lunes, 20 de octubre de 2014

26/10/2014 - 30º domingo Tiempo ordinario (A)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
"Volver a Jesucristo. Iniciar la reacción". 
Pulsando aquí podréis disfrutar de ella.
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¡Volver a Jesús! Retomar la frescura inicial del evangelio.
Video de la Conferencia de Jose Antonio Pagola. 

José Antonio Pagola: He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús.Aproximación histórica.

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30º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús habla hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
-«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo:
-«"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser."
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo."
Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
26 de octubre de 2014
CREER EN EL AMOR
La religión cristiana les resulta a no pocos un sistema religioso difícil de entender y, sobre todo, un entramado de leyes demasiado complicado para vivir correctamente ante Dios. ¿No necesitamos los cristianos concentrar mucho más nuestra atención en cuidar antes que nada lo esencial de la experiencia cristiana?
Los evangelios han recogido la respuesta de Jesús a un sector de fariseos que le preguntan cuál es el mandamiento principal de la Ley. Así resume Jesús lo esencial: lo primero es “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser”; lo segundo es “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
La afirmación de Jesús es clara. El amor es todo. Lo decisivo en la vida es amar. Ahí está el fundamento de todo. Lo primero es vivir ante Dios y ante los demás en una actitud de amor. No hemos de perdernos en cosas accidentales y secundarias, olvidando lo esencial. Del amor arranca todo lo demás. Sin amor todo queda pervertido.
Al hablar del amor a Dios, Jesús no está pensando en los sentimientos o emociones que pueden brotar de nuestro corazón; tampoco nos está invitando a multiplicar nuestros rezos y oraciones. Amar al Señor, nuestro Dios, con todo el corazón es reconocer a Dios como Fuente última de nuestra existencia, despertar en nosotros una adhesión total a su voluntad, y responder con fe incondicional a su amor universal de Padre de todos.
Por eso añade Jesús un segundo mandamiento. No es posible amar a Dios y vivir de espaldas a sus hijos e hijas. Una religión que predica el amor a Dios y se olvida de los que sufren es una gran mentira. La única postura realmente humana ante cualquier persona que encontramos en nuestro camino es amarla y buscar su bien como quisiéramos para nosotros mismos.
Todo este lenguaje puede parecer demasiado viejo, demasiado gastado y poco eficaz. Sin embargo, también hoy el primer problema en el mundo es la falta de amor, que va deshumanizando, uno tras otro, los esfuerzos y las luchas por construir una convivencia más humana.
Hace unos años, el pensador francés, Jean Onimus escribía así: “El cristianismo está todavía en sus comienzos; nos lleva trabajando solo dos mil años. La masa es pesada y se necesitarán siglos de maduración antes de que la caridad la haga fermentar”. Los seguidores de Jesús no hemos de olvidar nuestra responsabilidad. El mundo necesita testigos vivos que ayuden a las futuras generaciones a creer en el amor pues no hay un futuro esperanzador para el ser humano si termina por perder la fe en el amor.
José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
23 de octubre de 2011

LO PRIMERO

En cierta ocasión los fariseos se reunieron en grupo y le hicieron a Jesús una pregunta que era motivo de discusión y debate entre los sectores más preocupados de cumplir escrupulosamente los seiscientos trece preceptos más importantes sobre el sábado, la pureza ritual, los diezmos y otras cuestiones: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».
La respuesta de Jesús es muy conocida entre los cristianos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este es el más importante. Luego añadió: «El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y concluyó con esta afirmación: «Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los profetas».
Nos interesa mucho escuchar bien las palabras de Jesús pues también en la Iglesia, como en el antiguo Israel, ha ido creciendo a lo largo de los siglos el número de preceptos, normas y prohibiciones para regular los diversos aspectos de la vida cristiana. ¿Qué es lo primero y más importante? ¿Qué es lo esencial para vivir como seguidores de Jesús?
Jesús deja claro que no todo es igualmente importante. Es un error dar mucha importancia a cuestiones secundarias de carácter litúrgico o disciplinar descuidando lo esencial. No hemos de olvidar nunca que sólo el amor sincero a Dios y al prójimo es el criterio principal y primero de nuestro seguimiento a Jesús.
Según él, ese amor es la actitud de fondo, la fuerza clave e insustituible que pone verdad y sentido a nuestra relación religiosa con Dios y a nuestro comportamiento con las personas. ¿Qué es la religión cristiana sin amor? ¿A qué queda reducida nuestra vida en el interior de la Iglesia y en medio de la sociedad sin amor?
El amor libera nuestro corazón del riesgo de vivir empobrecidos, empequeñecidos o paralizados por la atención insana a toda clase de normas y ritos. ¿Qué es la vida de un practicante sin amor vivo a Dios? ¿Qué verdad hay en nuestra vida cristiana sin amor práctico al prójimo necesitado?
El amor se opone a dos actitudes bastantes difundidas. En primer lugar, la indiferencia entendida como insensibilidad, rigidez de mente, falta de corazón. En segundo lugar, el egocentrismo y desinterés por los demás.
En estos tiempos tan críticos nada hay más importante que cuidar humildemente lo esencial: el amor sincero a Dios alimentado en celebraciones sentidas y vividas desde dentro; el amor al prójimo fortaleciendo el trato amistoso entre los creyentes e impulsando el compromiso con los necesitados. Contamos con el aliento de Jesús.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
26 de octubre de 2008

PASIÓN POR DIOS, COMPASIÓN POR EL SER HUMANO

Estos dos mandamientos sostienen la ley entera.

Cuando olvidan lo esencial, fácilmente se adentran las religiones por caminos de mediocridad piadosa o de casuística moral, que no sólo incapacitan para una relación sana con Dios, sino que pueden desfigurar y destruir gravemente a las personas. Ninguna religión escapa a este riesgo.
La escena que se narra en los evangelios tiene como trasfondo una atmósfera religiosa en que maestros religiosos y letrados clasifican cientos de mandatos de la Ley divina en «fáciles» y «difíciles», «graves» y «leves», «pequeños» y «grandes». Imposible moverse con un corazón sano en esta red.
La pregunta que plantean a Jesús busca recuperar lo esencial, descubrir el «espíritu perdido»: ¿cuál es el mandato principal?, ¿qué es lo esencial?, ¿dónde está el núcleo de todo? La respuesta de Jesús, como la de Hillel y otros maestros judíos, recoge la fe básica de Israel: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser».
Que nadie piense que se está hablando aquí de emociones o sentimientos hacia un Ser Imaginario, ni de invitaciones a rezos y devociones. «Amar a Dios con todo el corazón» es reconocer humildemente el Misterio último de la vida; orientar confiadamente la existencia de acuerdo con su voluntad: amar a Dios como fuerza creadora y salvadora, que es buena y nos quiere bien.
Todo esto marca decisivamente la vida pues significa alabar la existencia desde su raíz; tomar parte en la vida con gratitud; optar siempre por lo bueno y lo bello; vivir con corazón de carne y no de piedra; resistirnos a todo lo que traiciona la voluntad de Dios negando la vida y la dignidad de sus hijos e hijas.
Por eso el amor a Dios es inseparable del amor a los hermanos. Así lo recuerda Jesús: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No es posible el amor real a Dios sin descubrir el sufrimiento de sus hijos e hijas. ¿Qué religión sería aquella en la que el hambre de los desnutridos o el exceso de los satisfechos no planteara pregunta ni inquietud alguna a los creyentes? No están descaminados quienes resumen la religión de Jesús como «pasión por Dios y compasión por la humanidad».

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
23 de octubre de 2005

QUEDARSE CON LO ESENCIAL

Estos dos mandamientos sostienen la ley entera.

No era fácil para los contemporáneos de Jesús tener una visión clara de lo que constituía el núcleo de su religión. La gente sencilla se sentía perdida. Los escribas hablaban de seiscientos trece mandamientos contenidos en la ley. ¿Cómo orientarse en una red tan complicada de preceptos y prohibiciones? En algún momento, el planteamiento llegó hasta Jesús: ¿Qué es lo más importante y decisivo? ¿Cuál es el mandamiento principal, el que puede dar sentido a los demás?
Jesús no se lo pensó dos veces y respondió recordando unas palabras que todos los judíos varones repetían diariamente al comienzo y al final del día: «Escucha Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». El mismo había pronunciado aquella mañana estas palabras. A él le ayudaban a vivir centrado en Dios. Esto era lo primero para él.
Enseguida añadió algo que nadie le había preguntado: «El segundo mandato es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Nada hay más importante que estos dos mandamientos. Para Jesús son inseparables. No se puede amar a Dios y desentenderse del vecino.
A nosotros se nos ocurren muchas preguntas. ¿Qué es amar a Dios? ¿Cómo se puede amar a alguien a quien no es posible comprender ni ver? Al hablar del amor a Dios, los hebreos no pensaban en los sentimientos que pueden nacer en nuestro corazón. La fe en Dios no consiste en un «estado de ánimo». Amar a Dios es sencillamente centrar la vida en él, vivirlo todo desde su voluntad.
Por eso añade Jesús el segundo mandamiento. No es posible amar a Dios y vivir olvidado de gente que sufre y a la que Dios ama tanto. No hay un «espacio sagrado» en el que podamos «entendemos» a solas con Dios, de espaldas a los demás. Un amor a Dios que olvida a sus hijos e hijas es una gran mentira.
La religión cristiana les resulta hoy a no pocos complicada y difícil de entender. Probablemente, necesitamos en la Iglesia un proceso de concentración en lo esencial para desprendemos de añadidos secundarios y quedamos con lo importante: amar a Dios con todas mis fuerzas y querer a los demás como me quiero a mi mismo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
27 de octubre de 2002

¿SENTIRSE BIEN?

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo»

No es difícil observar entre nosotros los rasgos más característicos del individualismo moderno. Para muchos, el ideal de la vida es «sentirse bien». Todo lo demás viene después. Lo primero es mejorar la calidad de vida, evitar lo que nos puede molestar, y asegurar, como sea, nuestro pequeño bienestar material, sicológico y afectivo.
Para lograrlo, cada uno debe organizarse la vida a su gusto. No hay que pensar en los problemas de los demás. Lo que haga cada uno es cosa suya. No es bueno meterse en la vida de otros. Bastante tiene uno con sacar adelante su propia vida.
Este individualismo moderno está cambiando la vida de los creyentes de occidente. Poco a poco, se va difundiendo una «moral sin mandamientos». Todo es bueno si no me hace daño. Lo importante es ser inteligente y actuar con habilidad. Naturalmente, hay que respetar a todos y no perjudicar a nadie. Eso es todo.
Va cambiando también la manera de vivir la fe. Cada uno sabe «lo que le va» y «lo que no le va». Lo importante es que la religión le ayude a uno a sentirse bien. Se puede ser un «cristiano majo» y sin problemas. Lo que hace falta es «gestionar» lo religioso de manera inteligente.
El resultado es una clase media instalada en el bienestar, compuesta por individuos respetables que se comportan correctamente en todos los órdenes de la vida, pero que viven encerrados en sí mismos, separados de su propia alma y apartados de Dios y de sus semejantes.
Hay una manera muy sencilla de saber qué queda de «cristiano» en este individualismo moderno y es ver si todavía nos preocupamos de los que sufren. Jesús precisó con toda claridad lo esencial: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» y «amarás al prójimo como a ti mismo». Ser cristiano no es sentirse bien ni mal, sino sentir a los que viven mal, pensar en los que sufren y reaccionar ante su impotencia sin refugiarnos en nuestro propio bienestar.
No hay que dar por supuesto que somos cristianos, pues puede no ser verdad. No basta preguntarnos si creemos en Dios o lo amamos. Hemos de preguntarnos si amamos como hermanos a quienes sufren.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
24 de octubre de 1999

¿PUEDE AMAR A DIOS EL AGNÓSTICO?

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser» (Mt 22, 37). Éste es, según Jesús, el primer mandato que ha de escuchar el ser humano. Sorprende, por ello, la poca atención que se le presta, pues, muchas veces, sólo sirve de introducción para pasar a comentar el mandato del amor prójimo. El mandato del amor a Dios resulta insólito y extraño. Es cierto que el amor es un valor que ocupa un lugar preeminente en la civilización occidental, pero un amor orientado al Misterio de un Dios trascendente, y exigido de forma tan radical y absoluta significa un desafío ante el que hay que tomar postura (ver el último y excelente estudio del teólogo y psicoanalista de Lovaina, A. Vergote, Amarás al Señor tu Dios. La identidad cristiana, Sal Terrae 1999).
Bien miradas las cosas, el problema decisivo de la fe no consiste en «afirmar que Dios existe», sino en «amar a Dios» y amarlo de todo corazón y sobre todas las cosas. Dicho de otra manera, Dios no es una hipótesis teórica que hay que demostrar con argumentos hasta concluir que existe o no. Dios es un Misterio que se puede atisbar o sospechar y, una vez sospechado, amar o rechazar.
Por eso, aunque hoy se habla de forma generalizada de ateísmo o agnosticismo, las posturas concretas pueden ser bastante diferentes. Hay un tipo de agnósticos que tienen mil razones para mantener su postura, pero, en el fondo, lo que decide su actitud es el «no querer creer en Dios». Hay, por el contrario, otro tipo de agnósticos que quieren creer en Dios porque aman su posible existencia, pero no pueden hacerlo por diversos motivos.
La actitud básica es, por tanto, diferente. Los primeros no preguntan por Dios. No quieren ni necesitan hacerlo; la existencia de Dios no sería para ellos una «buena noticia». Los segundos, por el contrario, buscan a Dios de todo corazón precisamente porque no lo han encontrado. No se atreven a afirmar su existencia, pero no pueden dejar de buscarlo porque lo aman (aunque sea como un Dios hipotético) y siguen acariciando el posible encuentro con Él.
Según el teólogo catalán, González Faus, el agnosticismo actual es, en buena parte, «reflejo de una cultura que ha perdido el amor a Dios antes de perder la fe en él». Puede ser cierto. Por ello, puede ser oportuno recordar que el amor, la añoranza y la búsqueda sincera de un Dios hipotético por parte de un agnóstico puede responder al mandato de Jesús mejor que la actitud descuidada e indiferente de quien afirma que Dios existe, pero ni lo busca ni lo ama de corazón.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
27 de octubre de 1996

MITOS

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

A cualquier cosa se le llama hoy «amor». Pocas realidades han quedado tan desfiguradas por la propagación de ideas, costumbres y corrientes de todo tipo. No es, por ello, superfluo tratar de algunos mitos que circulan entre nosotros.
Para bastantes personas, «amar» significa sentir una atracción de carácter sentimental o sexual. Esta atracción desencadena un comportamiento amoroso de entrega a otro; cuando esa atracción se apaga, desaparece el amor. Este mito del «amor romance» contiene, como todos los mitos, verdad. En esa relación hay muchas veces amor verdadero. Pero esa atracción puede surgir también de la biología, del aburrimiento, del egoísmo o del afán de aventura.
Está también bastante extendido el mito de que, si se ama, se termina siempre sufriendo, y no poco. Es cierto que amar es arriesgarse; quien ama puede experimentar en algún momento el desengaño, la decepción e, incluso, la traición. Pero es falso relacionar el amor con el sufrimiento. El dolor es inevitable para todos. Pero lo es todavía más si una persona se va encerrando egoístamente en sí misma sin amar ni dejarse amar.
Existe también el mito que exalta el amor como la panacea que lo resuelve todo. Algunos piensan que lo importante para la persona es encontrar «el amor de su vida». Este amor terminará con su soledad, transformará su vida, les aportará seguridad y alegría. Qué duda cabe que una experiencia amorosa sana es un estímulo inapreciable para vivir. Pero, lo es, sobre todo, cuando la persona no se contenta con «recibir amor», sino que desarrolla su capacidad de amar y no sólo al «ser amado», sino también a quienes día a día va encontrando en su camino.
El mito de la espontaneidad dice que el amor ha de ser espontáneo. De lo contrario, es algo forzado, artificial y falso. Sin duda, el amor puede nacer de forma espontánea. Lo falso es pensar que ésa es la única forma de amar. En realidad el amor es un arte que se ha de aprender día a día, muchas veces en circunstancias adversas. Amar significa comprender, perdonar, respetar, aliviar el sufrimiento del otro, y todo esto no brota siempre espontáneamente. Se necesita atención, esfuerzo, determinación.
Otro mito dice que amar es difícil y complicado. Lo importante es encontrar un hueco en la sociedad y establecer relaciones «interesantes» con las personas. La pareja y los amigos interesan en la medida en que te ayudan a soportar la vida. Sin embargo, el ser humano está hecho para amar y no sólo para ser amado. La persona conoce una alegría honda cuando es capaz de amar y de amar gratuitamente.
El verdadero amor cristiano se aprende de Jesucristo. Es él quien nos enseña a amar no sólo a quien despierta en nosotros una atracción agradable, sino también a aquellos que necesitan una mano amiga que los sostenga. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Más aún: «Os amaréis unos a otros como yo os he amado

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
24 de octubre de 1993

NADA HAY MAS IMPORTANTE

¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? 

Los judíos llegaron a contar hasta seiscientos trece mandamientos que debían ser observados para cumplir íntegramente la Ley. Por eso, no era extraño en los círculos rabínicos hacerse preguntas como la que plantean a Jesús en un intento de buscar lo esencial: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?
Jesús responde de manera clara y precisa: «El primero es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos. » ¿ Como escuchar hoy estas palabras fundamentales de Jesús?
Hay algo que se nos revela con toda claridad: el amor lo es todo. Lo que se nos pide en la vida es amar. Ahí está la clave. Podremos luego sacar toda clase de consecuencias y derivaciones, pero lo esencial es vivir ante Dios y ante los demás en una actitud de amor. Si pudiéramos actuar siempre así, todo estaría salvado. Nada hay más importante que esto, ni siquiera la práctica de una determinada religión.
Pero, ¿por qué el amor es la fuerza que da sentido, verdad y plenitud a la vida? Esta centralidad del amor se enraíza, según el cristianismo, en una realidad: Dios, el origen de toda vida, El mismo es amor. Esa es la definición osada e insuperable de la fe cristiana: «Dios es Amor» (1 Juan 4, 8). Por decirlo de alguna manera aunque sea deficiente, Dios consiste en amar; Dios no sabe, no quiere y no puede hacer otra cosa que amar. Podemos dudar de todo, pero de lo que no hemos de dudar nunca es de su amor.
Precisamente por esto, amar a Dios es encontrar nuestro propio bien. Lo que da verdadera gloria a Dios no es nuestro mal, sino nuestra vida y plenitud. Quien ama a Dios y se sabe amado por El con amor infinito, aprende a mirarse, estimarse y cuidarse con verdadero amor. Qué fuerza y dinamismo generaría en nosotros esta peculiar manera de entendernos. Cuántos miedos y angustias se diluirían dentro de nosotros. Qué diferente es la vida cuando la persona aprende a decir: «Señor, que se haga tu voluntad porque así se va forjando también mi bien.»
Por otra parte, es entonces cuando se comprende en su verdadera profundidad el segundo mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Quien ama a Dios sabe que no puede vivir en una actitud de indiferencia, despreocupación u olvido de los demás. La única postura humana ante cualquier persona que encontremos en la vida es amarla.
Esto no significa que se haya de vivir de la misma forma la intimidad con la esposa, la relación con el cliente o el encuentro fortuito con alguien en la calle. Lo que se nos pide es actuar, en cada caso, buscando positivamente el bien que queremos para nosotros mismos. En unos tiempos en que parece cuestionarse todo, es bueno recordar que hay algo incuestionable: el hombre es humano cuando sabe vivir amando a Dios y a su prójimo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
28 de octubre de 1990

LÓGICA INDIVIDUALISTA

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Sigue creciendo entre nosotros, de manera irresistible, el culto a la vida privada y la obsesión por satisfacer, antes que nada, las aspiraciones individuales.
Los sociólogos hablan de «sacralización de lo individual» en la sociedad moderna, del narcisismo como tendencia dominante en nuestros días o de la disgregación de los vínculos sociales.
Para ilustrar este fenómeno, se suele evocar, tal vez de manera poco rigurosa, el auge de deportes individuales como el «jogging» o el «windsurf», la atracción de los vídeo-juegos solitarios o los bailes modernos que aíslan a los individuos unos de otros, para sentir cada uno su propio cuerpo entre decibelios que hacen imposible la comunicación.
Lo cierto es que una «lógica individualista» domina hoy la sociedad. Los intereses privados prevalecen sobre cualquier otra consideración. Pocos están dispuestos a sacrificar sus aspiraciones particulares a causas de interés general. Incluso, el motor principal de las movilizaciones sociales suele ser casi siempre la reivindicación de derechos individuales.
Pero, con todo ello, aumenta la soledad y el aislamiento de los individuos. Cada cual busca lo suyo. Hay un déficit de comunicación interpersonal. Un poco por todas partes, la gente se queja de no ser comprendida o escuchada.
Crece también la apatía e indiferencia hacia el otro. No interesan los problemas de los demás. Lo que busca cada uno es no quedarse fuera del sistema, situarse mejor en la competición por el puesto de trabajo, prosperar cada vez más.
La preocupación por los demás queda reducida al mínimo y se concreta casi siempre en un compromiso intermitente y pasajero, sin exigencias de sacrificio o abnegación.
En este «reino del Ego», no parece que el mensaje evangélico del amor pueda tener mucha acogida y, menos aún, operatividad. Sin embargo, ese «amarás a tu prójimo como a ti mismo» puede tener eco precisamente en este ascenso del individualismo, pues vincula el amor al otro con lo que deseamos para cada uno de nosotros.
Como advierte G. Lipovetsky, cuanto más avanza la sociedad hacia el individualismo, con mayor claridad aparece el individuo como valor último. Cuanto más se sacraliza lo individual, más ignominiosa se nos presenta la marginación y miseria de los desheredados.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
25 de octubre de 1987

AMAR A DIOS

Este mandamiento es el principal.

El hombre contemporáneo parece sentir una necesidad grande de desmitificarlo todo, destruir fachadas, echar abajo sistemas e ideologías para preguntarse qué es lo que puede quedar realmente como importante.
Pues bien, para Jesús lo único importante y decisivo es que el hombre sepa amar a Dios y al prójimo. Ahí se encierra como en germen todo lo que la humanidad ha de desarrollar. Ese es el secreto de la vida.
Del amor al prójimo se habla y escribe mucho hoy en día. Del amor a Dios apenas habla nadie en esta sociedad cada vez más insensible al encuentro con el Dios vivo y eterno.
Y sin embargo, según Jesús, «este mandamiento es el principal y primero”. Sería una grave equivocación el olvidarlo.
El mandato de amar a Dios no consiste en cumplir una determinada acción de manera que, una vez cumplido nuestro deber, podamos ya olvidarnos de El.
Amar a Dios es algo mucho más profundo. Nosotros estamos dispuestos a dar cualquier cosa antes que darnos a nosotros mismos. Y el amor a Dios consiste precisamente en esa entrega radical de nuestro propio yo.
El amor a Dios exige la entrega total de nuestro ser, la liberación progresiva de nuestro egocentrismo, la orientación de nuestra existencia hacia el amor.
Cuando este amor se despierta en el interior de un hombre, Dios ya no es para él el nombre de un gobernador supremo y lejano al que se respeta, con el que es peligroso entrar en conflicto y al que, en el fondo, se evita observando sus mandamientos.
Dios es una presencia amorosa que vivifica y alienta nuestro ser y nuestro obrar. Una fuente de vida y libertad que nos empuja a amar con hondura la vida, los seres vivos, las cosas y, sobre todo, los hombres y mujeres todos.
Este amor al Dios vivo no nos aleja del amor concreto al prójimo. Al contrario, sólo cuando vivimos habitados por este amor es posible liberarnos de nosotros mismos y acercarnos realmente al otro. Sólo entonces es posible perdonar en silencio, dar con desinterés, «tocar” amorosamente el misterio del hermano.
Más aún. Este amor a Dios nos descubre con frecuencia que casi todo lo que hacemos día tras día no es en realidad “amor al prójimo” sino una hermosa fachada tras la cual se esconde y crece un egoísmo secreto e inconfesable.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
28 de octubre de 1984

¿LIBERACION SEXUAL?

Amarás...

Se ha ido extendiendo cada vez más entre nosotros la convicción de que una persona es verdaderamente sana y adulta cuando sabe liberarse de las represiones que impiden la expansión de sus impulsos.
Predicadores radicales del pensamiento de S. Freud han invitado a las nuevas generaciones a alcanzar la libertad, rompiendo con cualquier normativa ética que pudiera «bloquear» el libre dinamismo de sus instintos.
Es la satisfacción del placer la que conducirá a los hombres a la libertad. Es la «revolución sexual» la que nos traerá la verdadera liberación (W. Reich).
¿Cuál ha sido el resultado? Lejos de ver nacer un hombre más sano y maduro, somos testigos de nuevas neurosis, represiones y frustraciones. Hombres y mujeres obsesionados por el placer, encerrados en una soledad cada vez mayor, incapaces de amar y abrirse al otro.
Un científico de categoría tan reconocida como E. Fromm ha podido decir que «la completa satisfacción de todas las necesidades sexuales no solamente no es la base de la felicidad sino ni siquiera garantiza la salud».
Ciertamente, son muchos los interrogantes que provoca la «revolución sexual» cuando vemos crecer el número de jóvenes alienados arrastrando una vida enfermiza y distorsionada, incapaces de enfrentarse a la realidad.
¿Qué libertad es ésta que consiste en liberarnos de las «represiones» para quedar sometidos a la esclavitud de los instintos? ¿No es ésta una liberación sin libertad? ¿ Una liberación engañosa de la que no surge un hombre realmente dueño de su destino?
En el corazón del mensaje de Jesús hay una llamada a abrirnos radicalmente al amor. Una llamada que nos recuerda a todos que una liberación en la que se prescinde del amor es siempre caída en la esclavitud. Un hombre incapacitado para amar no es libre, por mucho que proclame su libertad.
Los creyentes estamos llamados hoy a mostrar que el amor, la entrega generosa y la solidaridad, lejos de hacernos vivir de manera reprimida y enfermiza, son camino acertado para saborear con gozo la existencia y para crecer como hombres sanos, libres y felices.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
25 de octubre de 1981

LA UNICA TAREA

¿Cuál es el mandamiento principal?

Hacemos muchas. cosas en la vida. Nos movemos y agitamos tras muchos objetivos. Pero, ¿qué es lo verdaderamente importante? ¿qué hay que hacer en la vida para acertar?
Jesús lo ha resumido todo en el amor, asociando de manera íntima e inseparable dos preceptos que conocía muy bien el pueblo judío: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser» (Deuteronomio); «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico).
Todo se reduce a vivir el amor a Dios y el amor a los hermanos. Según Jesús, de aquí se deriva todo lo demás. A más de uno, todo esto podrá parecer demasiado conocido, demasiado viejo y demasiado ineficaz. Y sin embargo, hoy más que nunca necesitamos recordarlo: Saber amar es la única cosa que importa.
¿Por qué tanta gente no tiene un aspecto más feliz? ¿Por qué las cosas que poseemos nos dejan, a fin de cuentas, tan vacíos e insatisfechos? ¿Por qué no acertamos a construir una sociedad mejor, sin recurrir a la extorsión, la mentira y el asesinato? Es amor lo que nos falta.
Poco a poco, la falta de amor va haciendo del hombre un solitario, un ser siempre atareado y nunca satisfecho. La falta de amor va deshumanizando nuestros esfuerzos y luchas por obtener unos determinados objetivos políticos y sociales.
Nos falta amor. Y si nos falta amor nos falta todo. Hemos perdido nuestras raíces. Hemos abandonado la fuente ms importante de vida y felicidad.
Y aunque. pocos se atrevan a confesarlo, los hombres de hoy tienen necesidad de Dios, no como alguien vago, impersonal, abstracto, sino como un Padre cercano, capaz de cambiar nuestra vida, y capaz de renovar nuestra existencia cada mañana.
Jesús no ha confundido el amor a Dios con el amor a los hombres. El «mandamiento principal y primero» sigue siendo amar a Dios, buscar su voluntad, escuchar su llamada.
Pero, o se puede amar «con todo nuestro ser» a ese Dios Padre, sin amar con todas nuestras fuerzas a los hermanos. Y si no somos capaces de amar a los otros, nuestra existencia no sirve sino para ocuparnos de nosotros mismos o de cosas intranscendentes y sin vida.
Se oye hablar mucho de una renovación de nuestra sociedad, de una reforma de las estructuras. Pero pocos se preocupan de acrecentar su capacidad de amar.
Por muchos que sean nuestros logros sociales, poco habrá cambiado todo si seguimos tan inmunizados al amor, la atención a los desvalidos, el servicio gratuito, la generosidad desinteresada, el compartir con los necesitados.

José Antonio Pagola





Blog:               http://sopelakoeliza.blogspot.com

Para ver videos de las Conferencias de José Antonio Pagola
                        http://iglesiadesopelana3v.blogspot.com


lunes, 13 de octubre de 2014

19/10/2014 - 29º domingo Tiempo ordinario (A)

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El pasado 2 de octubre, José Antonio Pagola nos visitó en la Parroquia de San Pedro Apóstol de la Iglesia de Sopela, dándonos la conferencia:
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29º domingo Tiempo ordinario (A)


EVANGELIO

Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 15-21

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron:
-«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?»
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:
-«Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»
Le presentaron un denario. Él les preguntó:
_« ¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron:
-«Del César.»
Entonces les replicó:
-«Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Palabra de Dios.

HOMILIA

2013-2014 -
19 de octubre de 2014

LOS POBRES SON DE DIOS

A espaldas de Jesús, los fariseos llegan a un acuerdo para prepararle una trampa decisiva. No vienen ellos mismos a encontrarse con él. Les envían a unos discípulos acompañados por unos partidarios de Herodes Antipas. Tal vez, no faltan entre estos algunos poderosos recaudadores de los tributos para Roma.
La trampa está bien pensada: “¿Es lícito pagar impuestos al César o no?”. Si responde negativamente, le podrán acusar de rebelión contra Roma. Si legitima el pago de tributos, quedará desprestigiado ante aquellos pobres campesinos que viven oprimidos por los impuestos, y a los que él ama y defiende con todas sus fuerzas.
La respuesta de Jesús ha sido resumida de manera lapidaria a lo largo de los siglos en estos términos: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Pocas palabras de Jesús habrán sido citadas tanto como éstas. Y ninguna, tal vez, más distorsionada y manipulada desde intereses muy ajenos al Profeta, defensor de los pobres.
Jesús no está pensando en Dios y en el César de Roma como dos poderes que pueden exigir cada uno de ellos, en su propio campo, sus derechos a sus súbditos. Como todo judío fiel, Jesús sabe que a Dios “le pertenece la tierra y todo lo que contiene, el orbe y todos sus habitantes” (salmo 24). ¿Qué puede ser del César que no sea de Dios? Acaso los súbditos del emperador, ¿no son hijos e hijas de Dios?
Jesús no se detiene en las diferentes posiciones que enfrentan en aquella sociedad a herodianos, saduceos o fariseos sobre los tributos a Roma y su significado: si llevan “la moneda del impuesto” en sus bolsas, que cumplan sus obligaciones. Pero él no vive al servicio del Imperio de Roma, sino abriendo caminos al reino de Dios y su justicia.
Por eso, les recuerda algo que nadie le ha preguntado: “Dad a Dios lo que es de Dios”. Es decir, no deis a ningún César lo que solo es de Dios: la vida de sus hijos e hijas. Como ha repetido tantas veces a sus seguidores, los pobres son de Dios, los pequeños son sus predilectos, el reino de Dios les pertenece. Nadie ha de abusar de ellos.
No se ha de sacrificar la vida, la dignidad o la felicidad de las personas a ningún poder. Y, sin duda, ningún poder sacrifica hoy más vidas y causa más sufrimiento, hambre y destrucción que esa “dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano” que, según el papa Francisco, han logrado imponer los poderosos de la Tierra. No podemos permanecer pasivos e indiferentes acallando la voz de nuestra conciencia en la práctica religiosa.


José Antonio Pagola

HOMILIA

2010-2011 -
16 de octubre de 2011

VÍCTIMAS

La pregunta que hacen a Jesús algunos sectores fariseos, confabulados con partidarios de Antipas, es una trampa preparada con astucia para ir preparando un clima propicio para eliminarlo: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?».
Si dice que es lícito, Jesús quedará desprestigiado ante el pueblo y perderá su apoyo: así será más fácil actuar contra él. Si dice que no es lícito, podrá ser acusado de agitador subversivo ante los romanos que, en las fiestas de Pascua ya próximas, suben a Jerusalén para ahogar cualquier conato de rebelión contra el César.
Antes que nada, Jesús les pide que le muestren «la moneda del impuesto» y que le digan de quién es la imagen y la inscripción. Los adversarios reconocen que la imagen es del César como dice la inscripción: Tiberio César, Hijo augusto del Divino Augusto. Pontífice Máximo. Con su gesto, Jesús ha situado la pregunta en un contexto inesperado.
Saca entonces una primera conclusión. Si la imagen de la moneda pertenece al César, «dad al César lo que es del César». Devolvedle lo que es suyo: esa moneda idolátrica, acuñada con símbolos de poder religioso. Si la estáis utilizando en vuestros negocios, estáis ya reconociendo su soberanía. Cumplid con vuestras obligaciones.
Pero Jesús que no vive al servicio del emperador de Roma, sino "buscando el reino de Dios y su justicia" añade una grave advertencia sobre algo que nadie le ha preguntado: «A Dios dadle lo que es de Dios». La moneda lleva la "imagen" de Tiberio, pero el ser humano es "imagen" de Dios: le pertenece sólo a él. Nunca sacrifiquéis las personas a ningún poder. Defendedlas.
La crisis económica que estamos viviendo en los países occidentales no tiene fácil solución. Más que una crisis financiera es una crisis de humanidad. Obsesionados sólo por un bienestar material siempre mayor, hemos terminado viviendo un estilo de vida insostenible incluso económicamente.
No va a bastar con proponer soluciones técnicas. Es necesaria una conversión de nuestro estilo de vida, una transformación de las conciencias: pasar de la lógica de la competición a la de la cooperación: poner límites a la voracidad de los mercados; aprender una nueva ética de la renuncia.
La crisis va a ser larga. Nos esperan años difíciles. Los seguidores de Jesús hemos de encontrar en el Evangelio la inspiración y el aliento para vivirla de manera solidaria. De Jesús escuchamos la invitación a estar cerca de las víctimas más vulnerables: los que están siendo sacrificados injustamente a las estrategias de los mercados más poderosos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2007-2008 - Recreados por Jesús
19 de octubre de 2008

SON DE DIOS, DE NADIE MÁS

A Dios lo que es de Dios.

«Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pocas palabras de Jesús habrán sido tan citadas como éstas. Y ninguna, tal vez, más distorsionada desde intereses muy ajenos a aquel Profeta que vivió totalmente dedicado, no precisamente al Emperador sino a los olvidados, empobrecidos y excluidos por Roma.
El episodio está cargado de tensión. Los fariseos se han retirado a planear un ataque decisivo contra Jesús. Para ello envían a «unos discípulos»; no vienen ellos mismos; evitan el encuentro directo con Jesús. Ellos son defensores del orden vigente y no quieren perder su puesto privilegiado en aquella sociedad que Jesús está cuestionando de raíz.
Pero, además, los envían acompañados «por unos partidarios de Herodes» del entorno de Antipas. Seguramente, no faltan entre ellos terratenientes y recaudadores encargados de almacenar el grano de Galilea y enviar los tributos al César.
El elogio que hacen de Jesús es insólito en sus labios: «Sabemos que eres sincero y enseñas el camino conforme a la verdad». Todo es una trampa, pero han hablado con más verdad de lo que se imaginan. Es así. Jesús vive totalmente entregado a preparar el «camino de Dios» para que nazca una sociedad más justa.
No está al servicio del emperador de Roma; ha entrado en la dinámica del reino de Dios. No vive para desarrollar el Imperio, sino para hacer posible la justicia de Dios entre sus hijos e hijas. Cuando le preguntan si «es lícito pagar impuesto al César o no», su respuesta es rotunda: «Pagad al Cesar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Jesús no está pensando en Dios y el César como dos poderes que pueden exigir cada uno sus derechos a sus súbditos. Como judío fiel, sabe que a Dios le pertenece «la tierra y todo lo que contiene, el orbe y todos sus habitantes» (salmo 24). ¿Qué le puede pertenecer al César, que no sea de Dios? Sólo su dinero injusto.
Si alguien vive enredado en el sistema del César, que cumpla sus «obligaciones», pero si entra en la dinámica del reino de Dios ha de saber que los pobres le pertenecen sólo a Dios, son sus hijos predilectos. Nadie ha de abusar de ellos. Esto es lo que Jesús enseña «conforme a la verdad».
Sus seguidores nos hemos de resistir a que nadie, cerca o lejos de nosotros, sea sacrificado a ningún poder político, económico, religioso ni eclesiástico. Los humillados por los poderosos son de Dios. De nadie más.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2004-2005 – AL ESTILO DE JESÚS
16 de octubre de 2005

LO QUE ES DE DIOS

A Dios lo que es de Dios.

La trampa que tienden a Jesús está bien pensada: «¿Es lícito pagar tributos al César o no?». Si responde negativamente, lo podrán acusar de rebelión contra Roma. Si acepta la tributación, quedará desacreditado ante aquellas gentes que viven en la miseria exprimidas por los impuestos, y a las que él tanto quiere y defiende.
Jesús les pide que le enseñen «la moneda del impuesto». El no la tiene, pues vive como un vagabundo itinerante, sin tierras ni trabajo fijo; hace tiempo que no tiene problemas con los recaudadores. Después les pregunta por la imagen que aparece en aquel denario de plata. Representa a Tiberio y la leyenda decía: «Tiberius Caesar, Divi Augusti Filius Augustus». En el reverso se podía leer: «Pontifex Maximus».
El gesto de Jesús es ya clarificador. Sus adversarios viven esclavos del sistema pues, al utilizar aquella moneda acuñada con símbolos políticos y religiosos, están reconociendo la soberanía del emperador. No es el caso de Jesús que vive de manera pobre pero libre, dedicado a los más pobres y excluidos del imperio.
Jesús añade entonces algo que nadie le ha planteado. Le preguntan por los derechos del César y él les responde recordando los derechos de Dios: «Pagadle al César lo que es del César, pero dad a Dios lo que es de Dios». La moneda lleva la imagen del emperador, pero el ser humano, como lo recuerda el viejo libro del Génesis, es «imagen de Dios». Por eso, nunca ha de ser sometido a ningún emperador. Jesús lo había recordado muchas veces. Los pobres son de Dios. Los pequeños son sus hijos predilectos. El reino de Dios les pertenece. Nadie ha de abusar de ellos.
Jesús no dice que una mitad de la vida, la material y económica, pertenece a la esfera del César, y la otra mitad, la espiritual y religiosa, a la esfera de Dios. Su mensaje es otro: si entramos en el reino, no hemos de consentir que ningún César sacrifique lo que sólo le pertenece a Dios: los hambrientos del mundo, los subsaharianos abandonados en el desierto, los sinpapeles de nuestras ciudades. Que ningún César cuente con nosotros.

José Antonio Pagola

HOMILIA

2001-2002 – CON FUEGO
20 de octubre de 2002

LO PRIMERO, LA VIDA

A Dios lo que es de Dios.

La exégesis moderna no deja lugar a dudas. Lo primero para Jesús es la vida, no la religión. Basta analizar la trayectoria de su actividad. A Jesús se le ve siempre preocupado por suscitar y desarrollar, en medio de aquella sociedad, una vida más sana y más digna.
Pensemos en su actuación en el mundo de los enfermos:
Jesús se acerca a quienes viven su vida de manera disminuida, amenazada e insegura, para despertar en ellos una vida más plena. Pensemos en su acercamiento a los pecadores:
Jesús les ofrece el perdón que les haga vivir una vida más digna, rescatada de la humillación y el desprecio. Pensemos también en los endemoniados, incapaces de ser dueños de su existencia: Jesús los libera de una vida alienada y desquiciada por el mal.
Como ha subrayado J. Sobrino, «pobres son aquellos para quienes la vida es una carga pesada pues no pueden vivir con un mínimo de dignidad». Esta pobreza es lo más contrario al plan original del Creador de la vida. Donde un ser humano no puede vivir con dignidad, la creación de Dios aparece allí como viciada y anulada. No es extraño que Jesús se presente como el gran defensor de la vida ni que la defienda y la exija sin vacilar, cuando la ley o la religión es vivida «contra la vida».
Ya han pasado los tiempos en que la teología contraponía «esta vida» (lo natural) y la otra vida (lo sobrenatural) como dos realidades opuestas. El punto de partida, básico y fundamental es «esta vida» y, de hecho, Jesús se preocupó de lo que aquellas gentes de Galilea más deseaban y necesitaban que era, por lo menos vivir, y vivir con dignidad. El punto de llegada y el horizonte de toda la existencia es «vida eterna» y, por eso, Jesús despertaba en el pueblo la confianza final en la salvación de Dios.
A veces los cristianos exponemos la fe con tal embrollo de conceptos y palabras que, a la hora de la verdad, pocos se enteran de lo que es exactamente el Reino de Dios del que habla Jesús. Sin embargo, las cosas no son tan complicadas. Lo único que Dios quiere es esto: una vida más humana para todos y desde ahora, una vida que alcance su plenitud en su vida eterna. Por eso, nunca hay que dar a ningún César lo que es de Dios: la vida y la dignidad de sus hijos.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1998-1999 – FUERZA PARA VIVIR
17 de octubre de 1999

POLÍTICOS CRISTIANOS

Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Nunca han sido fáciles las relaciones entre fe y política. Tampoco entre la Iglesia y los políticos. A veces, son éstos quienes tratan de utilizar lo religioso para defender su propia causa. Otras, es la Iglesia la que pretende servirse de ellos para sus propios intereses. Y con frecuencia, no se valora debidamente el importante quehacer del político ni se le ayuda a descubrir el papel que la fe puede jugar en su tarea.
Para hacer luz, hemos de comenzar, tal vez, por recordar dos datos ampliamente admitidos por la exégesis actual. Por una parte, el proyecto que pone en marcha Jesús (llamado por él «Reino de Dios») trata de promover una transformación profunda en la convivencia humana y está, por ello, llamado a tener una repercusión política en el sentido amplio y aristotélico de esta palabra, que es promover el bien común en la sociedad.
Pero, por otra parte, Jesús no utiliza el poder para llevar adelante su proyecto y, por ello, se aleja de la «política» en el sentido moderno de la palabra, que es el uso técnico del poder para estructurar la convivencia. El reino de Dios no se impone por el poder, la fuerza o la coacción, sino que penetra en la sociedad por la siembra y la acogida de valores como la justicia, la solidaridad o la defensa de los débiles.
El episodio del tributo al César es iluminador. La respuesta de Jesús dice así: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Es un anacronismo erróneo ver en estas palabras una «separación entre política y religión», como si la primera se ocupara de los problemas terrestres y la segunda sólo de lo espiritual. Su sentido es otro. A Jesús le preguntan por los derechos del César, pero él responde recordando los derechos de Dios por los que nadie le ha preguntado. La moneda imperial lleva la imagen del César, pero el ser humano es «imagen de Dios» y su dignidad de hijo de Dios no debe quedar sometida a ningún César.
El político cristiano no debe utilizar nunca a Dios para legitimar sus posturas partidistas. La fe cristiana no se identifica con ninguna opción partidista, pues los valores evangélicos pueden promoverse desde mediaciones técnicas diversas. Pero esto no significa que se deba arrinconar la fe al ámbito de lo privado. El Evangelio le ofrece al político cristiano una inspiración, una visión de la persona y unos valores que pueden orientar y estimular su quehacer. El gran reto para él es cómo hacer políticamente operativos en la vida pública esos valores que defiendan al ser humano de cuanto le puede deshumanizar.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1995-1996 – SANAR LA VIDA
20 de octubre de 1996

EL DERECHO A LA VERDAD

Enseñar el camino de Dios conforme a la verdad.

No es frecuente en nuestra sociedad defender el derecho de la persona a la verdad. Uno se pregunta por qué no se escuchan gritos de protesta contra la mentira, al menos, con la misma fuerza con que se grita contra la injusticia. ¿Será que no somos conscientes de la mentira que nos envuelve por todas partes? ¿Será que para gritar contra la mentira, la hipocresía y el engaño, es necesario vivir con un mínimo de sinceridad personal?
La mentira es hoy uno de los presupuestos más firmes de nuestra convivencia. El mentir es aceptado como algo necesario, tanto en el complejo mundo del quehacer político como en la «pequeña comedia» de nuestras relaciones personales de cada día.
La persona se ve obligada a pensar, decidir y actuar envuelta en una niebla de mentira y falsedad. Indefensa ante un cerco de falacias, engaños y ambigüedad de los que no es fácil liberarse para moverse con acierto.
¿Cómo saber la «verdad» que se oculta tras las actuaciones de los diversos partidos políticos? ¿Cómo conocer los verdaderos hilos que mueven a los autores de actos terroristas? ¿Cómo descubrir los verdaderos intereses que se encierran tras campañas y acciones que se nos pide defender o rechazar? ¿Cómo actuar con lucidez alimentados por una información parcial e interesada?
Se dirá que la mentira es necesaria para actuar con eficacia en la construcción de una sociedad más libre y justa. Pero, ¿hay alguien que pueda garantizar que estamos haciendo un mundo más humano cuando desde los centros de poder se oculta la verdad, cuando entre nosotros se utiliza la calumnia para destruir al adversario, cuando se obliga a la gente a que sea protagonista de su propia historia desde el engaño y la ignorancia de la verdad real?
El hombre está hecho para vivir en la verdad. Y difícilmente se construirá nada verdaderamente humano sobre la mentira y la falsedad. En el mensaje de Jesús hay una invitación a vivir en la verdad ante Dios, ante uno mismo y ante los demás. « Yo he venido para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»
Es bueno que se escuchen de nuevo en esta sociedad aquellas palabras inolvidables de Jesús, que son un reto y una promesa para todo hombre que busca sinceramente una sociedad más humana: «La verdad os hará libres.» Es así. La mentira no construye una sociedad más democrática ni más liberada. Sólo la verdad, aunque sea despreciada y perseguida, nos llevará a una convivencia más pacificada. Este es el mensaje de Jesús, el hombre que, según sus mismos enemigos «era sincero y enseñaba el camino de Dios conforme a la verdad».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1992-1993 – CON HORIZONTE
17 de octubre de 1993

¿QUE ES CREER EN DIOS?

Enseñas el camino de Dios.

Se habla a veces de manera tan superficial sobre las cuestiones más importantes de la vida, y se opina con tal ignorancia sobre la religión, que hoy se hace necesario aclarar, incluso, las cosas más elementales. Por ejemplo, ¿qué significa creer en Dios?
En el lenguaje ordinario, «creer» puede encerrar significados bastante diferentes. Cuando digo «creo que lloverá», quiero decir que «no sé con certeza, pero sospecho, intuyo.., que lloverá». Cuando digo «te creo», estoy diciendo mucho más: «me fío de ti, creo en lo que tú me dices». Si alguien dice «yo creo en ti», está diciendo todavía algo más: «yo pongo mi confianza en ti, me apoyo en ti». Esta expresión nos acerca ya a lo que vive el que cree en Dios.
Cuando una persona habla «desde fuera», sin conocer por experiencia personal lo que es creer en Dios, piensa, por lo general, que la postura del creyente es, más o menos, ésta: «No sé si Dios existe, y no lo puedo comprobar con certeza, pero yo pienso que sí, que algo tiene que existir.» De la misma manera que uno puede creer que hay vida en otros planetas, aunque no lo pueda saber con seguridad.
Sin embargo, para el que vive desde la fe, «creer en Dios» es otra cosa. Cuando el creyente dice a Dios «yo creo en Ti», está diciendo: «No estoy solo, Tú estás en mi origen y en mi destino último; Tú me conoces y me amas; Tú no me dejarás nunca abandonado, en Ti apoyo mi existencia; nada ni nadie podrá separarme de tu amor y comprensión.» Esta experiencia del creyente tiene poco que ver con la postura del que opina «algo tiene que haber». Es una relación vital con Dios: «Yo vengo de Dios, voy hacia Dios. Mi ser descansa y se apoya en ese Dios que es sólo amor.»
Por eso, para creer, lo decisivo no son las «pruebas» a favor o en contra de la existencia de Dios, sino la postura interior que uno adopta ante el misterio último de la vida. Nuestro mayor problema hoy es no acertar a vivir desde «el fondo» de nuestro ser (Ruysbroeck). Vivimos por lo general, con una «personalidad superficial», separados del «fondo». Y esta pérdida de contacto con lo más auténtico que hay en nosotros, nos impide abrirnos confiadamente a Dios y nos precipita en la soledad interior.
Lo triste es que ese vacío que deja la falta de fe en Dios, no puede ser sustituido con nada. Podemos hacer que nuestra vida sea más agradable poniendo en marcha algunos resortes sicológicos. Pero nada puede aportar la estabilidad y salud interior que experimenta el creyente: «Mi pasado pertenece a la misericordia de Dios, mi futuro está confiado a su amor, sólo queda el presente para vivirlo de manera agradecida.»
Según el relato evangélico, unas gentes se acercan a Jesús con estas palabras: «Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad.» Esa debería ser hoy una de nuestras tareas: ser sinceros y ayudarnos unos a otros a descubrir el verdadero «camino de Dios».

José Antonio Pagola

HOMILIA

1989-1990 – NUNCA ES TARDE
21 de octubre de 1990

LA CÁRCEL

A Dios lo que es de Dios.

He estado bastantes veces en el interior de la cárcel de Martutene, compartiendo durante algunas horas con los hombres y mujeres allí internados. Siempre he salido con el ánimo encogido y el corazón lleno de profunda pena.
Uno va dejando atrás las sucesivas galerías con sus puertas y cerrojos, pero no puede olvidar fácilmente esas miradas vacías y cansadas, esos rostros impenetrables y, sobre todo, esos jóvenes casi adolescentes de cuerpo escuálido y envejecido.
¿Quiénes son estos hombres y mujeres? ¿Por qué han venido a parar hasta aquí? ¿Por qué los encerramos así, en estas condiciones? ¿Es esto lo único que les sabemos ofrecer?
Siempre he tenido la impresión de que estos hombres y mujeres son casi siempre víctimas, más que culpables. Seres humanos maltratados por la vida y marginados por una sociedad que primeramente los genera y más tarde los encierra y rechaza de la convivencia, como algo dañino para el resto de los ciudadanos.
Lo sorprendente es constatar que quienes conocen más de cerca el mundo de la prisión no creen en el actual sistema penitenciario como instrumento válido para rehabilitar al delincuente y reinsertarlo en la sociedad.
La cárcel aísla, destruye, desintegra. Es un lugar de sufrimiento innecesario donde no existe ni el clima ni los medios adecuados para ayudar al preso a crecer como persona.
Pero la cárcel sigue y la sociedad sigue arrojando allí a los delincuentes más débiles e indefensos, sin que a nadie preocupe mucho cómo saldrán de ella.
Los presos tratan de hacer oír su voz, pero su palabra está descalificada de antemano. Algunos colectivos gritan su protesta, pero su grito es recibido como parte de una estrategia ideológica. Expertos en criminología hablan de alternativas al sistema carcelario, pero no se dan pasos eficaces.
Por otra parte, se trata de un colectivo demasiado débil para resultar de interés a los partidos, ni siquiera para fines propagandísticos. N o es extraño tampoco que apenas ocupen un lugar apreciable en los presupuestos de una sociedad que olvida siempre a los menos rentables.
Ahí están, tras los muros de cemento y los barrotes de hierro. Aislados, humillados, ofendidos. Apenas interesan a nadie. ¿No hemos de reaccionar nadie ante esta situación? No deberíamos olvidar los cristianos que nunca hay que dar al César lo que es de Dios. Nunca hay que someterse al poder de las estructuras sociales cuando olvidan los derechos inalienables del ser humano.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1986-1987 – CONSTRUIR SOBRE LA ROCA
18 de octubre de 1987

¿QUE LIBERTAD?

A Dios lo que es de Dios.

Un deseo profundo de libertad personal y social late con fuerza en el hombre contemporáneo. Todos defienden hoy la libertad como algo indiscutible, aunque difícilmente se ponen de acuerdo a la hora de decidir qué es la libertad y cuál es su verdadero contenido.
A bastantes, la palabra misma «libertad” les sugiere un clima de facilidad, abandono y despreocupación. Olvidan que ser libre exige asumir aquellas renuncias y sacrificios que son absolutamente necesarios para crecer como persona.
De hecho, este olvido está llevando hoy a bastantes jóvenes a una total inmadurez. Dicen ser libres. Piensan que hacen lo que quieren. Pero, en realidad, están totalmente en manos de fuerzas y de instintos que no son ellos mismos.
Para otros, libertad significa arbitrariedad, anarquía, ruptura de toda normal moral, rechazo de toda fe en Dios. Olvidan que el hombre necesita orientación y sentido para poder hacer un proyecto de sí mismo, para esforzarse activamente en la construcción de su propio destino y para asumir su propia responsabilidad.
Cuando uno arrincona todo esto como algo ridículo y desfasado, puede creerse muy “liberado», pero corre el riesgo de terminar viviendo sin ideal alguno, sin aspiraciones profundas, sin fidelidad alguna, al aire de la última moda.
Otros piensan que conservar la propia libertad es vivir de manera independiente, preocupados exclusivamente de los propios intereses, sin crear ningún lazo o dependencia que nos obligue a ocuparnos de los demás. Olvidan que el ser humano sólo puede disfrutar gozosamente de la vida cuando acierta a vivir en comunión y amistad con los otros.
Cuántas personas que se creen libres e independientes viven esclavas de sus propios egoísmos y frustraciones, atrapadas por su propia mediocridad, sin conocer las posibilidades de crecimiento que da el vivir generosamente el amor y la amistad.
No son pocos los que piensan que conquistar la libertad es liberarse de esquemas, tradiciones y «tabúes» del pasado. Olvidan que lo decisivo no es nunca «liberarse de» sino “liberarse para» vivir algo que nos haga crecer como personas.
Si no es así, la persona supuestamente “liberada” cae en nuevas servidumbres y convencionalismos, sin descubrir todavía su propia vocación y sus aspiraciones más hondas.
El creyente descubre precisamente en su adhesión a Dios la fuente más genuina de libertad. Quien sabe vivir en obediencia filial al Padre se libera de todo ídolo, todo «césar», todo señor que pueda esclavizarlo.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1983-1984 – BUENAS NOTICIAS
21 de octubre de 1984

SOMOS DE DIOS

A Dios lo que es de Dios.

Pocas frases de Jesús han sido objeto de interpretaciones más interesadas e, incluso, de manipulaciones como ésta que escuchamos en el evangelio de hoy: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Estas palabras de Jesús han sido utilizadas para establecer una frontera clara entre lo político y lo religioso y defender así la autonomía absoluta del estado ante cualquier interpelación hecha desde la fe.
Según esta interpretación, Jesús habría colocado al hombre, por una parte, ante unas obligaciones de carácter cívico-político y, por otra, ante una interpelación religiosa. Como si el hombre tuviera que responder de los asuntos socio-políticos ante el poder político y de los asuntos religiosos ante Dios.
Ha sido G. Bornkamm quien, con claridad, ha ahondado en el verdadero sentido de la sentencia de Jesús.
El acento de las palabras de Jesús está en la parte final. Le han preguntado insidiosamente por el problema de los tributos y Jesús resuelve prontamente el problema. Si manejan moneda que pertenece al césar, habrán de someterse a las consecuencias que ello implica. Pero Jesús introduce una idea nueva que no aparecía en la pregunta de los adversarios.
De forma inesperada, introduce a Dios en el planteamiento. La imagen de la moneda pertenece al césar, pero los hombres no han de olvidar que llevan en sí mismos la imagen de Dios y, por lo tanto, sólo le pertenecen a El.
Es entonces cuando podemos captar el pensamiento de Jesús. «Dad al césar lo que le pertenece a él, pero no olvidéis que vosotros mismos pertenecéis a Dios».
Para Jesús, el césar y Dios no son dos autoridades de rango semejante que se han de repartir la sumisión de los hombres. Dios está por encima de cualquier césar y éste no puede nunca exigir lo que pertenece a Dios.
En unos tiempos en que crece el poder del estado de manera insospechada y a los ciudadanos les resulta cada vez más difícil defender su libertad en medio de una sociedad burocrática donde casi todo está dirigido y controlado perfectamente, los creyentes no hemos de dejarnos robar nuestra conciencia y nuestra libertad por ningún poder.
Hemos de cumplir con honradez nuestros deberes ciudadanos, pero no hemos de dejarnos modelar ni dirigir por ningún poder que nos enfrente con las exigencias fundamentales de la fe.

José Antonio Pagola

HOMILIA

1980-1981 – APRENDER A VIVIR
18 de octubre de 1981

A DIOS LO QUE ES DE DIOS

A Dios, lo que es de Dios.

Pocas frases del evangelio habrán sido tan manipuladas como ésta que escuchamos hoy de labios de Jesús: «Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».
Son muchos los que se han servido de ella para levantar una separación total entre la religión y la vida política. De esta manera, la religión quedarla arrinconada al ámbito de lo individual y privado, sin incidencia alguna en la vida social.
Como si Jesús hubiera puesto en el mismo plano a Dios y al César, como dos autoridades que hubiera que colocar al mismo nivel, cada una de ellas con sus exigencias propias de carácter absoluto.
El pensamiento de Jesús es bien diferente. Es necesario distinguir los diversos ámbitos que constituyen la vida del hombre, y atribuirle a cada uno su propia competencia. Pero Jesús no reconoce ningún derecho divino a nada ni a nadie que no sea el Padre.
No se debe dar a ningún césar lo que es de Dios. Ningún poder humano puede pretender exigencias absolutas sobre el hombre. Hay que dar a Dios lo suyo, y no sólo en el ámbito privado e individual sino también en la vida social y política.
J. B. Metz ha sacudido estos últimos años nuestra conciencia, haciéndonos ver el riesgo de estar viviendo en Europa no la fe cristiana nacida del evangelio sino «una religión puramente burguesa».
La sociedad burguesa europea ha sabido «domesticar», en gran parte, la fe cristiana eludiendo sus exigencias sociales ms radicales, y convirtiéndola en «una religión privada».
Inconscientemente, la santidad ha sido concebida como «un ideal estrictamente privado que uno persigue para sí mismo», pero sin incidencia especial en el contexto social y político.
De esta manera, la religión con sus prácticas de piedad individual se convierte en «coartada religiosa» y tranquilizante para una vida social, económica y política que discurre al margen de las exigencias del evangelio.
Entonces, ya no es la religión la que transforma la sociedad, sino que es la sociedad burguesa la que acomoda la religi6n. a sus intereses y conveniencias. El hombre no escucha las exigencias de Dios, sino que se sirve de la religión cuando la «necesita».
Esta sociedad nuestra necesita recordar que es el hombre el que esta en juego en la política y en la economía. Y donde está en juego el hombre, hay que escuchar siempre las exigencias absolutas de Dios por encima de cualquier otro interés del césar de turno.
No se puede arrinconar a Dios al mundo de lo privado para no escuchar su voz que nos pide preocuparnos del hermano.

José Antonio Pagola



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