lunes, 15 de diciembre de 2014

21/12/2014 - 4º domingo de Adviento (B)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.
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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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4º domingo de Adviento (B)


EVANGELIO

Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
- «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú eres entre las mujeres.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo:
- «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel:
- «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó:
- «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó:
- «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.

Palabra de Dios 

HOMILIA

2014-2015 – RECUPERAR EL EVANGELIO.
21 de diciembre de 2014

UN ANUNCIO SORPRENDENTE

El ángel le dijo: Alégrate.

Lucas narra el anuncio del nacimiento de Jesús en estrecho paralelismo con el del Bautista. El contraste entre ambas escenas es tan sorprendente que nos permite entrever con luces nuevas el Misterio del Dios encarnado en Jesús.
El anuncio del nacimiento del Bautista sucede en «Jerusalén», la grandiosa capital de Israel, centro político y religioso del pueblo judío. El nacimiento de Jesús se anuncia en un pueblo desconocido de las montañas de Galilea. Una aldea sin relieve alguno, llamada «Nazaret», de donde nadie espera que pueda salir nada bueno. Años más tarde, estos pueblos humildes acogerán el mensaje de Jesús anunciando la bondad de Dios. Jerusalén por el contrario lo rechazará. Casi siempre, son los pequeños e insignificantes los que mejor entienden y acogen al Dios encarnado en Jesús.
El anuncio del nacimiento del Bautista tiene lugar en el espacio sagrado del «templo». El de Jesús en una casa pobre de una «aldea». Jesús se hará presente allí donde las gentes viven, trabajan, gozan y sufren. Vive entre ellos aliviando el sufrimiento y ofreciendo el perdón del Padre. Dios se ha hecho carne, no para permanecer en los templos, sino para «poner su morada entre los hombres» y compartir nuestra vida.
El anuncio del nacimiento del Bautista lo escucha un «varón» venerable, el sacerdote Zacarías, durante una solemne celebración ritual. El de Jesús se le hace a María, una «joven» de unos doce años. No se indica donde está ni qué está haciendo. ¿A quién puede interesar el trabajo de una mujer? Sin embargo, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, mirará a las mujeres de manera diferente, defenderá su dignidad y las acogerá entre sus discípulos.
Por último, del Bautista se anuncia que nacerá de Zacarías e Isabel, una pareja estéril, bendecida por Dios. De Jesús se dice algo absolutamente nuevo. El Mesías nacerá de María, una joven virgen. El Espíritu de Dios estará en el origen de su aparición en el mundo. Por eso, «será llamado Hijo de Dios». El Salvador del mundo no nace como fruto del amor de unos esposos que se quieren mutuamente. Nace como fruto del Amor de Dios a toda la humanidad. Jesús no es un regalo que nos hacen María y José. Es un regalo que nos hace Dios.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
18 de diciembre de 2011

CON ALEGRÍA Y CONFIANZA

El concilio Vaticano II presenta a María, Madre de Jesucristo, como "prototipo y modelo para la Iglesia", y la describe como mujer humilde que escucha a Dios con confianza y alegría. Desde esa misma actitud hemos de escuchar a Dios en la Iglesia actual.
«Alégrate». Es lo primero que María escucha de Dios y lo primero que hemos de escuchar también hoy. Entre nosotros falta alegría. Con frecuencia nos dejamos contagiar por la tristeza de una Iglesia envejecida y gastada. ¿Ya no es Jesús Buena Noticia? ¿No sentimos la alegría de ser sus seguidores? Cuando falta la alegría, la fe pierde frescura, la cordialidad desaparece, la amistad entre los creyentes se enfría. Todo se hace más difícil. Es urgente despertar la alegría en nuestras comunidades y recuperar la paz que Jesús nos ha dejado en herencia.
«El Señor está contigo». No es fácil la alegría en la Iglesia de nuestros días. Sólo puede nacer de la confianza en Dios. No estamos huérfanos. Vivimos invocando cada día a un Dios Padre que nos acompaña, nos defiende y busca siempre el bien de todo ser humano.
Esta Iglesia, a veces tan desconcertada y perdida, que no acierta a volver al Evangelio, no está sola. Jesús, el Buen Pastor, nos está buscando. Su Espíritu nos está atrayendo. Contamos con su aliento y comprensión. Jesús no nos ha abandonado. Con él todo es posible.
«No temas». Son muchos los miedos que nos paralizan a los seguidores de Jesús. Miedo al mundo moderno y a la secularización. Miedo a un futuro incierto. Miedo a nuestra debilidad. Miedo a la conversión al Evangelio. El miedo nos está haciendo mucho daño. Nos impide caminar hacia el futuro con esperanza. Nos encierra en la conservación estéril del pasado. Crecen nuestros fantasmas. Desaparece el realismo sano y la sensatez cristiana. Es urgente construir una Iglesia de la confianza. La fortaleza de Dios no se revela en una Iglesia poderosa sino humilde.
«Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús». También a nosotros, como a María, se nos confía una misión: contribuir a poner luz en medio de la noche. No estamos llamados a juzgar al mundo sino a sembrar esperanza. Nuestra tarea no es apagar la mecha que se extingue sino encender la fe que, en no pocos, está queriendo brotar: Dios es una pregunta que humaniza.
Desde nuestras comunidades, cada vez más pequeñas y humildes, podemos ser levadura de un mundo más sano y fraterno. Estamos en buenas manos. Dios no está en crisis. Somos nosotros los que no nos atrevemos a seguir a Jesús con alegría y confianza.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO.
21 de diciembre de 2008

UN ANUNCIO SORPRENDENTE

(Ver homilía del 21 de diciembre de 2014)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
18 de diciembre de 2005

CON ALEGRÍA

Alégrate... No tengas miedo.

El evangelista Lucas temía que sus lectores leyeran su escrito de cualquier manera. Lo que les quería anunciar no era una noticia más, como tantas otras que se corrían por el imperio. Debían preparar su corazón: despertar la alegría, desterrar miedos y creer que Dios estaba cerca, dispuesto a transformar su vida.
Con un arte difícil de igualar, recreó una escena evocando el mensaje que María escuchó en lo íntimo de su corazón para acoger el nacimiento de su hijo Jesús. Todos podrían unirse a ella para acoger al Salvador. ¿Es posible hoy prepararse para recibir a Dios?
«Alégrate». Es la primera palabra que escucha el que se prepara para vivir una experiencia buena. Hoy no sabemos esperar. Somos como niños impacientes que lo quieren todo enseguida. Vivimos llenos de cosas. No sabemos estar atentos para conocer nuestros deseos más profundos. Sencillamente, se nos ha olvidado esperar a Dios y ya no sabemos cómo encontrar la alegría.
Nos estamos perdiendo lo mejor de la vida. Nos contentamos con la satisfacción, el placer y la diversión que nos proporciona el bienestar. En el fondo, sabemos que es un error, pero no nos atrevemos a creer que Dios, acogido con fe sencilla, nos puede descubrir otros caminos hacia la alegría.
«No tengas miedo». La alegría es imposible cuando se vive lleno de miedos que nos amenazan por dentro y desde fuera. ¿Cómo pensar, sentir y actuar de manera positiva y esperanzadora?, ¿cómo olvidar nuestra impotencia y nuestra cobardía para enfrentarnos al mal?
Se nos ha olvidado que cuidar nuestra vida interior es más importante que todo lo que nos viene desde fuera. Si estamos vacíos por dentro, somos vulnerables a todo. Se va diluyendo nuestra confianza en Dios y no sabemos cómo defendernos de lo que nos hace daño.
«El Señor está contigo». Dios es una fuerza creadora que es buena y nos quiere bien. No vivimos solos, perdidos en el cosmos. La humanidad no está abandonada. ¿De dónde sacar verdadera esperanza si no es del misterio último de la vida? Todo cambia cuando el ser humano se siente acompañado por Dios.
Necesitamos celebrar el «corazón» de la Navidad, no su corteza. Necesitamos hacer más sitio a Dios en nuestra vida. Nos irá mejor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
22 de diciembre de 2002

COMO MARÍA

Hágase en mí según tu Palabra.

En vísperas de la Navidad, la liturgia nos presenta la figura de María acogiendo en gozo a Dios en su vida. Como subrayó el Concilio, María es modelo para la Iglesia. De ella podemos aprender a ser más fieles a Jesús y su evangelio. ¿Cuáles podrían ser los rasgos de una Iglesia más mariana en nuestros días?
Una Iglesia que fomenta la «ternura maternal» hacia todos sus hijos cuidando el calor humano en sus relaciones con ellos. Una Iglesia de brazos abiertos, que no rechaza ni condena, sino que acoge y encuentra un lugar adecuado para cada uno.
Una Iglesia que, como María, proclama con alegría la grandeza de Dios y su misericordia también con las generaciones actuales y futuras. Una Iglesia que se convierte en signo de esperanza por su capacidad de dar y transmitir vida.
Una Iglesia que sabe decir «sí» a Dios sin saber muy bien a dónde le llevará su obediencia. Una Iglesia que no tiene respuestas para todo, pero busca con confianza, abierta al diálogo con los que no se cierran al bien, la verdad y el amor.
Una Iglesia humilde como María, siempre a la escucha de su Señor. Una Iglesia más preocupada por comunicar el Evangelio de Jesús que por tenerlo todo definido.
Una Iglesia del «Magníficat», que no se complace en los soberbios, potentados y ricos de este mundo, sino que busca pan y dignidad para los pobres y hambrientos de la Tierra, sabiendo que Dios está de su parte.
Una Iglesia atenta al sufrimiento de todo ser humano, que sabe, como María, olvidarse de sí misma y «marchar de prisa» para estar cerca de quien necesita ser ayudado. Una Iglesia preocupada por la felicidad de todos los que «no tienen vino» para celebrar la vida. Una Iglesia que anuncia la hora de la mujer y promueve con gozo su dignidad, responsabilidad y creatividad femenina.
Una Iglesia contemplativa que sabe «guardar y meditar en su corazón» el misterio de Dios encamado en Jesús para transmitirlo como experiencia viva. Una Iglesia que cree, ora, sufre y espera la salvación de Dios anunciando con humildad la victoria final del amor.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
19 de diciembre de 1999

ALÉGRATE

Alégrate... el Señor está contigo.

El relato evangélico de la anunciación a María, que se lee este último domingo de Adviento, es una invitación a despertar en nosotros las actitudes básicas con las que vivir no sólo las fiestas de Navidad ya próximas, sino la vida entera. Basta recorrer el mensaje que se pone en boca del Ángel.
Alégrate. Es lo primero que María escucha de Dios y lo primero que hemos de escuchar también nosotros. «Alégrate»: ésa es la primera palabra de Dios a toda criatura. En medio de estos tiempos que a nosotros nos parecen de incertidumbre y oscuridad, llenos de problemas y dificultades, lo primero que sorprendentemente se nos pide es no perder la alegría. Sin alegría la vida se hace más difícil y dura.
El Señor está contigo. La alegría a que se nos invita no es un optimismo forzado ni un autoengaño fácil. Es la alegría interior y la confianza que nace en quien se enfrenta a la vida con la convicción de que no está solo. Una alegría que nace de la fe. Dios nos acompaña, nos defiende y quiere siempre nuestro bien. Podemos quejamos de muchas cosas, pero nunca podremos decir que estamos solos porque no es verdad. Dentro de cada uno, en lo más hondo de nuestro ser está Dios nuestro Salvador.
No temas. Son muchos los miedos que pueden despertarse en nosotros. Miedo al futuro, a la enfermedad, a la muerte. Nos da miedo sufrir, sentimos solos, no ser amados. Podemos sentir miedo a nuestras contradicciones e incoherencias. El miedo es malo, hace daño. El miedo ahoga la vida, paraliza las fuerzas, nos impide caminar. Lo que necesitamos es confianza, seguridad, luz.
Has hallado gracia ante Dios. No sólo María, también nosotros podemos escuchar estas palabras porque todos vivimos y morimos sostenidos por la gracia y el amor de Dios. La vida sigue ahí con sus dificultades y preocupaciones. La fe en Dios no es una receta para resolver los problemas diarios. Pero todo es diferente cuando uno vive buscando en Dios luz y fuerza para enfrentarse a ellos.
Llega la Navidad. No será una fiesta igual para todos. Cada uno vivirá en su interior su propia navidad. ¿Por qué no despertar estos días en nosotros la confianza en Dios y la alegría de sabemos acogidos por Él? ¿Por qué no liberamos un poco de miedos y angustias enfrentándonos a la vida desde la fe en un Dios cercano?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
22 de diciembre de 1996

AVE MARÍA

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

Hace algunos años me encontré con una persona que, después de una larga crisis religiosa, buscaba de nuevo a Dios. Después de una larga conversación, me confesó que quería rezar. Hacía mucho tiempo que había abandonado toda práctica religiosa. Había olvidado el Padrenuestro. Tampoco recordaba ninguna otra oración. De pronto, el rostro se le iluminó: «Tal vez.., el Avemaría». Mientras recitábamos juntos la sencilla oración, vi que de sus ojos se desprendían dos lágrimas de alegría y emoción. Las grandes oraciones son siempre profundamente humanas y humildes. No son necesarias palabras complicadas ni frases sublimes. Lo importante es la fe con que se invoca.
El Avemaría, unida con frecuencia al rezo del Padrenuestro, es una de las oraciones cristianas más populares. Consta de tres partes. La primera está tomada del anuncio del ángel a María. «Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo.» La segunda evoca las palabras de alabanza que Isabel dirige a María: «Bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. » La última parte es una invocación medieval de origen incierto: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. »
Cada uno sabe cómo y por qué caminos discurre su vida, pero siempre es bueno encontrarse con María. Ella es Madre de Dios y también nuestra. María no es Dios, no es fuente de nuestra salvación, pero Dios está con ella y la ha llenado de gracia. En medio de un mundo que, a veces, parece maldito, ella es bendita porque ha sido bendecida por Dios para siempre. Podemos acudir a ella con confianza.
No necesitamos defendernos ni dar explicaciones. Ella es nuestra Madre. Conoce nuestro corazón cansado y, tal vez, nuestra vida rota o desquiciada. Conoce nuestros errores y nuestra mediocridad. En María, llena de la gracia de Dios, siempre encontraremos el amor y el perdón del mismo Dios. Unidos a tantos hombres y mujeres, podemos también nosotros invocarla con humildad: «Ruega por nosotros, pecadores
María nos acompaña siempre. En los momentos gozosos y en los difíciles. Podemos contar con su protección maternal en la depresión y en la enfermedad, en la soledad o en el fracaso, en el miedo o en el pecado. Invocamos su ayuda «ahora», en el momento en que pronunciamos la oración, y también para «la hora de nuestra muerte» siempre desconocida, pero siempre más cercana.
Al final del Adviento, el relato evangélico nos recuerda las palabras del ángel a María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). Pueden ser una invitación a despertar nuestra confianza en ella y a susurrar en lo secreto de nuestro corazón la conocida plegaria a la Madre: «Ave María

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
19 de diciembre de 1993

¿A DONDE VA EL MUNDO?

El Señor está contigo.

El filósofo R. Popper, recientemente fallecido, aseguraba que «el mundo no va a ninguna parte». Se oponía así, desde su visión filosófica, a tantos hombres y mujeres que, a través de los siglos, se han atrevido a esperar un futuro no solo mejor, sino nuevo.
¿A dónde va el mundo con tanto dolor? Esta pregunta no es nueva. La han repetido de mil maneras los hombres en momentos trágicos de guerras, en el azote de pestes terribles, en medio del exilio o ante catástrofes naturales. Hoy, de nuevo, cristianos y no cristianos se la plantean en el fondo de su conciencia: ¿A dónde va el mundo?
No es una cuestión arbitraria. No es tampoco una pregunta científica que busca satisfacer nuestra curiosidad. Es un interrogante profundamente humano, pues, de alguna manera, intuimos que en él nos va la vida y el destino último de la humanidad.
La pregunta se despierta en nosotros cuando nos informan de la velocidad con que se talan los árboles en las selvas de Brasil, o de la desertización de grandes zonas de la Tierra; cuando nos alertan de los daños irreparables de los accidentes nucleares, o nos advierten de los efectos peligrosos de cierto tipo de residuos. ¿Se le puede llamar progreso a esa alocada producción de bienes que solo beneficia a unos pocos, mientras provoca tanto daño a la mayor parte de la humanidad?
Detrás de todo eso está el ser humano, que no acierta a conducir las cosas por caminos más seguros. Por eso, la pregunta más concreta es otra: ¿A dónde vamos nosotros los hombres dejando sin pan y sin trabajo a tantas gentes con tal de conseguir el bienestar de los más afortunados? ¿A dónde vamos hundiendo en el hambre y la miseria a pueblos enteros? ¿Nos vamos acercando así a alguna meta digna del hombre? ¿Caminamos así hacia una plenitud?
Con este horizonte no es extraño caer en el pesimismo y en actitudes derrotistas. Por eso resultan tan sorprendentes las palabras con las que el ángel anuncia a María el nacimiento del Salvador y que, en el fondo, están dirigidas a toda la humanidad: «Alégrate ... El Señor está contigo.» Es cierto que el horizonte puede parecer sombrío; el ser humano puede destruir el mundo y provocar su propio hundimiento. Pero no está solo. Dios está con nosotros. Es posible la salvación.
Esta fe es la que sostiene al creyente en la esperanza y le anima a trabajar siempre por un mundo más humano. Llegará un día en el que, según las hermosas palabras del Apocalipsis, Dios mismo «enjugará las lágrimas de sus ojos, ya no habrá muerte ni llanto, no habrá gritos ni fatiga, pues el mundo viejo habrá pasado» (Ap 21, 4). Esta es la promesa de Dios a los hombres. Y los creyentes confiamos en él. María, la madre del Salvador, es nuestro modelo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
23 de diciembre de 1990

FELICITAR

Alégrate.

Llega la Navidad y parece como si, de pronto, se despertara en nosotros una necesidad incontenible de desearnos mutuamente paz y felicidad. Hemos de enviarnos puntualmente las tradicionales felicitaciones deseándonos toda clase de dichas y ventura en estas fiestas y para el año venidero. Artísticos tarjetones o postales vulgares, “christmas” de hondo contenido religioso o tarjetas superficiales, todo sirve para transmitirnos la felicitación.
¿Qué sentido pueden tener tantos deseos de dicha y felicidad expresados en Navidad? ¿Son acaso una mentira más? ¿Otra manera de engañarnos unos a otros durante estas fiestas tan vacías ya de su verdadero contenido? 
Son diferentes, sin duda, la felicitación entrañable al amigo lejano pero nunca olvidado, los saludos de puro compromiso y cortesía o las felicitaciones en serie de una firma comercial.
Como es sabido, la felicitación navideña tiene su origen más genuino en el anuncio que se escucha en Belén: “Os anuncio la gran alegría para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador”. La primera palabra de parte de Dios a los hombres cuando se acerca el Salvador es una invitación a la alegría y la fiesta. Es lo primero que escucha también María de boca del ángel: “Alégrate”.
La alegría más honda del creyente en estas fiestas arranca de esta fe: Dios no es un ser lejano, inquietante y amenazador, sino alguien que se nos ofrece cercano y entrañable desde la ternura y fragilidad de un niño.
Esta es la primera razón para felicitarnos y hacer fiesta. Lo primero que hemos de recordar para despertar la alegría. Como escribía el célebre teólogo suizo Karl Barth: “Que está mal, el mundo lo sabe ya; lo que no sabe es que por los cuatro costados está en las manos buenas de Dios”. Desde esta convicción adquiere la felicitación navideña una hondura nueva pues nace del deseo de construir ese mundo más humano y feliz que Dios busca para todos.
Antes de sentarnos a escribir las felicitaciones, tal vez hemos de hacernos alguna pregunta: ¿Sé yo “felicitar”? ¿Me preocupa realmente la felicidad de los demás? ¿Estoy dispuesto a hacer feliz a lo largo del año a esa persona que hoy felicito?
Nuestra felicitación será más sincera si lleva consigo el compromiso de vivir creando en nuestro entorno un clima más humano. Nada especialmente grande. Cosas más bien pequeñas, como no hacer a nadie la vida más difícil de lo que es, cuidar mejor el amor dentro del hogar, estar cerca de quien nos puede necesitar, cultivar unas relaciones más amistosas con todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
20 de diciembre de 1987

LA EXPERIENCIA DE NAVIDAD

El Señor está contigo.

No es fácil en esta sociedad celebrar todavía con un poco de hondura la experiencia central de la Navidad. Tal vez el mejor camino para intentarlo sea el silencio.
Así nos lo sugiere un viejo texto litúrgico al proclamar que la irrupción de Dios en la humanidad sucedió «cuando un silencio sosegado lo envolvía todo».
He aquí algunas sugerencias para quienes deseen este año vivir la Navidad “de manera diferente”.
Lo primero es prepararse. Hacer el propósito de dedicar algún tiempo a preparar estas fiestas. De lo contrario, es difícil sustraerse al ambiente trivial y engañoso que estos días parece impregnarlo todo.
Después es necesario tener valor para estar a solas con nosotros mismos. Si lo logramos, tal vez podamos descubrir algo nuevo. Una habitación tranquila, una iglesia solitaria, un paseo retirado pueden servirte para “hacer silencio”.
Dejarse penetrar por el silencio no es fácil, sobre todo cuando se vive siempre en el ruido. Al comienzo, te sentirás lleno de sensaciones, impresiones, recuerdos. Si sabes esperar y permanecer, poco a poco irán apareciendo dentro de ti tus verdaderas preocupaciones, tus miedos, tu tristeza o tu alegría.
Si sigues todavía escuchando, podrás sentir una impresión inquietante. La soledad. Estás solo en medio de la vida. Esas personas con las que te relacionas todo el día, a las que rechazas o quieres, están lejos. En el fondo, todos estamos solos. Tú lo experimentas ahora con más luz en esa sensación extraña que te invade.
Si, cerrando los ojos, te atreves a seguir en silencio en una actitud humilde de confianza, es fácil que, en el interior de ese vacío y soledad, comience a insinuarse una presencia.
No le des todavía el nombre de Dios. Es sólo una experiencia que te puede poner ante la presencia de un Dios inmensamente lejano e incomprensible y, sin embargo, inmensamente cercano e interior a ti mismo.
Entonces, deja que el silencio te hable. Por una vez, atrévete a escuchar esa presencia cercana de Dios. No pienses en tus miedos ni en tu miseria. No pienses siquiera si eres cristiano o no. Sencillamente, acoge el misterio.
Como dice K. Rahner, “esta experiencia es la más decisiva para comprender el mensaje central de la Navidad: Dios se ha hecho hombre. Lo divino ha irrumpido en el interior de lo humano».
Entonces, tal vez sientas tu corazón renovado. Será el mejor regalo que puedas recibir en Navidad. Será también el mejor regalo que podrás hacer a los que te rodean.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
23 de diciembre de 1984

EL REGALO DE NAVIDAD

Alégrate.

¿Cuántos son los que creen de verdad en la Navidad? ¿Cuántos los que saben celebrarla en lo más íntimo de su corazón? Estamos tan entretenidos con nuestras compras, regalos y cenas que resulta difícil acordarse de Dios y acogerlo en medio de tanta confusión.
Nos preocupamos mucho de que estos días no falte nada en nuestros hogares, pero a casi nadie le preocupa si allí falta Dios. Por otra parte, andamos tan llenos de cosas que no sabemos ya alegrarnos de la «cercanía de Dios».
Y una vez más, estas fiestas pasarán sin que muchos hombres y mujeres hayan podido escuchar nada nuevo, vivo y gozoso en su corazón. Y desmontarán «el Belén» y retirarán el árbol y las estrellas, sin que nada grande haya renacido en sus vidas.
La Navidad no es una fiesta fácil. Sólo puede celebrarla desde dentro quien se atreve a creer que Dios puede volver a nacer entre nosotros, en nuestra vida diaria. Este nacimiento será pobre, frágil, débil como lo fue el de Belén. Pero puede ser un acontecimiento real. El verdadero regalo de Navidad.
Dios es infinitamente mejor de lo que nos creemos. Más cercano, más comprensivo, más tierno, más audaz, más amigo, más alegre, más grande de lo que nosotros podemos sospechar. ¡Dios es Dios!
Los hombres no nos atrevemos a creer del todo en la bondad y ternura de Dios. Necesitamos detenernos ante lo que significa un Dios que se nos ofrece como niño débil, vulnerable, indefenso, sonriente, irradiando sólo paz, gozo y ternura. Se despertaría en nosotros una alegría diferente, nos inundaría una confianza desconocida. Nos daríamos cuenta de que no podemos hacer otra cosa sino dar gracias.
Este Dios es más grande que todos nuestros pecados y miserias. Más feliz que todas nuestras imágenes tristes y raquíticas de la divinidad. Este Dios es el regalo mejor que se nos puede hacer a los hombres.
Nuestra gran equivocación es pensar que no necesitamos de Dios. Creer que nos basta con un poco más de bienestar, un poco más de dinero, de salud, de suerte, de seguridad. Y luchamos por tenerlo todo. Todo menos Dios.
Felices los que tienen un corazón sencillo, limpio y pobre porque Dios es para ellos. Felices los que sienten necesidad de Dios porque Dios puede nacer todavía en sus vidas.
Felices los que, en medio del bullicio y aturdimiento de estas fiestas, sepan acoger con corazón creyente y agradecido el regalo de un Dios Niño. Para ellos habrá sido Navidad.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
20 de diciembre de 1981

LA ALEGRIA POSIBLE

Alégrate.

La primera palabra de parte de Dios a los hombres, cuando el Salvador se acerca al mundo, es una invitación a la alegría. Es lo que escucha María: Alégrate.
J. Moltmann, el gran teólogo de la esperanza, lo ha expresado así: «La palabra última y primera de la gran liberación que viene de Dios no es odio, sino alegría; no condena, sino absolución. Cristo nace de la alegría de Dios y muere y resucita para traer su alegría a este mundo contradictorio y absurdo».
Sin embargo, la alegría no es fácil. A nadie se le puede obligar a que esté alegre ni se le puede imponer la alegría por la fuerza. La verdadera alegría debe nacer y crecer en lo más profundo de nosotros mismos.
De lo contrario; será risa exterior, carcajada vacía, euforia creada quizás en una «sala de fiestas», pero la alegría se quedará fuera, a la puerta de nuestro corazón.
La alegría es un don hermoso, pero también muy vulnerable. Un don que hay que saber cultivar con humildad y generosidad en el fondo del alma. H. Hesse explica los rostros atormentados, nerviosos y  tristes de tantos hombres, de esta manera tan simple: «Es porque la felicidad sólo puede sentirla el alma, no la razón, ni e vientre, ni la cabeza, ni la bolsa».
Pero hay algo más. C6mo se puede ser feliz cuando hay tantos sufrimientos sobre la tierra? ¿Cómo se puede reír, cuando aún no están secas todas las lágrimas, sino que brotan diariamente otras nuevas? ¿Cómo gozar cuando dos terceras partes de la humanidad se encuentran hundidas en el hambre, la miseria o la guerra? 
La alegría de María es el gozo de una mujer creyente que se alegra en Dios salvador, el que levanta a los humillados y dispersa a los soberbios, el que colina de bienes a los hambrientos y despide a los ricos vacíos.
La alegría verdadera sólo es posible en el corazón del hombre que anhela y busca justicia, libertad y fraternidad entre los hombres. María se alegra en Dios, porque viene a consumar la esperanza de los abandonados.
Sólo se puede ser alegre en comunión con los que sufren y en solidaridad con los que lloran. Sólo tiene derecho a la alegría quien lucha por hacerla posible entre los humillados. Sólo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a otros. Sólo puede celebrar la Navidad quien busca sinceramente el nacimiento de un hombre nuevo entre nosotros.

José Antonio Pagola



Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


lunes, 8 de diciembre de 2014

14/12/2014 - 3º domingo de Adviento (B)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
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¡Volver a Jesucristo! Iniciar la reacción.
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José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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3º domingo de Adviento (B)


EVANGELIO

En medio de vosotros hay uno que no conocéis.

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 6-8.19-28

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venia como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». El confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.» Le preguntaron: «¿Entonces, qué ? ¿Eres tú Elías?» El dijo: «No lo soy.». «Eres tú el Profeta ?». Respondió: «No.» Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?». Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: "Allanad el camino del Señor", como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: - «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?» Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Palabra de Dios.

HOMILIA

2014-2015 –
14 de diciembre de 2014

ALLANAR EL CAMINO HACIA JESÚS

Allanad los caminos del Señor.

«Entre vosotros hay uno que no conocéis». Estas palabras las pronuncia el Bautista refiriéndose a Jesús, que se mueve ya entre quienes se acercan al Jordán a bautizarse, aunque todavía no se ha manifestado. Precisamente toda su preocupación es «allanar el camino» para que aquella gente pueda creer en él. Así presentaban las primeras generaciones cristianas la figura del Bautista.
Pero las palabras del Bautista están redactadas de tal forma que, leídas hoy por los que nos decimos cristianos, no dejan de provocar en nosotros preguntas inquietantes. Jesús está en medio de nosotros, pero ¿lo conocemos de verdad?, ¿comulgamos con él?, ¿le seguimos de cerca?
Es cierto que en la Iglesia estamos siempre hablando de Jesús. En teoría nada hay más importante para nosotros. Pero luego se nos ve girar tanto sobre nuestras ideas, proyectos y actividades que, no pocas veces, Jesús queda en un segundo plano. Somos nosotros mismos quienes, sin darnos cuenta, lo «ocultamos» con nuestro protagonismo.
Tal vez, la mayor desgracia del cristianismo es que haya tantos hombres y mujeres que se dicen «cristianos», en cuyo corazón Jesús está ausente. No lo conocen. No vibran con él. No los atrae ni seduce. Jesús es una figura inerte y apagada.
Está mudo. No les dice nada especial que aliente sus vidas. Su existencia no está marcada por Jesús.
Esta Iglesia necesita urgentemente «testigos» de Jesús, creyentes que se parezcan más a él, cristianos que, con su manera de ser y de vivir, faciliten el camino para creer en Cristo. Necesitamos testigos que hablen de Dios como hablaba él, que comuniquen su mensaje de compasión como lo hacía él, que contagien confianza en el Padre como él.
¿De qué sirven nuestras catequesis y predicaciones si no conducen a conocer, amar y seguir con más fe y más gozo a Jesucristo? ¿En qué quedan nuestras eucaristías si no ayudan a comulgar de manera más viva con Jesús, con su proyecto y con su entrega crucificada a todos?. En la Iglesia nadie es «la Luz», pero todos podemos irradiarla con nuestra vida. Nadie es «la Palabra de Dios», pero todos podemos ser una voz que invita y alienta a centrar el cristianismo en Jesucristo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2011-2012 -
11 de diciembre de 2011

TESTIGOS DE LA LUZ

La fe cristiana ha nacido del encuentro sorprendente que ha vivido un grupo de hombres y mujeres con Jesús. Todo comienza cuando estos discípulos y discípulas se ponen en contacto con él y experimentan "la cercanía salvadora de Dios". Esa experiencia liberadora, transformadora y humanizadora que viven con Jesús es la que ha desencadenado todo.
Su fe se despierta en medio de dudas, incertidumbres y malentendidos mientras lo siguen por los caminos de Galilea. Queda herida por la cobardía y la negación cuando es ejecutado en la cruz. Se reafirma y vuelve contagiosa cuando lo experimentan lleno de vida después de su muerte.
Por eso, si a lo largo de los años, no se contagia y se transmite esta experiencia de unas generaciones a otras, se introduce en la historia del cristianismo una ruptura trágica. Los obispos y presbíteros siguen predicando el mensaje cristiano. Los teólogos escriben sus estudios teológicos. Los pastores administran los sacramentos. Pero, si no hay testigos capaces de contagiar algo de lo que se vivió al comienzo con Jesús, falta lo esencial, lo único que puede mantener viva la fe en él.
En nuestras comunidades estamos necesitados de estos testigos de Jesús. La figura del Bautista, abriéndole camino en medio del pueblo judío, nos anima a despertar hoy en la Iglesia esta vocación tan necesaria. En medio de la oscuridad de nuestros tiempos necesitamos «testigos de la luz».
Creyentes que despierten el deseo de Jesús y hagan creíble su mensaje. Cristianos que, con su experiencia personal, su espíritu y su palabra, faciliten el encuentro con él. Seguidores que lo rescaten del olvido y de la relegación para hacerlo más visible entre nosotros.
Testigos humildes que, al estilo del Bautista, no se atribuyan ninguna función que centre la atención en su persona robándole protagonismo a Jesús. Seguidores que no lo suplanten ni lo eclipsen. Cristianos sostenidos y animados por él, que dejan entrever tras sus gestos y sus palabras la presencia inconfundible de Jesús vivo en medio de nosotros.
Los testigos de Jesús no hablan de sí mismos. Su palabra más importante es siempre la que le dejan decir a Jesús. En realidad el testigo no tiene la palabra. Es  solo «una voz» que anima a todos a «allanar» el camino que nos puede llevar a él. La fe de nuestras comunidades se sostiene también hoy en la experiencia de esos testigos humildes y sencillos que en medio de tanto desaliento y desconcierto ponen luz pues nos ayudan con su vida a sentir la cercanía de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2008-2009 – RECUPERAR EL EVANGELIO.
14 de diciembre de 2008

ALLANAR EL CAMINO HACIA JESÚS

(Ver homilía del 14 de diciembre de 2014)

José Antonio Pagola

HOMILIA

2005-2006 – POR LOS CAMINOS DE JESÚS
11 de diciembre de 2005

TESTIGOS DE LA LUZ

Allanad el camino del Señor.

Es curioso cómo presenta el cuarto evangelio la figura de Juan el Bautista. Es un «hombre», sin más calificativos ni precisiones. Nada se nos dice de su origen o condición social. El mismo sabe que no es importante. No es el Mesías, no es Elías, ni siquiera es el Profeta que todos están esperando.
Sólo se ve a sí mismo como «la voz que grita en el desierto: allanad el camino al Señor». Sin embargo se nos dice que Dios lo envía como «testigo de la luz» capaz de despertar la fe de todos. Una persona que puede contagiar luz y vida. ¿Qué es ser testigo de la luz? 
El testigo es como Juan. No se da importancia. No busca ser original ni llamar la atención. No trata de impactar a nadie. Sencillamente vive su vida de manera convencida. Se le ve que Dios ilumina su vida. Lo irradia en su manera de vivir y de creer.
El testigo de la luz no habla mucho, pero es una voz. Vive algo inconfundible. Comunica lo que a él le hace vivir. No dice cosas sobre Dios, pero contagia «algo». No enseña doctrina religiosa, pero invita a creer.
La vida del testigo atrae y despierta interés. No culpabiliza a nadie. No condena. Contagia confianza en Dios, libera de miedos. Abre siempre caminos. Es como el Bautista, «allana el camino al Señor».
El testigo se siente débil y limitado. Muchas veces comprueba que su fe no encuentra apoyo ni eco social. Incluso se ve rodeado de indiferencia o rechazo. El testigo de Dios no juzga a nadie. No ve a los demás como adversarios que hay que combatir o convencer. Dios sabe cómo encontrarse con cada uno de sus hijos e hijas.
Se dice que el mundo actual se va convirtiendo en un «desierto», pero el testigo nos revela que algo sabe de Dios y del amor, algo sabe de la «fuente» y de cómo se calma la sed de felicidad que hay en el ser humano.
La vida está llena de pequeños testigos. Son creyentes sencillos, humildes, conocidos sólo en su entorno. Personas entrañablemente buenas. Viven desde la verdad y el amor. Ellos nos «allanan el camino» hacia Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2002-2003 – REACCIONAR
15 de diciembre de 2002

EN MEDIO DEL DESIERTO

Allanad el camino del Señor.

Los grandes movimientos religiosos han nacido casi siempre en el desierto. Son los hombres y las mujeres del silencio y la soledad los que al ver la luz, pueden convertirse en maestros y guías de la Humanidad. En el desierto no es posible lo superfluo. En el silencio sólo se escuchan las preguntas esenciales. En el desierto sólo sobrevive quien se alimenta de lo interior.
En el cuarto evangelio, el Bautista queda reducido a lo esencial. No es el Mesías, ni Elías vuelto a la vida, no es el profeta. Es «una voz que grita en el desierto». No tiene poder político, no posee título religioso alguno. No habla desde el Templo o la sinagoga. Su voz no nace de la estrategia política ni de los intereses religiosos. Viene de lo que escucha el ser humano cuando ahonda en lo esencial.
El presentimiento del Bautista se puede resumir así: «Hay algo más grande, más digno y esperanzador que lo que estamos viviendo. Nuestra vida ha de cambiar de raíz». No basta frecuentar la sinagoga sábado tras sábado, de nada sirve leer rutinariamente los textos sagrados, es inútil ofrecer regularmente los sacrificios prescritos por la Ley. No da vida cualquier religión. Hay que abrirse al Misterio del Dios vivo.
En la sociedad de la abundancia y del progreso, se está haciendo cada vez más difícil escuchar una voz que venga del desierto. Lo que se oye es la publicidad de lo superfluo, la divulgación de lo trivial, la palabrería de políticos prisioneros de su estrategia y hasta discursos religiosos interesados.
Alguien podría pensar que ya no es posible conocer a testigos que nos hablen desde el silencio y la verdad de Dios. No es así. En medio del desierto de la vida moderna podemos encontrarnos con personas que irradian sabiduría y dignidad pues no viven de lo superfluo. Gente sencilla entrañablemente humana. No pronuncian muchas palabras. Es su vida la que habla.
Ellos nos invitan, como el Bautista, a dejarnos «bautizar», a sumergirnos en una vida diferente, recibir un nuevo nombre, «renacer» para no sentirnos producto de esta sociedad ni hijos del ambiente, sino hijos queridos de Dios.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1999-2000 – COMO ACERTAR
12 de diciembre de 1999

ESPERAR

Allanad el camino al Señor.

Son bastantes las personas que no saben esperar. Quieren satisfacerlo todo enseguida; su vida se encierra siempre en lo inmediato; no tienen paciencia para madurar las cosas, los encuentros, las decisiones; no conocen el enriquecimiento propio de la espera. Difícilmente crecerá en ellas algo grande y profundo.
La espera más enriquecedora es, sin duda, la de quien aguarda el encuentro con un ser querido. Esta espera produce diversos efectos en la persona. Crea en nosotros una tensión sana, nos prepara interiormente para acoger a quien nuestro corazón ama, dilata nuestra alma, excita nuestro deseo, ensancha nuestra existencia, sostiene nuestra alegría.
Esta espera alcanza su mayor plenitud cuando no sólo esperamos a la persona querida, sino que sabemos que también nosotros somos esperados por ella. Esta es una de las mayores fuentes de alegría humana: esperar y ser esperados por alguien que nos quiere. Cuando no esperamos a nadie y nadie nos espera en ninguna parte, nuestra vida se pierde en la monotonía y la tristeza.
Esta experiencia humana puede ayudarnos a «entender» de alguna manera la estructura de la fe que anima al creyente. No es tan difícil captar que en nosotros hay una «nostalgia» de algo que no sabemos definir bien. Siempre «esperamos» más que lo que vamos recibiendo de la vida; nada nos llena del todo; nuestro deseo va siempre más allá. ¿Qué esperamos?, ¿qué anhela nuestro corazón? El creyente es un hombre o una mujer que, poco a poco, va intuyendo desde lo más hondo de su ser que «espera» a Dios, más aún, «es esperado» por Dios.
Los evangelios presentan al Bautista como el «hombre de la espera». Toda su vida es tensión, espera, preparación para acoger al Salvador. Cuando oye que Jesús recorre Galilea sembrando salud, perdón y vida, de su corazón sólo brota una pregunta: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». La respuesta de Jesús lo dice todo: «Dichoso el que no se sienta defraudado por mí». La fe despierta en nosotros de forma humilde y misteriosa, pero casi siempre se juega en torno a estas preguntas: ¿Espero yo algo de la vida?, ¿espero a alguien?, ¿cuál es el deseo más profundo de mi corazón? Sólo cuando he entrado en contacto con mis anhelos más hondos me puedo preguntar: ¿Me defrauda Cristo en ese deseo de mi corazón?

José Antonio Pagola

HOMILIA

1996-1997 – DESPERTAR LA FE
15 de diciembre de 1996

PREPARAR EL CAMINO

Allanad el camino al Señor.

Corremos el riesgo de pensar que la pacificación nos la va a traer ese pequeño grupo de personas a las que llamamos «los políticos». Imaginamos que serán ellos quienes, con su habilidad y estrategias, llegarán a acuerdos que nos permitirán vivir sin graves sobresaltos y con un equilibrio social suficiente.
Todo ello es, sin duda, necesario, pero la reconciliación que necesitamos es algo más hondo y humano. No nos va a llegar sólo desde fuera como resultado de un juego de fuerzas y negociaciones. Necesitamos respirar un aire nuevo. Don José María Setién ha hablado de la necesidad de un «espíritu», «un alma» que inspire la tarea colectiva de la pacificación. Un espíritu reconciliador que ha de nacer del interior de las personas para ir tomando cuerpo en la sociedad.
Lo primero es, sin duda, despertar la propia responsabilidad. Cada uno con su manera de sentir, pensar, hablar o reaccionar podemos favorecer lo que nos acerca a la reconciliación o lo que nos aleja de ella. Cada uno podemos contribuir a la paz o al mantenimiento de la discordia. Para más de uno esta tarea pacificadora puede convertirse en una verdadera vocación. ¿Por qué no me voy a sentir yo llamado personalmente a estar en medio de este pueblo con talante reconciliador, poniendo todo mi empeño en promover el respeto mutuo, la comprensión y el mutuo perdón?
No es posible, sin embargo, trabajar de cualquier manera por la paz. Con el corazón lleno de odio y condena, de intolerancia o de resentimiento, poco se puede aportar a una convivencia pacífica. Cada uno hemos de purificar nuestra actitud interior. De lo contrario, seguiremos actuando con las motivaciones ocultas de siempre y con las mismas reacciones, repitiendo mecánicamente comportamientos que no favorecerán a la paz.
Por la reconciliación se trabaja humildemente, perdonando y pidiendo perdón. Sin cultivar falsas autocomplacencias de inocencia. ¿Quién no ha pecado?, ¿quién ha mantenido limpio su corazón?, ¿quién no podía haber arriesgado más por la paz? Puede ser tranquilizador acusar a otros, pero sólo la autocrítica sincera y el mutuo perdón nos pueden capacitar para construir juntos el futuro.
Entre nosotros éste puede ser hoy el modo concreto de escuchar la llamada del Bautista: «Allanad el camino del Señor» (Juan 1, 23). Haced más fácil la llegada de la paz. Esa paz que Dios desea para todos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1993-1994 – CREER ES OTRA COSA
12 de diciembre de 1993

REAJUSTE DE LA FE

Allanad el camino del Señor.

La fe se ha convertido para muchos en una experiencia problemática. No saben exactamente lo que les ha sucedido estos años, pero una cosa es clara: ya no volverán a creer en lo que creyeron de niños. De todo aquello, solo quedan algunas creencias de perfil bastante borroso. Cada uno se ha ido construyendo su propio mundo interior, sin poder evitar muchas veces graves incertidumbres e interrogantes.
La mayoría de estas personas hacen su «recorrido religioso» de forma solitaria y casi secreta. ¿Con quién van a hablar de estas cosas? No hay guías ni puntos de referencia. Cada uno actúa como puede en estas cuestiones que afectan a lo más profundo del ser humano. Muchos no saben si lo que les sucede es normal o inquietante.
Los estudios del profesor de Atlanta, James Fowler, sobre el desarrollo de la fe, pueden ayudar a no pocos a entender mejor su propio recorrido. Al mismo tiempo, arrojan luz sobre las etapas que ha de seguir la persona para estructurar su «universo de sentido».
En los primeros estadios de la vida, el niño va asumiendo sin reflexión las creencias y valores que se le proponen. Su fe no es todavía una decisión personal. El niño va estableciendo lo que es verdadero o falso, bueno o malo, a partir de lo que le enseñan desde fuera.
Más adelante, el individuo acepta las creencias, prácticas y doctrinas de manera más reflexionada, pero siempre tal como están definidas por el grupo, la tradición o las autoridades religiosas. No se le ocurre dudar seriamente de nada. Todo es digno de fe, todo es seguro.
La crisis llega más tarde. El individuo toma conciencia de que la fe ha de ser libre y personal. Ya no se siente obligado a creer de modo tan incondicional en lo que enseña la Iglesia. Poco a poco comienza a relativizar ciertas cosas y a seleccionar otras. Su mundo religioso se modifica y hasta se resquebraja. No todo responde a un deseo de autenticidad mayor. Está también la frivolidad y las incoherencias.
Todo puede quedar ahí. Pero el individuo puede también seguir ensanchando su universo interior. Si se abre sinceramente a Dios y lo busca en las zonas más profundas de su ser, puede brotar una fe nueva. El amor de Dios, creído y acogido con humildad, da un sentido más hondo a todo. La persona conoce una coherencia interior más armoniosa. Las dudas no son un obstáculo. El individuo intuye ahora el valor último que encierran prácticas y símbolos antes criticados. Se despierta de nuevo la comunicación con Dios. La persona vive en comunión con todo lo bueno que hay en el mundo y se siente llamada a amar y proteger la vida.
Lo decisivo es siempre hacer en nosotros un lugar real a Dios. De ahí la importancia de escuchar la llamada del Profeta: «Preparad el camino del Señor

José Antonio Pagola

HOMILIA

1990-1991 – DESPERTAR LA ESPERANZA
16 de diciembre de 1990

DESCONOCIDO

Hay uno a quien no conocéis.

Hay algo paradójico en la actitud de bastantes contemporáneos ante la figura de Jesucristo. Por una parte, creen que lo conocen y no tienen mucho que aprender sobre él. Por otra, su ignorancia sobre la persona y el mensaje de Jesús es casi absoluta.
En realidad, lo que saben de él apenas supera unas vagas impresiones que conservan desde la infancia. Después, no han sentido necesidad alguna de conocerlo más a fondo. ¿Qué podrían encontrar en él de interesante para sus vidas?
En algunos su figura sólo evoca episodios ingenuos y milagros irreales, representados mil veces por artistas, pero muy alejados de la trama de la vida moderna. Jesús puede, tal vez, aportar un poco de poesía, pero si queremos ser eficaces hemos de buscar por otros caminos.
¿Conocen mejor a Jesús los que se tienen por cristianos? Sorprende ver cómo los mismos practicantes reducen a menudo el evangelio a lo anecdótico y maravilloso, y cómo encierran el misterio de Jesús en imágenes simplistas y estereotipadas, muy alejadas a veces de lo que realmente fue él.
Por otra parte, mientras algunas cuestiones de carácter eclesiástico o moral suscitan notable interés, son pocos los que se interesan por conocer con más rigor y hondura al mismo Jesús.
Analizando la actual situación, Josep María Lozano se hace estas preguntas: “Qué está ocurriendo en la Iglesia, que a los cristianos nos preguntan cómo nos afectan las palabras del Papa y ya casi nadie nos pregunta cómo nos afectan las palabras de Jesús? ¿Qué está ocurriendo, que los católicos parecen más capaces de celebrar la presencia del Papa que de celebrar la presencia de Jesús?”.
Naturalmente, los creyentes hemos de escuchar la palabra de la jerarquía y el esfuerzo de la Iglesia entera por aplicar el evangelio al momento actual, pero, ¿no es paradójico detenernos casi siempre en ciertas discusiones, mientras apenas hacemos algo por conocer con más rigor el mensaje y la actuación de Aquel que ha de inspirar siempre a los cristianos?
Después de veinte siglos de cristianismo, hemos repetido hasta el exceso el nombre de Cristo, hemos llenado bibliotecas enteras con estudios especializados y, tal vez, hemos terminado por creer que no necesitamos ya ahondar más en su persona y su mensaje. ¿No se podrán repetir también hoy las palabras del profeta: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”?
La Iglesia actual habla mucho, trabaja activamente, organiza muchas cosas. Pero no hemos de olvidar que su primera tarea también hoy es ayudar al hombre a encontrarse con la persona viva de Cristo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1987-1988 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
13 de diciembre de 1987

FALTAN TESTIGOS DE DIOS

Este venía como testigo.

La figura de Juan el Bautista, “testigo de la luz”, nos recuerda una vez más que todo creyente, silo es de verdad, está llamado a dar testimonio de su fe.
Sin embargo, en el Congreso “Evangelización y hombre de hoy» celebrado en Madrid hace dos años se dijo que “a nuestra Iglesia le sobran papeles y le faltan testigos». Tal vez, con estas expresivas palabras se apuntaba uno de los problemas más cruciales del cristianismo actual.
Durante muchos años han seguido funcionando entre nosotros los mecanismos que tradicionalmente servían para “transmitir” la fe. Los padres hablaban a los hijos, los profesores de religión a sus alumnos, los catequistas a los catequizandos, los sacerdotes a los seglares.
No han faltado palabras. Pero, tal vez, ha faltado testimonio, comunicación de experiencia, contagio de algo vivido de manera honda y entrañable.
Durante estos años muchos se han preocupado del posible quebranto de la ortodoxia y del depósito de la fe. Y necesitamos, sin duda, cuidar con fidelidad el mensaje del Señor. Pero nuestro mayor problema no es probablemente el depósito de la fe sino la vivencia de esa fe depositada en nosotros.
Otros se han preocupado más bien de denunciar toda clase de opresiones e injusticias. Por un momento parecía que por todas partes surgían nuevos “profetas”. Y cuánta necesidad seguimos teniendo de hombres de fuego que proclamen la justicia de Dios entre los hombres. Pero, con frecuencia, junto a las palabras, han faltado testigos cuya vida arrastrara a las gentes.
Tal vez, lo primero que nos falta para que surjan testigos vivos es “experiencia de Dios”. Karl Rahner pedía hace unos años que «hemos de reconocer de una vez la pobreza de espiritualidad» en la Iglesia actual.
Nos sobran palabras y nos falta la Palabra. Nos desborda el activismo y no percibimos la acción del Espíritu entre nosotros. Hablamos y escribimos de Dios pero no sabemos experimentar su poder liberador y su gracia viva en nosotros.
Pocas veces vivimos la acogida de Dios desde el fondo de nosotros mismos y, por tanto, pocas veces llegamos con nuestra palabra creyente al fondo de los demás.
Creyentes mudos que no confiesan su fe. Testigos cansados, desgastados por la rutina o quemados por la dureza de los tiempos actuales. Comunidades que se reúnen, cantan y salen de las iglesias “sin conocer al que está en medio de ellos».
Sólo la acogida interior al Espíritu puede reanimar nuestras vidas y generar entre nosotros “testigos del Dios vivo”.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1984-1985 – BUENAS NOTICIAS
16 de diciembre de 1984

EL GRAN DESCONOCIDO

Uno a quien no conocéis...

El hecho puede parecer paradójico pero es real. Jesucristo, personaje aparentemente conocido por todos, es para muchos contemporáneos un perfecto desconocido.
Son bastantes los que creen conocerlo suficientemente, incluso, como para opinar categóricamente sobre él. Y sin embargo, lo que saben de Jesús apenas supera un conjunto de tópicos, imágenes confusas o impresiones infantiles.
En realidad, su conocimiento de Jesús ha quedado reducido al recuerdo vago de unos relatos simplistas y pintorescos. No sabrían decir que relación puede haber entre ese Jesús y la realidad que viven día tras día.
Jesús es para ellos algo pueril y anecdótico que no puede aportar nada válido a la existencia si no es un poco de poesía y utopía ingenua. El hombre realmente serio tiene que buscar en otra dirección.
Más sorprendente resulta detectar la ignorancia de los que se dicen «cristianos». No son pocos los que se contenta con afirmar con los labios «la doctrina católica» que la Iglesia enseña sobre Jesucristo. Ello les proporciona suficiente seguridad y tranquilidad religiosa como para no realizar esfuerzo alguno por conocer la persona, el mensaje y la actuación de Jesús.
Otros se interesan, sobre todo, por el magisterio del Papa en la medida en que puede ofrecer una estabilidad mayor a la familia, a la sociedad y a la historia de los hombres, pero no se preocupan de encontrar en Jesús el inspirador de sus vidas. Se podría eliminar de su religión la persona de Jesucristo y nada vital habría cambiado en ellos.
Si el Bautista recorriera hoy nuestra sociedad contemporánea, podría repetir las mismas palabras de otro tiempo: «En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis».
Antes que adoptar una postura seria y responsable ante la fe cristiana, deberíamos conocer mejor la persona misma de Jesucristo y todo lo que puede significar de interrogante, desafío, interpelación y promesa para el hombre de todos los tiempos.
Javier Sádaba ha afirmado que «lo normal y extendido en nuestros días es que un hombre adulto y razonablemente instruido no es un creyente o un incrédulo, sino que se despreocupa de tales cuestiones». Aparte de lo cuestionable de tal afirmación, es triste encontrarse con «hombres adultos y razonablemente instruidos» cuya ignorancia e indocumentación sobre Jesús es casi total.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1981-1982 – APRENDER A VIVIR
13 de diciembre de 1981

TESTIGOS

Venía como testigo.

Durante muchos años hemos conocido entre nosotros una sociedad donde la religión unánimemente aceptada por la práctica totalidad de los ciudadanos, era un factor, quizás el más importante, de integración social.
En una «situación de cristiandad», todo ocurría como si la fe fuera hereditaria, ya que era transmitida automáticamente por el grupo social a cada individuo.
En esa sociedad se supone, sin discusión alguna, que todos tienen fe y son creyentes. Por lo tanto, la única preocupación de la Iglesia consistirá en instruir en esa fe por medio de una catequesis doctrinal, administrar los sacramentos, urgir la práctica cultual, y exigir una vida moral consecuente.
Pero, apenas se atenderá de manera relevante a despertar la fe y suscitarla como una conversión y decisión personal ante la interpelación radical del evangelio.
El riesgo que se sigue es inevitable. El cristiano perfecto es un hombre que conoce la doctrina cristiana, recibe los sacramentos y ajusta su vida a una moral intachable. Pero, es fácil que no se preocupe nunca demasiado de replantearse su fe, y de testimoniarla y contagiarla a los demás.
De esta manera, cuando la «sociedad de cristiandad» ha saltado en mil pedazos, y la descristianización ha ido invadiendo los diversos ámbitos de la vida social, los cristianos nos hemos ido replegando en el interior de la comunidad creyente, sin fuerzas, al parecer, para confesar nuestra fe y testimoniarla en medio de esta nueva sociedad.
Y sin embargo, todo creyente que toma en serio su fe se convierte en testigo de Jesucristo. No se puede escuchar con hondura la buena noticia de Jesús, sin sentir la necesidad de comunicarla.
El testimonio del creyente es como el de Juan el Bautista, que «vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe». Se trata de suscitar fe y hacer creíble a Jesucristo.
Naturalmente, el testimonio no consiste sólo en hablar. No se trata de defender con palabras una determinada concepción de la vida frente a otras ideologías contrarias, aunque también el creyente debe dar «razón de su esperanza».
Se trata de ser testigos de Jesucristo, es decir, hombres y mujeres, que creen en lo que él creyó, defienden la causa que él defendió y viven como él vivió. Entonces se está anunciando a Alguien «que está en medio de nosotros y a quien no conocemos».

José Antonio Pagola



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