lunes, 17 de julio de 2017

23-07-2017 - 16º domingo Tiempo ordinario (A)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.

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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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16º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 24-43

En aquel tiempo, Jesús propuso otra- parábola a la gente:
-«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
"Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?"
Él les dijo:
"Un enemigo lo ha hecho."
Los criados le preguntaron:
"¿Quieres que vayamos a recogerla?
Pero él les respondió:
"No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: «Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.»

[Les propuso esta otra parábola:
-«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»
Les dijo otra parábola:
-«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.»
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada.
Así se cumplió el oráculo del profeta:
«Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.»
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:
-«Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.»
Él les contestó:
-«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles.
Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.»]

Palabra de Dios.

HOMILIA

2016-2017 -
23 de julio de 2017

IMPORTANCIA DE LO PEQUEÑO

Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Todavía hay cristianos que añoran un Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles e imponga su religión a la sociedad entera.
Hemos de volver a leer dos pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre (el reino de Dios), sembrando pequeñas “semillas” de Evangelio e introduciéndose en la sociedad como pequeño “fermento” de vida humana.
La primera parábola habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene unos comienzos muy humildes, pero su fuerza transformadora no la podemos ahora ni imaginar.
La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia no es nada grandioso y espectacular: ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores es insignificante: los centros de poder lo ignoran.
Incluso, los mismos cristianos podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano vuelve una y otra vez a cometer los mismos horrores de siempre. No somos capaces de captar el lento crecimiento del reino de Dios.
La segunda parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla enteramente.
Así sucede con el proyecto humanizador de Dios. Una vez que es introducido en el mundo, va transformando calladamente la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna.
Hemos de confiar en Jesús. El reino de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios está ya trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Hemos de colaborar con él siguiendo a Jesús.
Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los pobres, siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio, y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2013-2014 -
20 de julio de 2014

IMPORTANCIA DE LO PEQUEÑO

(Ver homilía del ciclo A - 2016-2017)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
17 de julio de 2011

COMO FERMENTO

Con una audacia desconocida, Jesús sorprendió a todos proclamando lo que ningún profeta de Israel se había atrevido a decir: "Ya está aquí Dios con su fuerza creadora de justicia abriéndose camino en el mundo para hacer la vida de sus hijos más humana y dichosa". Es necesario cambiar. Hemos de aprender a vivir creyendo en esta Buena Noticia: el reino de Dios está llegando.
Jesús hablaba con pasión. Muchos se sentían atraídos por sus palabras. En otros surgían no pocas dudas. ¿No era todo una locura? ¿Dónde se podía ver la fuerza de Dios transformando el mundo? ¿Quién podía cambiar el poderoso imperio de Roma?
Un día Jesús contó una parábola muy breve. Es tan pequeña y humilde que, muchas veces, ha pasado desapercibida para los cristianos. Dice así: «Con el reino de Dios sucede como con la levadura que tomó una mujer y la escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó fermentado».
Aquella gente sencilla sabía de qué les estaba hablando Jesús. Todos habían visto a sus madres elaborar el pan en el patio de su casa. Sabían que la levadura queda "escondida", pero no permanece inactiva. De manera callada y oculta lo va fermentando todo desde dentro. Así está Dios actuando desde el interior de la vida.
Dios no se impone desde fuera, sino que transforma a las personas desde dentro. No domina con su poder, sino atrae con su amor hacia el bien. No fuerza la libertad de nadie sino que se ofrece para hacer más dichosa nuestra vida. Así hemos de actuar también nosotros si queremos abrir caminos a su reino.
Está comenzando un tiempo nuevo para la Iglesia. Los cristianos vamos a tener que aprender a vivir en minoría, dentro de una sociedad secularizada y plural. En muchos lugares, el futuro del cristianismo dependerá en buena parte del nacimiento de pequeños grupos de creyentes, atraídos por el evangelio y reunidos en torno a Jesús.
Poco a poco, aprenderemos a vivir la fe de manera humilde, sin hacer mucho ruido ni dar grandes espectáculos. Ya no cultivaremos tantos deseos de poder ni de prestigio. No gastaremos nuestras fuerzas en grandes operaciones de imagen. Buscaremos lo esencial. Caminaremos en la verdad de Jesús.
Siguiendo sus deseos, trataremos de vivir como "fermento" de vida sana en medio de la sociedad y como un poco de "sal" que se diluye humildemente para dar sabor evangélico a la vida moderna. Contagiaremos en nuestro entorno el estilo de vida de Jesús e irradiaremos la fuerza inspiradora y transformadora de su Evangelio. Pasaremos la vida haciendo el bien. Como Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - RECREADOS POR JESÚS
20 de julio de 2008

COMO FERMENTO

...se parece a la levadura

Jesús lo repetía una y otra vez: ya está aquí Dios tratando de trasformar el mundo; su reinado está llegando. No era fácil creerle. La gente esperaba algo más espectacular: ¿dónde están las «señales del cielo» de las que hablan los escritores apocalípticos? ¿Dónde se puede captar el poder de Dios imponiendo su reinado a los impíos?
Jesús tuvo que enseñarles a captar su presencia de otra manera. Todavía recordaba una escena que había podido contemplar desde niño en el patio de su casa. Su madre y las demás mujeres se levantaban temprano, la víspera del sábado, a elaborar el pan para toda la semana. A Jesús le sugería ahora la actuación maternal de Dios introduciendo su «levadura» en el mundo.
Con el reino de Dios sucede como con la «levadura» que una mujer «esconde» en la masa de harina para que «todo» quede fermentado. Así es la forma de actuar de Dios. No viene a imponer desde fuera su poder como el emperador de Roma, sino a trasformar desde dentro la vida humana, de manera callada y oculta.
Así es Dios: no se impone, sino trasforma; no domina, sino atrae. Y así han de actuar quienes colaboran en su proyecto: como «levadura» que introduce en el mundo su verdad, su justicia y su amor de manera humilde, pero con fuerza trasformadora.
Los seguidores de Jesús no podemos presentamos en esta sociedad como «desde fuera» tratando de imponemos para dominar y controlar a quienes no piensan como nosotros. No es ésa la forma de abrir camino al reino de Dios. Hemos de vivir «dentro» de la sociedad, compartiendo las incertidumbres, crisis y contradicciones del mundo actual, y aportando nuestra vida trasformada por el Evangelio.
Hemos de aprender a vivir nuestra fe «en minoría» como testigos fieles de Jesús. Lo que necesita la Iglesia no es más poder social o político, sino más humildad para dejarse trasformar por Jesús y poder ser fermento de un mundo más humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
17 de julio de 2005

MÁS QUE LO QUE SE VE

Se parece a un grano de mostaza.

Por lo general, tendemos a buscar a Dios en lo espectacular y prodigioso, no en lo pequeño e insignificante. Por eso, les resultaba difícil a los galileos creerle a Jesús cuando decía que Dios estaba ya actuando en el mundo. ¿Dónde se podía sentir su poder? ¿Dónde estaban las «señales extraordinarias» de las que hablaban los escritores apocalípticos?
Jesús tuvo que enseñarles a captar la presencia salvadora de Dios de otra manera. Les descubrió su gran convicción: la vida es más que lo que se ve. Mientras vamos viviendo de manera distraída sin captar nada especial, algo misterioso está sucediendo en el interior de la vida.
Con esa fe vivía Jesús: no podemos experimentar nada extraordinario, pero Dios está trabajando el mundo. Su fuerza es irresistible. Se necesita tiempo para ver el resultado final. Se necesita, sobre todo, fe y paciencia para mirar la vida hasta el fondo e intuir la acción secreta de Dios.
Tal vez, la parábola que más los sorprendió fue la de la semilla de mostaza. Es la más pequeña de todas, como la cabeza de un alfiler, pero con el tiempo se convierte en un hermoso arbusto. Por abril, todos pueden ver bandadas de jilgueros cobijándose en sus ramas. Así es el «reino de Dios».
El desconcierto tuvo que ser general. No hablaban así los profetas. Ezequiel lo comparaba con un «cedro magnífico», plantado en una «montaña elevada y excelsa» que echaría un ramaje frondoso y serviría de cobijo a todos los pájaros y aves del cielo. Para Jesús, la verdadera metáfora de Dios no es el «cedro» que hace pensar en algo grandioso y poderoso, sino la «mostaza» que sugiere lo pequeño e insignificante.
Para seguir a Jesús no hay que soñar en cosas grandes. Es un error que sus seguidores busquen una Iglesia poderosa y fuerte, que se imponga sobre los demás. El ideal no es el cedro encumbrado sobre una montaña alta, sino el arbusto de mostaza que crece junto a los caminos y acoge por abril a los jilgueros.
Dios no está en el éxito, el poder o la superioridad. Para descubrir su presencia salvadora, hemos de estar atentos a lo pequeño, lo ordinario y cotidiano. La vida no es sólo lo que se ve. Es mucho más. Así pensaba Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
21 de julio de 2002

DIOS CONOCE A LOS SUYOS

Dejadlos crecer juntos.

Vivimos en una sociedad caracterizada por lo que algunos autores llaman «la diseminación religiosa». Podemos encontramos con creyentes piadosos y con ateos convencidos, con personas indiferentes a lo religioso y con adeptos a nuevas religiones y movimientos, con gente que cree vagamente en «algo» y con individuos que se han hecho una «religión a la carta» para su uso particular, con personas que no saben si creen o no creen y con personas que desean creer y no saben cómo hacerlo.
Sin embargo, aunque vivimos juntos y mezclados, y nos encontramos diariamente en el trabajo, el descanso y la convivencia, lo cierto es que sabemos muy poco de lo que realmente piensa el otro acerca de Dios, de la fe o del sentido último de la vida. A veces ni las parejas conocen el mundo interior del otro. Cada uno lleva en su corazón cuestiones, dudas, incertidumbres y búsquedas que no conocemos.
Entre nosotros se llama «increyentes» a los que han abandonado la fe religiosa. No parece un término muy adecuado. Es cierto que estas personas han abandonado «algo» que un día vivieron, pero su vida no se asienta en ese rechazo o abandono. Son personas que viven de otras convicciones, difíciles a veces de formular, pero que a ellas les ayudan a vivir, luchar, sufrir y hasta morir con un determinado sentido. En el fondo de cada vida hay unas convicciones, compromisos y fidelidades que dan consistencia a la persona.
No es fácil saber cómo Dios se abre hoy camino en la conciencia de cada uno. La «parábola del trigo y la cizaña» nos invita a no precipitarnos. No nos toca a nosotros identificar a cada individuo. Menos aún excluir y excomulgar a quienes no se identifican en el «ideal de cristiano» que nosotros nos fabricamos desde nuestra manera de entender el cristianismo y que, probablemente, no es tan perfecta como nosotros pensamos.
«Sólo Dios conoce a los suyos» decía san Agustín. Sólo él sabe quién vive con el corazón abierto a su Misterio, quién responde a su deseo profundo de paz, amor y solidaridad entre los hombres. Los que nos llamamos «cristianos» hemos de estar atentos a los que se sitúan fuera de la fe religiosa, pues Dios está también vivo y operante en sus corazones. Descubriremos que hay en ellos mucho de bueno, noble y sincero. Descubriremos, sobre todo, que Dios puede ser buscado siempre por todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
18 de julio de 1999

TRIGO Y CIZAÑA

Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Uno de los fenómenos más característicos de nuestra época es, sin duda, la contestación y la protesta, consecuencia del malestar que se experimenta en una sociedad conflictiva. Sin duda, la contestación es algo necesario para purificar nuestra sociedad. Y la fe cristiana puede y debe ser fuente dinámica de comportamiento contestatario. Pero no por esto es positivo contestar cualquier cosa y de cualquier manera. No toda protesta y toda condena es igualmente constructiva en la búsqueda titubeante de una nueva sociedad. También la contestación necesita ser criticada y purificada.
Hay una protesta amargada que nace de la frustración y la agresividad, y que difícilmente puede aportar nada válido al nacimiento de un hombre nuevo. Hay una protesta que surge de la intolerancia, el fanatismo y la intransigencia, y que fácilmente puede acentuar las divisiones, las discordias y los partidismos, haciendo más difícil el esfuerzo común necesario para una transformación social.
Pero hay algo que el fenómeno de la contestación y la protesta ha hecho crecer entre nosotros de manera particular estos años. De manera fácil e irresponsable tendemos a «clasificar» a las personas con arreglo a categorías preconcebidas. Y vamos colgando etiquetas de progresistas o conservadores, vanguardistas o integristas, izquierdas o derechas, dividiendo de nuevo el mundo en «buenos y malos» y condenando a quien no coincide con nuestra particular visión de las cosas.
De esta manera, vamos empobreciendo nuestra capacidad de diálogo y colaboración, adoptando posturas previas que nos encierran en nuestra propia posición y nos colocan falsamente por encima de los demás. Cuántas veces una condena fácil e indiscriminada de los demás, no es sino una manera infantil de querer ocultar la propia mediocridad y la incapacidad de actuar de manera más constructiva y comprometida.
No se trata de acallar nuestra conciencia crítica, sino de saber asumir nuestra propia responsabilidad con lucidez, sin ver siempre en los demás «cizaña» que hay que arrancar y en nosotros «trigo limpio» que hay que respetar.
No es suficiente recriminar a otros, lamentarse de las estructuras existentes o descargar nuestra responsabilidad, considerando siempre las injusticias consecuencia del pecado de los demás. También en cada uno de nosotros hay «cizaña» que debe desaparecer.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
21 de julio de 1996

VERANO

Diciendo parábolas.

El verano es un regalo de Dios para refrescar nuestro ánimo, descansar nuestro cuerpo y nuestro espíritu, y renovar nuestra vida tan maltrecha a veces por los problemas y la agitación de cada día. Pero, probablemente, necesitamos aprender a disfrutarlo con un poco más de originalidad y creatividad personal.
Para bastantes, la playa es sólo ese campo de batalla donde hay que luchar por encontrar un hueco para tostarse al sol entre toda clase de gritos y olores de aceites y cremas. Pero la playa tiene otros secretos. Los descubre quien se pasea temprano a la orilla del mar cuando el aire es todavía limpio y el día está sin estrenar. El mar está brillante y fresco a esas horas de la mañana. No hay ruidos. Sólo el ritmo sereno de las olas. ¡Qué fácil es entonces descansar, respirar hondo, dar gracias por la vida y la creación!
Otra experiencia veraniega son las fiestas de los pueblos, llenas de bullicio y color. Hay muchas formas de divertirse y tomar parte en la fiesta. Qué enriquecedor puede ser el reencuentro con las personas que uno conoció en su infancia, la sobremesa larga con los amigos, el paseo por el entorno que nos vio crecer, la visita a la pila bautismal donde recibimos el bautismo. Hace bien volver a las raíces.
Las guías turísticas señalan en los mapas los lugares de interés artístico o los puntos donde se puede disfrutar de un hermoso panorama. Pero ha de ser cada uno quien descubra lugares y caminos tranquilos donde reposar el espíritu. Las ermitas ofrecen a menudo un entorno privilegiado. Las hay pequeñas y menos pequeñas, escondidas entre los árboles o levantadas en lo alto de una colina. Es una experiencia reconfortante sentarse un rato dentro o fuera y descansar elevando nuestro espíritu hacia el Creador.
Hay quienes saben disfrutar de las noches cálidas del verano, cuando todo invita al descanso y la paz. Noches claras en las que se puede ver brillar esas estrellas que a lo largo del año no es posible distinguir entre las luces y la contaminación de la ciudad. Es fácil recordar las palabras del salmista: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?»
La creación contemplada con ojos limpios y tranquilos puede ser un gran libro donde poder descubrir las huellas de Dios y aprender a captar su presencia. Los exégetas ponen hoy de relieve que, para Jesús, la naturaleza era una «parábola de Dios». Sus inolvidables parábolas extraídas de la vida del campo o del mar nos muestran que en todo era capaz de descubrir las huellas del Creador y sus llamadas al ser humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
18 de julio de 1993

TOLERANCIA

Dejadlos crecer juntos.

Sin tolerancia no es posible progresar en los intrincados problemas del mundo moderno. Sin más tolerancia nunca conoceremos los hombres la paz. Ciertamente, la tolerancia no es la solución para ningún conflicto. Pero es condición básica para acercarnos a algún tipo de solución. El clima necesario e indispensable para que gentes de ideologías o posturas políticas diferentes puedan buscar fórmulas de convivencia pacífica.
La tolerancia no tiene como punto de partida el consenso, sino justamente lo contrario. La tolerancia consiste en aceptar el disenso que nace del pluralismo de posturas para lograr entre todos aquello que mejor puede responder al bien común.
Para la persona que se enfrenta a los problemas con espíritu tolerante, las diferencias no tienen por qué ser necesariamente un obstáculo para el mutuo entendimiento. Al contrario, nos podrían llevar a una convivencia más rica y estimulante. La diferencia de posturas no debería ser una amenaza, sino un reto para avanzar.
El mayor enemigo de la tolerancia es el fanatismo. Esa postura ciega e intransigente de quien se cree en posesión absoluta de la verdad o la justicia, y, por lo tanto, excluye a todo aquel que se le oponga. Desde el fanatismo es imposible el diálogo y la convivencia pacífica. Sólo impera la fuerza y la imposición.
La tolerancia, por el contrario, capacita para «aceptar» al otro, no para destruirlo o eliminarlo. Pero sería una equivocación pensar que se trata sólo de una actitud pasiva, de «soportar» que el otro piense o actúe de forma diferente a la mía. Al contrario, la tolerancia es activa y operante. Busca el asentamiento de una convivencia siempre más justa y siempre menos violenta.
Por eso, precisamente, hay algo «intolerable», y es el atentado contra la dignidad y el valor inalienable de la persona humana. No se puede invocar ninguna ideología, patria o religión para justificar la agresión, el desprecio o la destrucción de la persona. Cuando está en juego la dignidad o la vida de un ser humano, es un deber ser intolerante frente al mal. Así fue la actuación de Jesús que no permitió que nada, ni siquiera la religión, se utilizara contra el hombre.
Por eso nos enseñó en la parábola del trigo y la cizaña a respetar siempre la dignidad del otro. Nadie ha de «arrancar» la vida de ningún ser humano sólo por considerarla cizaña, mientras uno se autoproclama «trigo limpio».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
22 de julio de 1990

CONVIVIENDO CON NO CREYENTES

Dejadlos crecer juntos...

Pese a la advertencia de Jesús, una y otra vez caemos los cristianos en la vieja tentación de pretender separar el trigo y la cizaña, creyéndonos naturalmente «trigo limpio» cada uno.
Sorprende la dureza con que ciertas personas que se sienten «creyentes» se atreven a condenar a quienes, por razones muy diversas, se han ido alejando de la fe y de la Iglesia.
Pero creencia e increencia, lo mismo que el trigo y la cizaña de la parábola, están muy entremezclados en nosotros, y lo más honrado sería descubrir al increyente que hay en cada uno de nosotros y reconocer al creyente que late todavía en el fondo de bastantes alejados.
Por otra parte, no es el escándalo o la turbación la única reacción posible ante los increyentes. Su presencia puede, incluso, ayudarnos a entender y vivir mejor nuestra propia fe.
En primer lugar, el hecho de que haya hombres y mujeres que pueden vivir sin creer en Dios me descubre que soy libre al creer. Mi fe no es algo que me viene impuesto. No me siento coaccionado por nada ni por nadie. Mi fe es un acto de libertad.
Por otra parte, los no creyentes me enseñan a estar más atento y ser más exigente al confesar y vivir mi fe. Con frecuencia observo que los increyentes rechazan un Dios ridículo y falso que no existe, pero que lo pueden deducir de la vida de los que nos decimos creyentes.
No deberíamos olvidar las palabras del Vaticano II: «En esta proliferación del ateísmo puede muy bien suceder que una parte no pequeña de la responsabilidad cargue sobre los creyentes en cuanto que, por el descuido en educar su fe o por una exposición deficiente de la doctrina... o también por los defectos de su vida religiosa, moral o social, en vez de revelar el rostro auténtico de Dios y de la religión se ha de decir que más bien lo velan».
Los increyentes me obligan, además, a recordar que en mí existe también un incrédulo. Es cierto que podemos hablar hoy de creyentes y no creyentes. Pero esta división es, a veces, demasiado cómoda. La frontera entre fe e increencia pasa por dentro de cada uno. Entonces aprendo a no ser un creyente arrogante, engreído o fanático, sino a seguir caminando humildemente tras las huellas del Dios oculto.
No me siento mal entre increyentes. Creo que Dios está en ellos y cuida su vida con amor infinito. No puedo olvidar aquellas palabras tan consoladoras de Dios: «Yo me he dejado encontrar de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije: "Aquí estoy, aquí estoy" a gente que no invocaba mi nombre» (Isaías 65,1).

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
19 de julio de 1987

PROPIETARIOS DE LA FE

Sembró buena semilla.

Por lo general, no somos conscientes de la influencia que ejerce en nosotros “la sociedad adquisitiva» en la que vivimos.
No nos damos cuenta hasta qué punto el tener, el adquirir, el poseer van configurando toda nuestra persona, empobreciendo nuestro ser más rico y profundo.
En su penetrante análisis “Tener o Ser?”, E. Fromm ha descrito con lucidez cómo el “tener” va sustituyendo al “ser” en la experiencia cotidiana del hombre contemporáneo.
Para muchos niños, aprender no es abrirse a la vida e interesarse por un mundo siempre nuevo, sino almacenar datos para guardarlos cuidadosamente en sus notas o retenerlos en su memoria.
Para muchas personas, el saber se limita a “tener conocimientos”. No viven creciendo en sabiduría y experiencia humana. Simplemente “poseen” una cultura.
Son muchos también los que no saben ser amigos y acercarse amistosamente a los demás. Lo único que les preocupa es “tener amigos”, «adquirir” nuevos contactos, “poseer” un círculo amplio de relaciones.
Otros muchos para crecer necesitan “poseer” un nivel económico más elevado, hacerse con una posición social, tener algún puesto de relevancia.
Este modo de entender y vivir las cosas ha penetrado tan profundamente en nosotros que está incluso deformando sustancialmente la vida de fe de muchos hombres y mujeres de hoy.
Hay cristianos que entienden la fe como algo que se tiene. Unos la poseen y otros no. Felizmente ellos están en posesión de la verdad.
Se someten a unas fórmulas creadas en su tiempo por otros creyentes, se hacen su propia síntesis del cristianismo y ya no se dejan transformar. Se han instalado interiormente. Ya no crecen. No se aventuran a dar pasos en seguimiento de Jesucristo.
Precisamente el sentirse «felices propietarios de la fe verdadera” les dispensa de buscar por sí mismos y de abrirse día a día al misterio de Dios.
Sin embargo, la fe no es algo que se posee, sino una vida que crece en nosotros. Jesús nos habla en sus parábolas de “la semilla que crece” y de “la levadura que fermenta la masa”.
La fe es orientación de toda nuestra persona hacia Dios. Es búsqueda, renacimiento constante, crecimiento interior, expansión en toda nuestra vida.
Quien ha entendido a Jesús sabe que no es lo mismo «poseer fe” que creer en El y caminar tras sus pasos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
22 de julio de 1984

FERMENTO DE HUMANIDAD

Se parece a la levadura...

Sorprende ver con qué frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para ponerlos en guardia contra una falsa «impaciencia mesiánica» que no sabe respetar el ritmo de la acción discreta pero vigorosa de Dios.
A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y arrollador, capaz de expulsar del teatro de la vida otras corrientes y alternativas, Jesús les habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa.
El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el Reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y compleja.
Ahí está Dios salvando al hombre. En esos comportamientos colectivos de la humanidad animados a veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos los hombres cada día y donde se mezclan la generosidad con las mezquindades más inconfesables.
A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho para desencadenar movimientos grandiosos de masas.
El Reino de Dios está ya actuando pero como un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que empuja hacia la vida, como un trozo imperceptible de levadura que se pierde en la masa fermentándola desde dentro.
Jesús no ha encontrado imágenes más apropiadas para evocar y explicar lo que él quiere poner en marcha en el mundo. Pero los cristianos seguimos sin querer entenderle.
La salvación no vendrá de tal institución, de tal movimiento, de tal nación, de tal teología ni de tal iglesia, sólo porque nosotros pretendamos ver ahí el Reino de Dios.
Al Reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías ni condenando todo lo que no coincide con nuestro «dogma particular».
El Reino de Dios no lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas en los estadios o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.
El Reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al hombre y donde se lucha por una humanidad más digna.
Al Reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio «fermente» nuestro estilo de vivir, de amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
19 de julio de 1981

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Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Uno de los fenómenos más característicos de nuestra época es, sin duda, la contestación y la protesta, consecuencia del malestar que se experimenta en una sociedad conflictiva, ocupada en buscar un nuevo futuro socio-cultural.
Sin duda, la contestación es algo necesario para purificar nuestra sociedad. Y la fe cristiana puede y debe ser fuente dinámica de un comportamiento contestatario.
Pero no por esto es positivo contestar cualquier cosa y de cualquier manera. No toda protesta y toda condena es igualmente constructiva en la búsqueda titubeante de una nueva sociedad. También la contestación necesita ser criticada y purificada.
Hay una protesta amargada que nace de la frustración y la agresividad, y que difícilmente puede aportar nada válido al nacimiento de un hombre nuevo.
Hay una protesta que surge de la intolerancia, el fanatismo y la intransigencia, y que fácilmente puede acentuar las divisiones, las discordias y los partidismos, haciendo más difícil el esfuerzo común necesario para una transformación social.
Pero hay algo que el fenómeno de la contestación y la protesta ha hecho crecer entre nosotros de manera particular estos años.
De manera fácil e irresponsable tendemos a «clasificar» a las personas con arreglo a categorías preconcebidas. Y vamos colgando etiquetas de progresistas o conservadores, vanguardistas o integristas, izquierdas o derechas, dividiendo de nuevo el mundo en «buenos y malos» y condenando a quien no coincide con nuestra particular visión de las cosas.
De esta manera, vamos empobreciendo nuestra capacidad de diálogo y colaboración, adoptando posturas previas que nos encierran en nuestra propia seguridad y nos colocan falsamente por encima de los demás .
Cuántas veces una condena fácil e indiscriminada de los demás, no es sino una manera infantil de querer ocultar la propia mediocridad y la incapacidad de actuar de manera más constructiva y comprometida.
No se trata de acallar nuestra conciencia crítica, sino de saber asumir nuestra propia responsabilidad con lucidez, sin ver siempre en los demás «cizaña que hay que arrancar» y en nosotros «trigo limpio» que hay que respetar.
No es suficiente recriminar a otros, lamentarse de las estructuras existentes o descargar nuestra responsabilidad, considerando siempre las injusticias como consecuencia del pecado de los demás. También en cada uno de nosotros hay «cizaña» que debe desaparecer.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


lunes, 10 de julio de 2017

16-07-2017 - 15º domingo Tiempo ordinario (A)


El pasado 2 de octubre de 2014, José Antonio Pagola nos visitó  en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos  la conferencia: Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción.
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.

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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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15º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Salió el sembrador a sembrar.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 1-23 (lectura breve 13, 1-9)

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas:
-«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.
Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron.
El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta.
El que tenga oídos que oiga.»

[Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
-«¿Por qué les hablas en parábolas?»
Él les contestó:
-«A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: "Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure."
¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador:
Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe.
Lo sembrado en zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril.  Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.]

Palabra de Dios.

HOMILIA

2016-2017 -
16 de julio de 2017

SEMBRAR

Al terminar el relato de la parábola del sembrador, Jesús hace esta llamada: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Se nos pide que prestemos mucha atención a la parábola. Pero, ¿en qué hemos de reflexionar? ¿En el sembrador? ¿En la semilla? ¿En los diferentes terrenos?
Tradicionalmente, los cristianos nos hemos fijado casi exclusivamente en los terrenos en que cae la semilla, para revisar cuál es nuestra actitud al escuchar el Evangelio. Sin embargo es importante prestar atención al sembrador y a su modo de sembrar.
Es lo primero que dice el relato: “Salió el sembrador a sembrar”. Lo hace con una confianza sorprendente. Siembra de manera abundante. La semilla cae y cae por todas partes, incluso donde parece difícil que la semilla pueda germinar. Así lo hacían los campesinos de Galilea, que sembraban incluso al borde de los caminos y en terrenos pedregosos.
A la gente no le es difícil identificar al sembrador. Así siembra Jesús su mensaje. Lo ven salir todas las mañanas a anunciar la Buena Noticia de Dios. Siembra su Palabra entre la gente sencilla que lo acoge, y también entre los escribas y fariseos que lo rechazan. Nunca se desalienta. Su siembra no será estéril.
Desbordados por una fuerte crisis religiosa, podemos pensar que el Evangelio ha perdido su fuerza original y que el mensaje de Jesús ya no tiene garra para atraer la atención del hombre o la mujer de hoy. Ciertamente, no es el momento de “cosechar” éxitos llamativos, sino de aprender a sembrar sin desalentarnos, con más humildad y verdad.
No es el Evangelio el que ha perdido fuerza humanizadora, somos nosotros los que lo estamos anunciando con una fe débil y vacilante. No es Jesús el que ha perdido poder de atracción. Somos nosotros los que lo desvirtuamos con nuestras incoherencias y contradicciones.
El Papa Francisco dice que, cuando un cristiano no vive una adhesión fuerte a Jesús, “pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”.
Evangelizar no es propagar una doctrina, sino hacer presente en medio de la sociedad y en el corazón de las personas la fuerza humanizadora y salvadora de Jesús. Y esto no se puede hacer de cualquier manera. Lo más decisivo no es el número de predicadores, catequistas y enseñantes de religión, sino la calidad evangélica que podamos irradiar los cristianos. ¿Qué contagiamos? ¿Indiferencia o fe convencida? ¿Mediocridad o pasión por una vida más humana?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2013-2014 -
13 de julio de 2014

SEMBRAR

(Ver homilía del ciclo A - 2016-2017)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
10 de julio de 2011

SALIR A SEMBRAR

Antes de contar la parábola del sembrador que «salió a sembrar», el evangelista nos presenta a Jesús que «sale de casa» a encontrarse con la gente para «sentarse» sin prisas y dedicarse durante «mucho rato» a sembrar el Evangelio entre toda clase de gentes. Según Mateo, Jesús es el verdadero sembrador. De él tenemos que aprender también hoy a sembrar el Evangelio.
Lo primero es salir de nuestra casa. Es lo que pide siempre Jesús a sus discípulos: «Id por todo el mundo...», «Id y haced discípulos...». Para sembrar el Evangelio hemos de salir de nuestra seguridad y nuestros intereses. Evangelizar es "desplazarse", buscar el encuentro con la gente, comunicarnos con el hombre y la mujer de hoy, no vivir encerrados en nuestro pequeño mundo eclesial.
Esta "salida" hacia los demás no es proselitismo. No tiene nada de imposición o reconquista. Es ofrecer a las personas la oportunidad de encontrarse con Jesús y conocer una Buena Noticia que, si la acogen, les puede ayudar a vivir mejor y de manera más acertada y sana. Es lo esencial.
A sembrar no se puede salir sin llevar con nosotros la semilla. Antes de pensar en anunciar el Evangelio a otros, lo hemos de acoger dentro de la Iglesia, en nuestras comunidades y nuestras vidas. Es un error sentirnos depositarios de la tradición cristiana con la única tarea de transmitirla a otros. Una Iglesia que no vive el Evangelio, no puede contagiarlo. Una comunidad donde no se respira el deseo de vivir tras los pasos de Jesús, no puede invitar a nadie a seguirlo.
Las energías espirituales que hay en nuestras comunidades están quedando a veces sin explotar, bloqueadas por un clima generalizado de desaliento y desencanto. Nos estamos dedicando a "sobrevivir" más que a sembrar vida nueva. Hemos de despertar nuestra fe.
La crisis que estamos viviendo nos está conduciendo a la muerte de un cierto cristianismo, pero también al comienzo de una fe renovada, más fiel a Jesús y más evangélica. El Evangelio tiene fuerza para engendrar en cada época la fe en Cristo de manera nueva. También en nuestros días.
Pero hemos de aprender a sembrarlo con fe, con realismo y con verdad. Evangelizar no es transmitir una herencia, sino hacer posible el nacimiento de una fe que brote, no como "clonación" del pasado, sino como respuesta nueva al Evangelio escuchado desde las preguntas, los sufrimientos, los gozos y las esperanzas de nuestro tiempo .No es el momento de distraer a la gente con cualquier cosa. Es la hora de sembrar en los corazones lo esencial del Evangelio.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
13 de julio de 2008

TENER OÍDOS Y NO OÍR

Escuchar sin oír ni entender.

Las parábolas de Jesús han cautivado siempre a sus seguidores. Los evangelios han conservado cerca de cuarenta. Seguramente, las que Jesús repitió más veces o las que con más fuerza se grabaron en el corazón y el recuerdo de sus discípulos. ¿Cómo leer estas parábolas? ¿Cómo captar su mensaje?
Mateo nos recuerda antes que nada que las parábolas han sido «sembradas» en el mundo por Jesús. «Salió Jesús de su casa» a enseñar su mensaje a la gente, y su primera parábola comienza precisamente así: «Salió el sembrador a sembrar». El sembrador es Jesús. Sus parábolas son una llamada a entender y vivir la vida tal como la entendía y vivía él. Si no sintonizamos con Jesús, difícilmente entenderemos sus parábolas.
Lo que Jesús siembra es «la palabra del Reino». Así dice Mateo. Cada parábola es una invitación a pasar de un mundo viejo, convencional y poco humano a un «país nuevo», lleno de vida, tal como lo quiere Dios para sus hijos e hijas. Jesús lo llamaba «reino de Dios». Si no seguimos a Jesús trabajando por un mundo más humano, ¿cómo vamos a entender sus parábolas?
Jesús siembra su mensaje «en el corazón», es decir, en el interior de las personas. Ahí se produce la verdadera conversión. No basta predicar las parábolas. Si el «corazón» de la Iglesia y de los cristianos no se abre a Jesús, nunca captaremos su fuerza transformadora.
Jesús no discrimina a nadie. Lo que ocurre es que a los que son «discípulos» y caminan tras sus pasos Dios les da a «conocer los secretos del Reino». A los demás no. Los discípulos tienen la clave para captar las parábolas; su conocimiento del proyecto de Dios será cada vez más profundo. Pero los que no dan el paso, y viven sin hacer la opción por Jesús no entienden su mensaje, y lo poco que escuchan lo terminan perdiendo.
Nuestro problema es terminar viviendo con el «corazón embotado». Entonces sucede algo inevitable. Tenemos «oídos», pero no escuchamos ningún mensaje. Tenemos «ojos», pero no miramos a Jesús. Nuestro corazón no entiende nada. ¿Cómo se siembra el evangelio en nuestras comunidades cristianas? ¿Cómo despertamos entre nosotros la acogida al Sembrador?

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
10 de julio de 2005

REALISMO Y CONFIANZA

Salió el sembrador a sembrar.

No fue fácil para Jesús llevar adelante su proyecto. Enseguida se encontró con la crítica y el rechazo. Su palabra no tenía la acogida que cabía esperar. Entre sus seguidores más cercanos empezaba a despertarse el desaliento y la desconfianza. ¿Merecía la pena seguir trabajando junto a Jesús? ¿No era todo aquello una utopía imposible?
Jesús les dijo lo que él pensaba. Les contó la parábola de un sembrador para hacerles ver el realismo con que trabajaba y la fe inquebrantable que le animaba. Las dos cosas. Hay, ciertamente, un trabajo estéril que se puede echar a perder, pero el proyecto final de Dios no fracasará. No hay que ceder al desaliento. Hay que seguir sembrando. Al final, habrá cosecha abundante.
Los que le escuchaban la parábola, sabían que estaba hablando de sí mismo. Así era Jesús. Sembraba su palabra en cualquier parte donde veía alguna esperanza de que pudiera germinar. Sembraba gestos de bondad y misericordia hasta en los ambientes más insospechados: entre gentes muy alejadas de la religión.
Jesús sembraba con el realismo y la confianza de un labrador de Galilea. Todos sabían que la siembra se echaría a perder en más de un lugar en aquellas tierras tan desiguales. Pero eso no desalentaba a nadie: ningún labrador dejaba por ello de sembrar. Lo importante era la cosecha final. Algo semejante ocurre con el reino de Dios. No faltan obstáculos y resistencias, pero la fuerza de Dios dará su fruto. Sería absurdo dejar de sembrar.
En el movimiento de Jesús no necesitamos cosechadores. Lo nuestro no es cosechar éxitos, conquistar la calle, dominar la sociedad, llenar las iglesias, imponer nuestra fe religiosa. Lo que nos hace falta son sembradores. Seguidores y seguidoras de Jesús que siembren por donde pasan palabras de esperanza y gestos de compasión.
Esta es la conversión que hemos de promover hoy entre nosotros: ir pasando de la obsesión por «cosechar» a la paciente labor de «sembrar». Jesús nos dejó en herencia la parábola del sembrador, no la del cosechador.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
14 de julio de 2002

CREATIVIDAD

El que escucha la Palabra... ése dará fruto.

Durante muchos siglos, las sociedades premodernas, se han ido desarrollando siguiendo la tradición. Las generaciones aprendían a vivir mirando al pasado. La tradición ofrecía un código de saberes, valores y costumbres que se transmitía de padres a hijos. La sabiduría del pasado servía para regir la vida de las personas y de la sociedad entera.
Hoy no es así. La tradición ha entrado en crisis. La sociedad moderna cambia de manera tan acelerada que el pasado apenas tiene autoridad alguna si no se ve con claridad su interés para el futuro. Se vive mirando hacia adelante. No hay por qué hacer las cosas como se han hecho siempre. Las soluciones del pasado no sirven para resolver los problemas inéditos de estos tiempos. No basta mirar a la tradición. Hay que aprender a vivir con creatividad.
No es ésta, de ordinario, la actitud en la Iglesia actual. La creatividad es un concepto prácticamente ausente en el magisterio de la Iglesia. Por lo general, se tiende a abordar las cuestiones inspirándose en la tradición. Sin embargo, una Iglesia sin creatividad es una Iglesia condenada a estancarse. Si el cristianismo es percibido como un «asunto del pasado», cada vez interesará menos.
La Iglesia actual tiene miedo a promover la creatividad. Este miedo tiene algo de razonable pues hay quienes confunden «creatividad» con espontaneidad, improvisación o arbitrariedad. Pero cortar la creatividad y oponerse sistemáticamente a nuevos planteamientos ante problemas inéditos en el pasado puede conducir a la Iglesia a un inmovilismo que está lejos del espíritu que animó a Jesús.
Sorprende la creatividad que desarrolló la Iglesia en los primeros siglos respondiendo con audacia a las nuevas circunstancias a las que se fue enfrentando. Impresiona, por ejemplo, su capacidad para abandonar el contexto cultural y religioso en el que nació el movimiento de Jesús y enraizarse en la cultura griega o latina. ¿No tiene el cristianismo actual un derecho a la creatividad semejante al cristianismo de otras épocas?
La parábola del sembrador nos sigue interpelando también en nuestros tiempos: ¿Qué frutos podría producir hoy la Palabra de Jesús acogida con fe en nuestros corazones?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
11 de julio de 1999

LA FUERZA DEL EVANGELIO

Y dio grano...

La parábola del sembrador es una invitación a la esperanza. La siembra del Evangelio, muchas veces inútil por diversas contrariedades y oposiciones, tiene una fuerza incontenible. A pesar de todos los obstáculos y dificultades y aun con resultados muy diversos, la siembra termina en cosecha fecunda que hace olvidar otros fracasos.
Los creyentes no hemos de perder la alegría a causa de la aparente impotencia del reino de Dios. Siempre parece que «la causa de Dios» está en decadencia y que el Evangelio es algo insignificante y sin futuro. Y, sin embargo, no es así. El Evangelio no es una moral ni una política, ni siquiera una religión con mayor o menor porvenir. El Evangelio es la fuerza salvadora de Dios «sembrada» por Jesús en el corazón del mundo y de la vida de los hombres.
Empujados por el sensacionalismo de los actuales medios de comunicación, parece que sólo tenemos ojos para ver el mal. Y ya no sabemos adivinar esa fuerza de vida que se halla oculta bajo las apariencias más apagadas o descorazonadas.
Si pudiéramos observar el interior de las vidas, nos maravillaríamos ante tanta bondad, entrega, sacrificio, generosidad y amor verdadero. Hay violencia y sangre entre nosotros, pero está creciendo en muchos hombres el anhelo de una verdadera paz. Se impone el consumismo egoísta en nuestra sociedad, pero cada vez son más los que descubren el gozo de una vida sencilla y del compartir. La indiferencia parece haber apagado la religión, pero son muchos los corazones donde se despierta la nostalgia de Dios y la necesidad de la plegaria.
La energía transformadora del Evangelio está ahí trabajando a la humanidad. La sed de justicia y de amor seguirá creciendo. La siembra de Jesús no terminará en fracaso. Lo que se nos pide es acoger la semilla. Dar la vuelta a nuestra vida como una dura y difícil tierra que es preciso remover para que reciba y haga fructificar la siembra de Dios.
¿No descubrimos en nosotros mismos esa fuerza que no proviene de nosotros y que nos invita sin cesar a crecer, a ser más humanos, a transfigurar nuestra vida, a edificar unas relaciones nuevas entre las personas, a vivir con más transparencia, a abrirnos con más verdad a Dios?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
14 de julio de 1996

HEDONISMO

Queda estéril.

Siempre ha buscado el hombre el placer. Nada hay de ilegítimo en ello. Querer gozar y saber hacerlo es algo esencial en una vida sana y feliz. Pero hay épocas en las que se exalta el placer hasta convertirlo prácticamente en el único objetivo de la vida. A nadie se le oculta que hoy vivimos en una sociedad hedonista, fuertemente polarizada por la búsqueda del placer.
Este hedonismo contemporáneo tiene sus rasgos propios y característicos. No es el hedonismo del maestro Epicuro que, para disfrutar de la felicidad, exigía en ocasiones renunciar al placer, rechazar lo superfluo y practicar una vida sobria.
No es tampoco el hedonismo de J. Stuart Mill, que aspiraba a una máxima felicidad para el mayor número de hombres. Una felicidad «a la altura del hombre», que exige justicia, igualdad y solidaridad.
En el hedonismo actual se busca la intensificación del propio placer. Interesan muchos placeres, placeres intensos, abundancia de excitantes, experimentación continua. Por otra parte, hay una tendencia a sofisticar el placer. Atraen los placeres caros, los que cuestan dinero. Los placeres sencillos y gratuitos interesan menos.
Este hedonismo es claramente descomprometido. El hedonista moderno no se compromete a nada que sea arriesgarse de verdad. De ahí la crisis generalizada de toda clase de militancias. Pero es además individualista y ególatra. Incapaz muchas veces de crear relaciones interpersonales de carácter estable y creador. Interesa la relación breve, novedosa, intensa y fugaz. Es el nuevo estilo. Todo se usa y se tira. También las personas.
Este hedonismo se está convirtiendo en el verdadero «opio» de la sociedad moderna. Por otra parte, está sin duda en la raíz de un alejamiento cada vez mayor del evangelio como forma de vida fraterna y solidaria. No hemos de olvidar que para ser hedonista y postmoderno hay que tener un determinado nivel económico y vivir en las sociedades del bienestar.
La parábola de Jesús es significativa. La Palabra de Dios queda estéril en muchas vidas porque la persona «no tiene raíces», o porque «los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
11 de julio de 1993

«ZAPPING»

Lo sembrado en terreno pedregoso.

Cada día es mayor el número d personas que, armadas de su mando a distancia, se dedican a pasar y repasar los canales una y otra vez, por ver si encuentran algo que pueda despertar su interés. Son los adictos al «zapping».
No se trata de elegir el programa preferido de manera cómoda, sin tener que levantarse a cambiar el canal. El «zapping» se ha convertido para no pocos en una manera de «matar el tiempo» pasando de unas imágenes a otras en rápida sucesión, sin detenerse nunca en un programa concreto.
El fenómeno no se explica, al parecer, sólo como reacción del telespectador insatisfecho ante la pésima programación que se le ofrece. Sociólogos y sicólogos analizan el «zapping» desde diversos ángulos con el fin de ofrecernos algunas claves para su mejor comprensión.
El «zapping» representa, por lo general, una avidez de sensaciones e imágenes, difícil de saciar. El individuo necesita saber qué se está dando en este momento en cada canal. No busca nada especial. Quiere «poseerlo» todo.
El profesor E. Rojas ve en este «interés por todo y por nada» un signo de «clara insatisfacción de fondo». La persona va buscando no se sabe exactamente qué, mientras se deja llevar de impresiones fugaces y sin conexión alguna entre sí. En el fondo, sólo hay dispersión. No interesa nada más. Sólo distraerse y olvidar las tensiones y problemas de cada día.
Es difícil saber los efectos que el «zapping» puede tener en una persona que vive pegada al televisor de esa manera. A mi juicio, el fenómeno sería preocupante en la medida en que pudiera representar toda una manera de vivir cuyos rasgos es fácil detectar en algunas personas: interés casi obsesivo por todo lo que puede ser «actualidad», junto a la incapacidad para hacer la propia síntesis; dispersión y deseo de conocer experiencias siempre nuevas, junto a la falta de proyecto de vida y de criterios básicos de actuación; culto al deseo inmediato y ausencia de verdadera libertad personal.
Si el Evangelio no encuentra hoy eco en muchas personas no es sólo por el egoísmo que habita siempre en el ser humano. Es también porque el hombre de hoy vive con frecuencia una vida in-trascendente y superficial. Como dice Jesús en su parábola, la semilla cae en «terreno pedregoso» y no puede «echar raíces». Cuando se vive lleno de tópicos, eslóganes e impresiones de todas clases, es difícil acoger un mensaje que pueda transformar la vida.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
15 de julio de 1990

HOMBRE «LIGHT»

Sembrado en terreno pedregoso...

Así llama el catedrático de psiquiatría E. Rojas a cierto tipo de hombre, fruto típico de la civilización contemporánea.
Todos conocemos esos productos modernos «rebajados» de su verdadero contenido: café descafeinado, leche descremada, tabaco sin nicotina. Alimentos y bebidas en forma «light», ligeros de calorías y atenuados en su fuerza natural.
Pues bien, según prestigiosos sociólogos y siquiatras, parece crecer entre nosotros un tipo de hombre «rebajado» de su verdadero contenido humano. Un hombre «light».
Se trata de un hombre relativamente bien informado, pero con escasa formación humanística. Muy atento a todo lo pragmático, pero con poca hondura. Interesado por muchas cosas, pero sólo de manera epidérmica.
Un hombre trivial y ligero, cargado de tópicos, incapaz de hacer una síntesis personal de cuanto va llegando hasta él. Un ser con poca consistencia interna, que camina por la vida sin criterios básicos de conducta.
Un hombre que ha escuchado tantas doctrinas y teorías, y ha visto tantos cambios y tan rápidos que ya no sabe a qué atenerse. Su actitud es la del «qué más da», «todo es parecido», «para qué soñar».
Entonces se busca lo más fácil, lo más placentero, lo que se puede conseguir al instante con sólo mostrar la tarjeta de crédito. Como señala el catedrático de sociología Andrés Orizo, «ahora dinero equivale a éxito. Ya no hay otras formas de triunfar socialmente. Vivimos tiempos de hedonismo y consumismo».
No es difícil reconocer el perfil del hombre «light» en algunos rasgos de las personas retratadas por Jesús en su parábola del sembrador. Hombres «sin raíces», en los que el evangelio o no puede penetrar o queda rápidamente ahogado «por los afanes de la vida y la seducción de las riquezas».
Pero este hombre comienza a sentirse víctima de su propio vacío. Es un ser a la deriva, que está perdiendo hasta el gusto mismo de vivir. «El hombre light no tiene referente, ha perdido el punto de mira y está cada vez más perdido ante los grandes interrogantes de la existencia» (E. Rojas).
Este hombre comienza a sentir necesidad de una mayor autenticidad humana. No se resigna a vivir como un autómata en una sociedad estandarizada. Intuye que hay otros caminos para ser libre sin caer en la esclavitud del «becerro de oro». Algo le llama a una vida más saludable y natural.
El evangelio tiene hoy de nuevo su oportunidad. El hombre contemporáneo lo necesita para vivir de manera más intensa y más sana. Sembrado con convicción, puede producir también hoy nuevos frutos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
12 de julio de 1987

SEMBRAR

Salió el sembrador a sembrar.

Todos los años por estas fechas, las calificaciones escolares se convierten en la máxima preocupación de muchas familias.
Sin duda, son muy explicables las reacciones de muchos padres ante el fracaso escolar de sus hijos, pero las tensiones, riñas, amenazas y castigos no son casi nunca el medio adecuado para mejorar las cosas.
Mucho menos todavía si se entremezcla en todo ello el desprecio al hijo incapaz de éxito o la irritación por unas vacaciones que es necesario recortar o programar de otra manera a causa de sus suspensos.
Si queremos realmente ayudar a estos niños o jóvenes, hemos de hacer un esfuerzo por ahondar en las causas de ese fracaso escolar y preguntarnos serenamente y con sinceridad si no tenemos también nosotros nuestra parte de culpa.
Tanto los padres como los profesores solemos tener una serie de expectativas respecto al rendimiento escolar. Pero esas expectativas no siempre indican un verdadero interés por el crecimiento humano de ese niño o ese joven.
¿Qué hemos hecho a lo largo del curso para acercarnos amistosamente a él, conocer sus problemas y compartir sus desalientos?
¿Cuántas veces nos hemos preguntado qué sufrimiento se esconde tras ese nerviosismo o atolondramiento que le impide concentrarse en el estudio? ¿Qué es lo que le lleva al retraimiento y la indiferencia o le empuja a la rebelión?
¿Qué es lo que realmente nos preocupa ahora? ¿No poder presentarlo con éxito en una sociedad tan competitiva como la nuestra? ¿No poder ver realizado tampoco en él aquel ideal que nosotros tal vez no pudimos alcanzar?
Las notas escolares al final de un curso no lo son todo. Lo importante es saber si ese niño o ese joven está aprendiendo a ser cada vez más humano.
Y entonces la pregunta que nos hemos de hacer es ésta: ¿Qué les estoy enseñando yo no sólo con mis palabras sino con mi manera de ser y mi conducta? ¿Qué valores y convicciones pueden percibir en mí? ¿Qué irradio yo en sus vidas? ¿Qué les contagio? ¿Cómo les ayudo a crecer?
La parábola del sembrador que escuchamos de labios de Jesús nos invita a preguntarnos no sólo cómo acogemos lo que se siembra en nosotros, sino también qué estamos sembrando a nuestro alrededor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
15 de julio de 1984

UNA FUERZA OCULTA

Y dio grano...

La parábola del sembrador es una invitación a la esperanza. La siembra del evangelio, muchas veces inútil por diversas contrariedades y oposiciones, tiene una fuerza incontenible.
A pesar de todos los obstáculos y dificultades y aun con resultados muy diversos, la siembra termina en cosecha fecunda que hace olvidar otros fracasos y es superior a todas las expectativas.
Los creyentes no hemos de perder la alegría a causa de la aparente impotencia del reino de Dios. Siempre parece que «la causa de Dios» está en decadencia y que el evangelio es algo insignificante y sin futuro. Y sin embargo, no es así.
El evangelio no es una moral ni una política, ni siquiera una religión con mayor o menor porvenir. El evangelio es la fuerza salvadora de Dios «sembrada» por Jesús en el corazón del mundo y de la vida de los hombres.
Empujados por el sensacionalismo de los actuales medios de comunicación, parece que sólo tenemos ojos para ver el mal. Y ya no sabemos adivinar esa fuerza de vida que se halla oculta bajo las apariencias más apagadas o descorazonadoras.
Si pudiéramos observar el interior de las vidas, nos maravillaríamos ante tanta bondad, entrega, sacrificio, generosidad y amor verdadero.
Hay violencia y sangre entre nosotros. Pero está creciendo en muchos hombres el anhelo de una verdadera paz. Se impone el consumismo egoísta en nuestra sociedad, pero cada vez son más los que descubren el gozo de la vida sencilla y del compartir. La indiferencia parece haber apagado la religión, pero son muchos los corazones donde se despierta la nostalgia de Dios y la necesidad de la plegaria.
La energía transformadora del evangelio está ahí trabajando a la humanidad. La sed de justicia y de amor seguirá creciendo. La siembra de Jesús no terminará en fracaso.
Lo que se nos pide es acoger la semilla. Dar la vuelta a nuestra vida como una dura y difícil tierra que es preciso remover para que reciba y haga fructificar la siembra de Dios.
¿No descubrimos en nosotros mismos esa fuerza que no proviene de nosotros y que nos invita sin cesar a crecer, a ser más humanos, a transfigurar nuestra vida, a edificar unas relaciones nuevas entre las personas, a vivir con más transparencia, a abrirnos con más verdad a Dios?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
12 de julio de 1981

SEMBRAR CON FE

Salió el sembrador a sembrar.

En pocos años, estamos pasando de una sociedad profundamente religiosa donde el cristianismo jugaba un papel decisivo en la vida de las personas y la regulación de la sociedad, a otro estilo de vida más laico e increyente donde lo religioso va perdiendo importancia.
Acostumbrados a una «sociedad de cristiandad» donde lo religioso estaba presente visiblemente en nuestras calles, plazas, escuelas y hogares, son muchos los creyentes que sienten malestar y sufren ante la nueva situación.
Más aun. Casi sin darnos cuenta, podemos llegar a pensar que el evangelio ha perdido su anterior virtualidad, y el mensaje de Jesús no tiene ya garra ni fuerza de convicción para el hombre moderno.
Por eso, se hace necesario escuchar con atención la parábola de Jesús. Los creyentes no debemos olvidar que, aun en su aparente insignificancia y modestia, el evangelio sigue encerrando una virtualidad poderosa para «salvar» al hombre de lo que le deshumaniza.
Cuando se va penetrando en todo el contenido y la fuerza del mensaje de Jesús, uno se va convenciendo de que difícilmente encontrará el hombre de hoy algo o alguien que pueda dar un sentido más humano y liberador a su vida que el evangelio.
Sin duda, que para ejercer toda su fuerza liberadora, este evangelio debe ser presentado con fidelidad, en toda su verdad, sus exigencias y su esperanza. Sin deformaciones ni cobardías. Sin parcialismos intencionados ni manipulaciones interesadas.
Sin duda, también, que el evangelio exige una acogida sincera y una disponibilidad total. Y son muchos los factores que, como la riqueza, los intereses egoístas o la cobardía, pueden ahogar y anular la eficacia de la palabra de Jesús.
Y, quizás, hay que insistir entre nosotros en la fidelidad al evangelio precisamente cuando es mal recibido en la sociedad, y nos puede enfrentar a nuestros amigos, nuestra familia y nuestro propio pueblo.
Pero el evangelio sigue teniendo hoy una energía humanizadora insospechada. Olvidarlo sería un error lamentable para el hombre moderno. En cualquier caso, los creyentes hemos de recodar que no es éste momento de «cosechar», sino hora de sembrar, con una fe convencida en la fuerza renovadora que se encierra en el evangelio.

José Antonio Pagola



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