sincera por otros, en esos cantos salidos a veces del exterior de los labios y nacidos otras del hondo del corazón, está El.
En ese evangelio escuchado distraídamente o acogido con fe, en esa comunión recibida rutinariamente o anhelada con verdadera hambre, está El.
Su presencia la pueden percibir aquellos que saben «reunirse en su nombre». Los que buscan algo más que un clima grato o una liturgia acomodada a sus gustos. Los que saben sentirse solidarios de las alegrías y las penas de los hermanos. Los que saben invocarle no sólo desde su corazón sino desde el corazón de esta humanidad necesitada del Dios de la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
9 de septiembre de 1984

AYUDARNOS A SER MEJORES

Repréndelo a solas.

Cansados por la experiencia diaria, nacen a veces en nosotros preguntas inquietantes y sombrías. ¿Podemos ser los hombres mucho mejores? ¿Podemos cambiar nuestra vida de manera decisiva? ¿Transformar nuestras actitudes equivocadas y adoptar un comportamiento nuevo?
Con frecuencia, lo que vemos, lo que escuchamos, lo que respiramos en torno a nosotros, no nos ayuda a ser mejores, no eleva nuestro espíritu ni nos anima a ser más humanos.
Por otra parte, se diría que hemos perdido capacidad para adentramos en nuestra propia conciencia, descubrir nuestro pecado y renovar nuestra existencia.
No queremos interrogarnos a nosotros mismos. El tradicional examen de conciencia» que nos ayudaba a hacer un poco de luz en nuestra existencia, ha quedado arrinconado como algo ridículo y sin utilidad alguna. No queremos inquietar nuestra tranquilidad.
Preferimos seguir ahí, «sin interioridad», sin abrirnos a ninguna llamada, sin despertar responsabilidad alguna. Indiferentes a todo lo que pueda interpelar nuestra vida, empeñados en asegurar nuestra pequeña felicidad por los caminos egoístas de siempre.
¿Cómo despertar en nosotros la llamada al cambio? ¿Cómo sacudirnos de encima la pereza? ¿Cómo recuperar el deseo de la bondad, la generosidad o la nobleza? ¿Cómo experimentar de nuevo la necesidad de vivir en la verdad?
Los creyentes deberíamos escuchar hoy más que nunca la llamada de Jesús a corregimos y ayudarnos mutuamente a ser mejores.
Jesús nos invita, sobre todo, a actuar con paciencia y sin precipitación, acercándonos de manera personal y amistosa a quien está actuando de manera equivocada. «Si tu hermano peca, repréndelo a solas, entre los dos. Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano».
Cuánto bien nos puede hacer a todos esa crítica amistosa y leal, esa observación oportuna, ese apoyo sincero en el momento en que nos habíamos desorientado.
Todo hombre es capaz de salir de su pecado y volver a la razón y a la bondad. Pero necesita con frecuencia encontrarse con alguien que le ame de verdad, le invite a interrogarse y le contagie un deseo nuevo de verdad y generosidad.
Quizás lo que más cambia a muchas personas no son las grandes ideas ni los pensamientos hermosos, sino el haberse encontrado en la vida con alguien que ha sabido acercarse a ellas amistosamente y las ha ayudado a renovarse.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
6 de septiembre de 1981

RESPONSABILIDAD CRÍTICA

Si tu hermano peca, repréndelo.

Son muchos los observadores que insisten en el crecimiento de la apatía y el pasotismo en nuestra sociedad y nos hablan del aburrimiento, el escepticismo y la frivolidad cada vez mayor de nuestra cultura.
Se ha dicho que nuestra sociedad es «productora de apatía» y estudios autorizados señalan que podemos llamar con todo derecho «masa inerte» o «los sin opinión» a cerca de un setenta y dos por ciento de la población.
Son los que viven su vida «desinteresados» de todo lo que no sea su pequeña felicidad. Los que «pasan» de todo. Los que han decidido «no saber» nada de lo que ocurre a su alrededor. Los que prescinden de todo planteamiento social serio.
No es éste el momento de analizar las causas que, sin duda, son muchas y complejas: la atmósfera artificial de producción y consumo de nuestra sociedad industrial, el uniformismo de ideas y gustos implantados por los «mass media», la falta de respuestas políticas convincentes...
Sin simplificar demasiado, podríamos describir tres actitudes fundamentales ante el momento que vivimos:
Muchos se adaptan sumisos a la situación. Se han convertido en «máquinas que rinden y consumen». Hombres y mujeres «domesticados» que buscan su seguridad capitulando y acomodándose a las circunstancias. Gentes que se sienten quizás libres aunque sólo sean «esclavos contentos». Personas que han olvidado que el ser humano ha nacido para la libertad, la creatividad, el amor, la amistad, la solidaridad.
Hay otros que reaccionan rechazándolo todo, y buscan su libertad en la huída. Se niegan a ser sometidos por el sistema, huyendo «fuera del mundo». Puesto que no se puede cambiar nada, se abandona toda esperanza. Son los que dimiten de su propia responsabilidad y se niegan a la participación y a la lucha.
Pero hay también quienes no renuncian a la esperanza y viven en lucha constante por lograr «un hombre nuevo». Hombres y mujeres con un sentido profundamente crítico de la sociedad, rebeldes a los abusos, injusticias y manipulaciones que nos deshumanizan, valientes para levantar su voz de protesta frente a las injusticias concretas, sinceros y lúcidos para condenar el pecado propio y ajeno, incansables para promover todo lo que nos puede humanizar.
Tenemos que preguntarnos cuál es nuestra postura, al escuchar las palabras de Jesús: «Si tu hermano peca, repréndelo... Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano».

José Antonio Pagola

HOMILIA

Lo primero es la vida

Se ha dicho que las religiones han sido origen de lo mejor y también de lo peor que se ha vivido a lo largo de la historia. No sé si es así. Lo cierto es que las religiones han cometido y siguen cometiendo graves agresiones contra la vida, la libertad y la dignidad de las personas.
Por eso es tan importante caer en la cuenta de que, para Jesús, lo primero no es la religión sino la vida. Lo decisivo es ver si la religión da vida o produce muerte, si potencia la libertad y dignidad de las personas o si conduce hacia la mediocridad y el aburrimiento. Esa es la disyuntiva: ¿para qué es la religión? ¿para dar vida o para dar muerte?
Los exégetas señalan tres rasgos básicos en la actuación de Jesús, que permiten captar el núcleo de su religión.
En la curación de enfermos se revela su interés por una vida sana, liberada del sufrimiento y del mal. En la expulsión de demonios se desvela su lucha por una vida rescatada de la humillación, la indignidad y la esclavitud. En el perdón a los pecadores se manifiesta, su empeño por liberar de la culpabilidad, la desconfianza y el miedo a Dios.
Para Jesús, Dios es «Amigo de la vida». Su actuación y su mensaje no dejan lugar a dudas: La religión ha de servir para potenciar la vida y la dignidad de las personas, no para adormecerlas o empequeñecerlas. Cualquier otra forma de entender y vivir la religión queda lejos del proyecto salvador de Jesús.
Desde su nacimiento, el cristianismo cuidó con esmero el encuentro semanal de los seguidores de Jesús. Esta reunión era vivida con tal hondura que Mateo pone en boca de Jesús estas palabras: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Hoy, después de veinte siglos, la misa dominical sigue siendo el acto religioso más importante de los cristianos, pero ¿nos reunimos en el nombre de Jesús? ¿se hace él presente entre nosotros?
No son pocas las preguntas que hemos de hacernos los cristianos: ¿es Jesús quien reaviva nuestros encuentros religiosos?, ¿dónde está su fuerza para contagiar vitalidad y despertar nuestra dignidad?, ¿dónde ha quedado el fuego que quiso encender en el corazón de los hombres?, ¿qué hemos hecho de sus palabras llenas de vida?

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

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lunes, 25 de agosto de 2014

31/08/2014 - 22º domingo Tiempo ordinario (A)

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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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22º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
-«¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
-«Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos:
-«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará.
¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?
¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
31 de agosto de 2014

APRENDER A PERDER

El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierde por mí, la encontrará”. Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.
El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación, la otra a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.
El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio “yo” la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.
El segundo camino consiste en saber perder, viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien sino también el bien de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.
Jesús está hablando desde su fe en un Dios Salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una Humanidad dividida y fragmentada, donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países, su propio bienestar; los individuos, su propio interés?
La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del “tener siempre más”. Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien, necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.
Buscamos insaciablemente bienestar, pero ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos “progresar” cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humano en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar, cerrando nuestras fronteras a los hambrientos?
Si los países privilegiados solo buscamos “salvar” nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo, hemos de aprender a perder.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
28 de agosto de 2011

DETRÁS DE JESÚS

Jesús pasó algún tiempo recorriendo las aldeas de Galilea. Allí vivió los mejores momentos de su vida. La gente sencilla se conmovía ante su mensaje de un Dios bueno y perdonador. Los pobres se sentían defendidos. Los enfermos y desvalidos agradecían a Dios su poder de curar y aliviar su sufrimiento. Sin embargo no se quedó para siempre entre aquellas gentes que lo querían tanto.
Explicó a sus discípulos su decisión: «tenía que ir a Jerusalén», era necesario anunciar la Buena Noticia de Dios y su proyecto de un mundo más justo, en el centro mismo de la religión judía. Era peligroso. Sabía que «allí iba a padecer mucho». Los dirigentes religiosos y las autoridades del templo lo iban a ejecutar. Confiaba en el Padre: «resucitaría al tercer día».
Pedro se rebela ante lo que está oyendo. Le horroriza imaginar a Jesús clavado en una cruz. Sólo piensa en un Mesías triunfante. A Jesús todo le tiene que salir bien. Por eso, lo toma aparte y se pone a reprenderle: «No lo permita Dios, Señor. Eso no puede pasarte».
Jesús reacciona con una dureza inesperada. Este Pedro le resulta desconocido y extraño. No es el que poco antes lo ha reconocido como "Hijo del Dios vivo". Es muy peligroso lo que está insinuando. Por eso lo rechaza con toda su energía: «Apártate de mí Satanás». El texto dice literalmente: «Ponte detrás de mí». Ocupa tu lugar de discípulo y aprende a seguirme. No te pongas delante de mí desviándonos a todos de la voluntad del Padre.
Jesús quiere dejar las cosas muy claras. Ya no llama a Pedro «piedra» sobre la que edificará su Iglesia; ahora lo llama «piedra» que me hace tropezar y me obstaculiza el camino. Ya no le dice que habla así porque el Padre se lo ha revelado; le hace ver que su planteamiento viene de Satanás.
La gran tentación de los cristianos es siempre imitar a Pedro: confesar solemnemente a Jesús como "Hijo del Dios vivo" y luego pretender seguirle sin cargar con la cruz. Vivir el Evangelio sin renuncia ni coste alguno. Colaborar en el proyecto del reino de Dios y su justicia sin sentir el rechazo o la persecución. Queremos seguir a Jesús sin que nos pase lo que a él le pasó.
No es posible. Seguir los pasos de Jesús siempre es peligroso. Quien se decide a ir detrás de él, termina casi siempre envuelto en tensiones y conflictos. Será difícil que conozca la tranquilidad. Sin haberlo buscado, se encontrará cargando con su cruz. Pero se encontrará también con su paz y su amor inconfundible. Los cristianos no podemos ir delante de Jesús sino detrás de él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
31 de agosto de 2008

LO QUE TUVO QUE OÍR PEDRO

Quítate de mi vista, Satanás.

La aparición de Jesús provocó en los pueblos de Galilea sorpresa, admiración y entusiasmo. Los discípulos soñaban con el éxito total. Jesús, por el contrario, sólo pensaba en la voluntad del Padre. Quería cumplirla hasta el final.
Por eso empezó a explicar a sus discípulos lo que le esperaba. Su intención era subir a Jerusalén a pesar de que allí iba a «sufrir mucho» precisamente «por parte de» los dirigentes religiosos. Su muerte entraba en los designios de Dios como consecuencia inevitable de su actuación. Pero el Padre lo iba a resucitar. No se quedaría pasivo e indiferente.
Pedro se rebela ante la sola idea de imaginar a Jesús crucificado. No lo quiere ver fracasado. Sólo quiere seguir a Jesús victorioso y triunfante. Por eso, lo «toma aparte», lo presiona y «lo increpa» para que se olvide de lo que acaba de decir: «No lo permita Dios! No te puede pasar a ti eso».
La respuesta de Jesús es muy fuerte: «Quítate de mi vista, Satanás». No quiere ver a Pedro ante sus ojos, porque «le hace tropezar», es un obstáculo en su camino. «Tú no piensas como Dios, sino como los hombres». Tienes una manera de pensar que no es la del Padre que piensa en la felicidad de todos sus hijos e hijas, sino la de hombres que sólo piensan en su bienestar y sus intereses. Eres la encamación de Satanás.
Cuando Pedro se abre con sencillez a la revelación del Padre, confiesa a Jesús como Hijo del Dios vivo y se convierte en «Roca» sobre la que Jesús puede construir su Iglesia. Cuando, siguiendo intereses humanos, pretende apartar a Jesús del camino de la cruz, se convierte en «Tentador satánico» (!).
Los autores subrayan que Jesús dice literalmente a Pedro: «Ponte detrás de mí, Satanás». Ese es tu sitio. Colócate como seguidor fiel detrás de mí. No pretendas pervertir mi vida orientando mi proyecto hacia el poder y el triunfo.
Es «satánico» confesar a Jesús como «Hijo del Dios Vivo», y no seguirle en su camino hacia la cruz. Si en la Iglesia de hoy seguimos actuando como Pedro, tendremos que oír también nosotros lo que él tuvo que oír de labios de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
28 de agosto de 2005

ARRIESGARLO TODO

El que la pierda por mí, la encontrará.

No es fácil asomarse al mundo interior de Jesús, pero en su corazón podemos intuir una doble experiencia: su identificación con los últimos y su confianza total en el Padre. Por una parte, sufría con la miseria, injusticia, desgracias y enfermedades que hacen sufrir tanto. Por otra, confiaba totalmente en ese Dios Padre que nada quiere más que arrancar de la vida lo que es malo y hace sufrir a sus hijos.
Jesús estaba dispuesto a todo por hacer realidad el deseo de Dios y por ver cuanto antes un mundo diferente: el mundo que quería el Padre. Y, como es natural, quería ver entre sus seguidores la misma actitud. Si seguían sus pasos, debían compartir su pasión por Dios y su disponibilidad total al servicio de su reino. Quería encender en ellos el fuego que llevaba dentro.
Hay frases que lo dicen todo. Las fuentes cristianas han conservado, con pequeñas diferencias, un dicho dirigido por Jesús a sus discípulos: «Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí, la encontrará». Con estas palabras tan paradójicas, Jesús les está invitando a vivir como él: agarrarse ciegamente a la vida puede llevar a perderla; arriesgarla de manera generosa y valiente puede llevar a salvarla.
El pensamiento de Jesús es claro. El que camina tras él, pero sigue aferrado a las seguridades, metas y expectativas que le ofrece su vida, puede terminar perdiendo el mayor bien de todos: la vida vivida según el proyecto de Dios. Por el contrario, el que lo arriesga todo por seguirle, encontrará vida entrando con él en el reino de Dios.
Quien sigue a Jesús tiene con frecuencia la sensación de estar «perdiendo la vida» por una utopía inalcanzable: ¿No estamos echando a perder nuestros mejores años soñando con Jesús? ¿No estamos gastando nuestras mejores energías por una causa inútil?
¿Qué hacía Jesús cuando se veía turbado por este tipo de pensamientos oscuros? Identificarse todavía más con los que sufren y seguir confiando en ese Padre que ofrece una vida que no puede deducirse de lo que ahora experimentamos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
1 de septiembre de 2002

CONTRA LA MUERTE DEL ESPÍRITU

¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero...?

Es un Manifiesto diferente. Lo lanzaron hace unos años el escritor colombiano, Álvaro Mutis, premio Cervantes y el editor Javier Ruiz Portella. No está redactado para denunciar políticas, repudiar injusticias económicas o protestar contra actividades sociales específicas. Su voz quiere alertar sobre algo más profundo y más grave: el riesgo de que quede aniquilada la vida del espíritu.
Según el Manifiesto, una «profunda pérdida de sentido conmueve a la sociedad contemporánea». Todo se ha reducido a «preservar y mejorar la vida material». Muchos viven sólo para trabajar, producir, consumir y divertirse. El fondo del problema está en que el hombre se ha proclamado no sólo «dueño de la naturaleza», sino también «dueño y señor del sentido».
Para los autores del Manifiesto, lo que peligra hoy no son los beneficios materiales alcanzados por la ciencia y la técnica, es la vida del espíritu la que se ve amenazada. La pregunta de fondo es ésta: «para qué vivimos y morimos nosotros. los hombres que creemos haber dominado el mundo..., el mundo material, se entiende?, ¿cuál es nuestro sentido, nuestro proyecto, nuestros símbolos..., estos valores sin los que ningún hombre ni ninguna colectividad existirían?, ¿cuál es nuestro destino?» Si ésta es la pregunta que da sentido a cualquier civilización, hoy tendríamos que decir que «nuestro destino es estar privados de destino, es carecer de todo destino que no sea nuestro inmediato sobrevivir». Lo más angustioso es que, salvo algunas voces aisladas, la muerte del espíritu «parece dejar a nuestros contemporáneos sumidos en la más completa de las indiferencias».
Mientras leía el Manifiesto, resonaban en mí las palabras de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? o ¿qué podrá dar para recobrarla?»
Este texto, traducido de manera incorrecta, ha sido leído en estos términos: ¿de qué le sirve al hombre ganar este mundo si al final pierde su alma y se queda sin la vida eterna? Las palabras de Jesús tienen otro sentido: ¿De qué le sirve al ser humano ganarlo todo si se pierde él? Hay algo de valor infinito en la persona, que, si se pierde, no puede ser recuperado con nada.
El Manifiesto habla también de un sentido y un misterio que transciende al ser humano y que hoy se está olvidando. Sin tomar una posición religiosa, los firmantes se preguntan, sin embargo, si no hemos de plantearnos, sobre bases radicalmente nuevas, «la cuestión que la modernidad había creído olvidar para siempre. la cuestión de Dios».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
29 de agosto de 1999

¿FE CONGELADA?

...y me siga.

Creer en Dios no es algo estático, una manera de pensar o de sentir que se conserva congelada en algún rincón interior de la persona. La fe consiste en vivir confiando en Dios, y la vida es la vida; no se congela en ningún momento; está llamada a crecer y desarrollarse. Cuando se vive ante Dios, no es posible quedarse siempre en el mismo punto. El creyente busca siempre vivir con más hondura. Repiensa las decisiones pasadas y toma otras nuevas. Trata de vivir siempre con más coherencia y dignidad. Lucha, cae, se arrepiente, vuelve a empezar... pero no permanece inerte.
Por eso, ser cristiano no consiste sólo en evitar el pecado. En nuestras vidas siempre hay pecado porque hay arrogancia, egoísmo, orgullo, exclusión del otro, acaparamiento y muchas cosas más. El creyente no es perfecto, pero es de corazón inquieto. Su fe le lleva a reconocer su pecado para reaccionar, levantarse, reorientar su vida, crecer.
Los primeros cristianos nunca entendieron su fe en Cristo de manera estática y repetitiva. Pensaron más bien en un proceso de crecimiento constante. Para ellos, ser cristiano consiste en «seguir» a Jesús, caminar tras sus huellas, aprender a vivir como él, reproducir su estilo de vida sencillo, fraterno, cercano al sufrimiento ajeno, abierto a la confianza en Dios.
Por eso, cuando se nos pregunta si somos cristianos, no deberíamos responder sin más: «Sí, soy cristiano». Deberíamos decir: «Me voy haciendo cristiano», «estoy tratando de seguir con más verdad a Cristo», «no quiero que se me escape la vida sin aprender a vivir como El». Con este lenguaje modesto y realista solía hablar K Rahner, uno de los teólogos más lúcidos del siglo veinte.
Ciertamente, es arriesgado y exigente seguir a Cristo: no se puede servir al Dios de Jesús y dedicarse sólo a ganar dinero; no es posible enfrentarse al futuro como él y volver la mirada atrás; se corre el riesgo de verse sin apoyo donde reclinar la cabeza. Pero es una manera apasionante de entender y afrontar la vida. A pesar de su mediocridad, el verdadero creyente se da cuenta de que nada ni nadie podría poner un estímulo más vigoroso y una fuerza más apasionante en su vida que este planteamiento de «seguir» a Jesús. Un planteamiento que nunca se sabe exactamente hasta dónde nos puede llevar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
1 de septiembre de 1996

LA CRUZ ES OTRA COSA

Que cargue su cruz y me siga.

Es difícil no sentir desconcierto y malestar al escuchar una vez más las palabras de Jesús: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. » Entendemos muy bien la reacción de Pedro que, al oír a Jesús hablar de rechazo y sufrimiento «se lo lleva aparte y se pone a increparlo». Dice el teólogo mártir D. Bonhoffer que esta reacción de Pedro «prueba que, desde el principio, la Iglesia se ha escandalizado del Cristo sufriente. No quiere que su Señor le imponga la ley del sufrimiento.»
Este escándalo puede hacerse hoy insoportable para los que vivimos en lo que Kolakowsky llama «la cultura de analgésicos», esa sociedad obsesionada por eliminar el sufrimiento y malestar por medio de toda clase de drogas, narcóticos y evasiones.
Si queremos clarificar cuál ha de ser la actitud cristiana, hemos de comprender bien en qué consiste la cruz para el cristiano, pues puede suceder que nosotros la pongamos donde Jesús nunca la puso.
Nosotros llamamos fácilmente «cruz» a todo aquello que nos hace sufrir, incluso a ese sufrimiento que aparece en nuestra vida generado por nuestro propio pecado o manera equivocada de vivir. Pero no hemos de confundir la cruz con cualquier desgracia, contrariedad o malestar que se produce en la vida.
La cruz es otra cosa. Jesús llama a sus discípulos a que le sigan fielmente y se pongan al servicio de un mundo más humano: el Reino de Dios. Esto es lo primero. La cruz no es sino el sufrimiento que se producirá en nuestra vida como consecuencia de ese seguimiento. El destino doloroso que habremos de compartir con Cristo, si seguimos realmente sus pasos. Por eso, no hemos de confundir el «llevar la cruz» con posturas masoquistas o actitudes de resignación estéril, falsa mortificación o lo que P Evdokimov llama «ascetismo barato» e individualista.
Por otra parte, hemos de entender correctamente ese «negarse a sí mismo» que pide Jesús para cargar con la cruz y seguirle. «Negarse a sí mismo» no significa mortificarse de cualquier manera, castigarse a sí mismo y, menos aún, anularse o autodestruirse. «Negarse a sí mismo» es no vivir pendiente de uno mismo, olvidarse del propio «ego» para construir la existencia sobre Jesucristo. Liberarnos de nosotros mismos para adherirnos radicalmente a él. Dicho de otra manera, «llevar la cruz» significa seguir a Jesús dispuestos a asumir la inseguridad, la conflictividad, el rechazo y la persecución que hubo de padecer el mismo Crucificado.
Pero los creyentes no vivimos la cruz como derrotados, sino como portadores de una esperanza final. Todo el que pierda su vida por Jesucristo la encontrará. El Dios que resucitó a Jesús nos resucitará también a una vida plena.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
29 de agosto de 1993

CON DISCRECION

Que cargue con su cruz y me siga.

No es fácil hablar del sufrimiento. Siempre recordaré las palabras de aquel Arzobispo de París, cardenal Veuillot, que, en medio de los agudos sufrimientos de un cáncer en fase terminal, decía así: «Nosotros sabemos decir frases hermosas sobre el sufrimiento. Yo mismo he hablado de ello con calor. Decid a los sacerdotes que no digan nada. Nosotros ignoramos lo que es sufrir, y yo ahora lloro sufriendo.»
Los que han sufrido o sufren intensamente, conocen la verdad que encierran estas palabras. Los demás hemos de escucharlas con atención, para que nuestra reflexión sea humilde y discreta. Ante el misterio del sufrimiento poco podemos hacer si no es estar cerca de quien sufre.
El sufrimiento rompe todas nuestras seguridades y certezas. Antes, la vida nos parecía, tal vez, sólida y tranquila: proyectos, amor, trabajo, familia... Ahora, todo nos parece vano y sin sentido. De pronto descubrimos la fragilidad de todo, esa «tristeza de la finitud» de la que habla P Ricoeur.
Al mismo tiempo, el sufrimiento parece hundirnos en la soledad extrema. ¿Quién puede llegar a entendernos de verdad? Las palabras y los gestos de las personas más cercanas quedan lejos de lo que estamos viviendo por dentro. A pesar de sus esfuerzos y su buena voluntad, hay una especie de impotencia inevitable en todos los que se acercan a aliviarnos.
No sirven entonces las bellas teorías sobre el sentido del dolor ni los discursos espirituales sobre el valor del sufrimiento. Uno mismo tiene que aprender a seguir siendo humano en medio de lo que parece absurdo y sin sentido.
Las reacciones ante el sufrimiento pueden ser muy variadas. Hay quienes se rebelan hasta el agotamiento y la desesperación. No pocos se dejan destruir por la angustia y la ansiedad. Otros buscan la evasión y el autoengaño. Bastantes se encierran en su propio sufrimiento aislándose de todo lo que pudiera aportarles alivio o consuelo. En realidad, no es fácil ser dueño de sí mismo en medio del dolor.
El cristiano no tiene una «receta mágica» para superar el sufrimiento. No conoce el sentido último del mal. No se siente tampoco un «superhombre» inaccesible a la angustia o la desesperación. Como todo ser humano se sabe frágil e impotente ante el dolor.
La fuerza y la luz le llegan al creyente desde el Crucificado. En la cruz no hay teorías ni discursos hermosos. Sólo hay un Dios que sufre en silencio con nosotros. Un Dios cercano, amigo del hombre. Un Dios que arrastra la historia doliente de la humanidad hacia su salvación. De ahí las palabras del Maestro:
«Quien quiera venirse conmigo... que cargue con su cruz y me siga

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
2 de septiembre de 1990

ANTE EL SUFRIMIENTO

Que cargue su cruz y me siga.

Pocos aspectos del mensaje evangélico han sido tan distorsionados y desfigurados como la llamada de Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos cristianos tengan ideas bastante confusas sobre la actitud cristiana a adoptar ante el sufrimiento.
Recordemos algunos datos que no hemos de ignorar si queremos seguir al Crucificado con mayor fidelidad.
En Jesús no encontramos ese sufrimiento que hay tantas veces en nosotros, generado por nuestro propio pecado o nuestra manera desacertada de vivir. Jesús no ha conocido los sufrimientos que nacen de la envidia, el resentimiento, el vacío interior o el apego egoísta a las cosas y a las personas.
Hay, por tanto, en nuestra vida un sufrimiento (según los expertos, puede llegar en algunas personas al 90% de su sufrimiento) que hemos de ir suprimiendo de nosotros precisamente si queremos seguir a Cristo.
Por otra parte, Jesús no ama ni busca arbitrariamente el sufrimiento ni para El m para los demás, como si el sufrimiento encerrara algo especialmente grato a Dios.
Es una equivocación creer que uno sigue más de cerca a Cristo porque busca sufrir arbitrariamente y sin necesidad alguna. Lo que agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume el sufrimiento en seguimiento fiel a Cristo.
Jesús, además, se compromete con todas sus fuerzas para hacer desaparecer de entre los hombres el sufrimiento. Toda su vida ha sido una lucha constante por arrancar al ser humano de ese sufrimiento que se esconde en la enfermedad, el hambre, la injusticia, los abusos, el pecado, la muerte.
El que quiera seguirle no podrá ignorar a los que sufren. Al contrario, su primera tarea será quitar sufrimiento de la vida de los hombres. Como ha dicho un teólogo, «no hay derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás» (Larrañeta).
Por último, cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento provocado por quienes se oponen a su misión, no lo rehuye, sino que lo asume en una actitud de fidelidad total al Padre y de servicio incondicional a los hombres.
Antes que nada, «tomar la cruz» es seguir fielmente a Cristo y aceptar las consecuencias dolorosas que se seguirán, sin duda, de este seguimiento.
Hay rechazos, padecimientos y daños que el cristiano ha de asumir siempre. Es el sufrimiento que sólo podríamos hacer desaparecer de nuestra vida dejando de seguir a Cristo. Ahí está para cada uno de nosotros la cruz que hemos de llevar detrás de él.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
30 de agosto de 1987

SUFRIR

Que cargue con su cruz y me siga.

Querámoslo o no, el sufrimiento está incrustado en el interior mismo de nuestra experiencia humana y sería una ingenuidad tratar de soslayarlo.
A veces, es el dolor físico que sacude nuestro organismo. Otras, el sufrimiento moral, la muerte del ser querido, la amistad rota, el conflicto, la inseguridad, el miedo o la depresión.
El sufrimiento intenso e inesperado que pronto pasará o la situación penosa que se prolonga consumiendo nuestro ser y destruyendo nuestra alegría de vivir.
A lo largo de la historia, han sido muy diversas las posturas que el hombre ha adoptado ante el mal.
Los estoicos han creído que la postura más humana era enfrentarse al dolor y aguantarlo con dignidad. La escuela de Epicuro propagó una actitud pragmática: huir del sufrimiento disfrutando al máximo mientras se pueda. El budismo, por su parte, intenta arrancar el sufrimiento del corazón del hombre suprimiendo o negando “el deseo”.
Luego, en la vida diaria, cada uno se defiende como puede. Unos se rebelan ante lo inevitable; otros adoptan una postura de resignación; hay quienes se hunden en el pesimismo y el victimalismo; alguno, por el contrario, necesita sufrir para sentirse vivo...
Jesús nos invita a cargar con nuestra cruz y seguirle a él. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a ver qué actitud adopta concretamente ante el sufrimiento.
Jesús no hace de su sufrimiento el centro en torno al cual han de girar los demás. Al contrario, el suyo es un dolor solidario, abierto a los demás, fecundo.
No adopta una actitud victimista. No vive compadeciéndose de sí mismo sino escuchando los padecimientos de los demás. No se queja ni lamenta de su situación. Está atento más bien a los lamentos y lágrimas de los que le rodean.
No se agobia con fantasmas de posibles sufrimientos futuros. Vive cada momento acogiendo y regalando la vida que recibe del Padre. Su sabia consigna dice así: «No os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día 1e bastan sus disgustos» (Mt6, 34).
Y por encima de todo, confía en el Padre, se pone serenamente en sus manos. E, incluso, cuando la angustia le ahoga el corazón, de sus labios sólo brota una plegaria: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
2 de septiembre de 1984

ESTROPEAR LA VIDA

¿De qué le sirve ganar el mundo entero...?

Casi sin darnos cuenta, hemos construido una sociedad donde lo importante es «obtenerlo todo y ahora mismo».
Una educación excesivamente permisiva, una falta casi total de autodisciplina, un ambiente social lleno de estímulos que nos empujan sólo a ganar, gozar, gastar y disfrutar, el miedo a no vivir intensamente, el temor a aparecer como fracasados y reprimidos… nos está llevando a un estilo de vida donde la renuncia no tiene ya lugar alguno.
Pero comenzamos a constatar que no es ése el camino acertado para vivir en plenitud.
Cuando, sistemáticamente, vamos satisfaciendo nuestros deseos de manera inmediata, no crecemos como hombres. No acertamos a saborear con gozo la satisfacción obtenida. Nuestro espíritu no se aquieta. Siempre surge un nuevo deseo más apremiante y excitante que el anterior.
Y comenzamos a vivir en tensión, sin saber ya cómo saciar nuestros deseos e insatisfacciones cada vez más voraces. Y la existencia se nos convierte en una carrera alocada donde lo único que nos llena es tener siempre más y disfrutar con mayor intensidad.
Y tras la satisfacción lograda, de nuevo el vacío, el decaimiento, la tristeza y el hastío. Y de nuevo, vuelta a empezar, atrapados en una trampa que no tiene salida hacia la verdadera libertad.
Quizás esta experiencia nos puede ayudar a entender mejor las palabras de Jesús: «¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla?».
Lo queramos o no, el hombre madura y crece, cuando sabe renunciar a la satisfacción inmediata y caprichosa de todos sus deseos en aras de una libertad, unos valores y una plenitud de vida más noble, digna y enriquecedora.
Todavía más. Si uno quiere obtenerlo todo ahora, inmediatamente, a cualquier precio y de cualquier manera, sin abrirse a una vida futura, eterna y definitiva, corre el riesgo de perderse definitivamente.
¿No hemos de introducir en nuestras vidas una dosis mayor de renuncia, sana austeridad y simplicidad en el vivir?
El que quiere seguir a Jesús hasta la plenitud de la resurrección ha de saber vivir de manera crucificada.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
30 de agosto de 1981

RENUNCIAR

...que se niegue a si mismo.

Alguien ha señalado como uno de los rasgos más característicos de la sociedad occidental la incapacidad para el sufrimiento y la renuncia.
Nuestra civilización del confort y la comodidad no quiere oír ni entender que no puede construirse un verdadero hombre sin renuncia y ascesis. No quiere saber que una sociedad incapaz de «renunciar» es una sociedad que avanza hacia su propia descomposición.
D. Sölle se pregunta «qué será de una sociedad que evita cómodamente determinadas formas de sufrimiento». Y nos recuerda todo un conjunto de hechos cada vez más frecuentes entre nosotros.
¿Qué pensar de una sociedad que disuelve el matrimonio en cuanto ha comenzado a parecer insoportable la relación entre los dos cónyuges?
¿Qué decir de unas generaciones de padres y de hijos que cortan lo más rápidamente posible las relaciones entre sí, para evitar los conflictos y vivir con mayor tranquilidad?
¿Qué decir de una sociedad que saca rápidamente de casa a los inválidos y a los ancianos, y que borra de su memoria con toda prontitud el recuerdo de sus muertos?
¿Qué decir de una época en la que, cada vez con mayor naturalidad, se suprime la vida del niño, sin permitir el nacimiento de quien puede «estorbar» la vida de quienes lo han engendrado?
¿Qué decir de quienes no se detienen ante los derechos más fundamentales de las personas y actúan sin escrúpulo alguno, movidos sólo por el éxito económico, el triunfo social y las ansias de tener cada vez más?
Con una cierta ingenuidad hemos pensado que nos debemos liberar de toda renuncia o ascesis, sin darnos cuenta de que estamos así renunciando a la posibilidad de ser más humanos.
Incluso, hemos tratado de educar a nuestros hijos evitándoles todo contratiempo y sufrimiento innecesarios, sin darnos cuenta que así 1os incapacitábamos para el crecimiento humano en la lucha y la adversidad.
Las palabras de Jesús tantas veces rechazadas y despreciadas como «una moral de esclavos», pueden cobrar de nuevo toda su actualidad. «El que quiera venirse conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga».

José Antonio Pagola




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